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Musa. Horror, fantasía.

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Musa. Horror, fantasía.

Mensaje  Candy Von Bitter el Dom Oct 27, 2013 11:36 pm

Resumen: Alex ha desaparecido. El único que queda para investigar al respecto es su pareja. ¿Podrá afrontar incluso los peores escenarios para salvarlo?

Musa
Es tarde en la noche cuando penetras en la casa. Las maderas crujen a tu paso, pero, aparte de eso, es una vivienda donde cualquier abuela podría vivir. Las lamparas iluminan cada habitación. No la oyes, y sin embargo sabes que ella está ahí­, a tus espaldas, viendo qué acciones vas a tomar.
En el suelo hay una lí­nea roja. Un hilo de lana abandonada.
-Si quieres seguir debes recogerla -le indica ella, sin dejarse ver ni percibir por otro sentido que no sea el oído. Podría ser una anciana malhumorada, una niña maliciosa, una adolescente que elevaba el labio en señal de desprecio e indiferencia-. Es tu última oportunidad. Una vez lo hagas estarás conectado.
Eso dicen, pero continúas escuchándolo. No investigues adónde fue Alex en busca de inspiración, confórmate con recibir las regalías. No vayas al barrio donde lo vieron su último día. No preguntes al hombre gordo y sudoroso en la esquina perfumada de incienso. Vuelve. Regresa. Olvida. No podrás dar vuelta atrás más tarde. Recoges el hilo y este adquiere vida, alimentado por tu curiosidad. Envuelve tu muñeca suavemente, haciéndote cosquillas la pelusilla roja, y desaparece en el interior de tu manga larga. Un pinchazo en la parte interna del codo, el miembro entero se adormece un poco. Si lo intentas romper va a doler y sangrarás hasta la última gota. Podrás gritar, claro, pero de nada serviría.
Cruzar la puerta es cruzar un umbral al cual todos conocen, pero nadie nombra. Es como la propia cara o espalda; se puede ver una nariz, un contorno de la nalga y nada más. Lo que la gente creí­a conocer no eran más que reflejos, testimonios prestados, ajenos al propio. Ahora tú perteneces a ese espacio, tanto como las lámparas y estampados que las cubren. Algo está tirando de ti hacia la sala.
Caminas un par de pasos hasta llegar al centro de la habitación. Un fuego cálido crepita en la chimenea. Muñecas con botones por ojos bailan al ritmo de un viejo gramófono entre las llamas, tomadas de la mano. Una tiene largo cabello negro hecho de cientos de hilos tejidos a mano. La otra está calva, pero tiene una cinta rosada envolviéndole la cabeza rellena. Al principio las costuras de la boca forman unas U alegres y perfectas, pero en cuanto el gramófono comienza a acelerar hasta rayar el disco sin permitir ninguna melodía, la cabeza de la muñeca calva comienza a romperse por un lado. La arena que servía de adentro resultó negra y salía también de los botones. La otra muñeca gritó de horror, llenando el cuarto con su chillido agudo y perforador antes de deshacerse también.
Las luces se apagaron. El grito continuó hasta transformarse en una carcajada limpia, alta y espasmódica. Cuando las luces regresaron alguien habí­a escrito en la pared “Caín” con sangre. Las letras lagrimean mientras las observas.
-Una niña enferma recibe más atención que una sana -susurra ella-. La mayorí­a de los niños no saben qué hacer al respecto. Algunos pueden ir demasiado lejos para remediarlo.
Tú asientes porque lo recuerdas. El tí­tulo de su primer libro, el primer éxito. Continúas hasta el comedor donde ves la mesa dispuesta para un banquete. Los platos son animales crudos. Ves perros, gatos, ratones y cucarachas. En la cabecera, frente a una gran fuente, un hombre en sus huesos devora insaciablemente el cuerpo de un bebé y el bebé patalea mientras sus intestinos son devorados. En un rincón la madre se acurruca en sí misma y se dice que no es verdad, que eso no puede estar pasando. Ella lleva semanas sin haber comido. Arriba del padre está escrito en sangre “Cronos.” Todos los marcos muestran pinturas negras.
-Ningún rey quiere ser destronado -le aclara ella.
El segundo éxito, aquel que pagó su nuevo auto. Sigues oyendo al bebé llorar en tu camino hacia la cocina y una vez atraviesas la puerta, se calla. A tu camino vas dejando a la oscuridad como testigo. La cocina parece salida de los 70. Es colorida, brillante, perfecta. La familia de cuatro dispersa en el suelo sonríe con los ojos en blanco. Las sonrisas son tan amplias que se han roto los labios pero ni una gota de sangre sale de ellos. Sostienen en la mano un vaso de cristal vacío.
El hilo tiene el brazo torcido en un ángulo extraño. La hija tiene los pies cubiertos de agujas hipodérmicas sucias y huecas. Los pantalones del padre están abiertos y no lleva ropa interior debajo. En su lugar hay un hueco de carne interna rojiza y clara. La madre se yergue a un lado de la cocina sobre un pedestal hecho de piel humana palpitante, toda sonrisas y ofreciendo una bebida negra en una bandeja de plata. Sus ojos blanquecinos parecen querer saltá­rsele de las orbitas. Girando a un lado se ve que ella está sostenida por un soporte parecido al de las muñecas en su empaque. En la base del pedestal alguien ha escrito “Ángel de sanación” con muchos signos de pregunta al final.
-”La perfección es difícil” -cita ella de uno de sus libros, el primero que Javier le dedicó-. “Por eso debemos luchar por ella cada dí­a de nuestra vida, incluso cuando la carga se vuelva pesada e insoportable. Todos seremos recompensados por nuestro esfuerzo.”
No quieres escuchar más. Pasas en frente de la madre modelo, de su brebaje curativo, y entras a la biblioteca. Ahí no hay nada más que libros, ni siquiera asientos o escaleras para llegar a los estantes más altos. Tardas un rato en darte cuenta de que estás ante toda la obra de Javier, la obtenida en traducciones y ediciones variadas a lo largo de los años. Intentas coger uno de tapa dura, pero está pegado en su sitio. En cambio otros tí­tulos comienzan a caer del techo oscuro. Aterrizan en el suelo y se abren sin que nadie los toque, impacientes y rabiosos. Cada grito, cada llanto, cada súplica de perdón, de muerte y ruptura mental que han llenado sus páginas inundan el espacio. Son tantos como los lectores necesarios para decir que un libro es un bestseller.
Reconoces citas dichas en conferencias, por reporteros dando una entrevista, por actores para la película que se iba a estrenar el año que viene. Críticas, reseñas, arte relacionado. ¡La novela gráfica ahora con sonido! Te tapas los oídos, sin suerte. Corres al fondo del pasillo ilustrado. Al pisar las novelas, las antologías de cuentos y los poemas macabros las voces se quejan, palpitan bajo tus pies y exhalan un pus pútrido que apesta a enfermedades mortales. Llegas a una escalera que parece interminable, aunque estás viendo claramente la luz debajo de la puerta. Tú sigues subiendo sin avanzar bajo el foco tambaleante.
Debes llevar un buen tiempo en ese ejercicio porque no recuerdas haber visto esos retratos antes. Representan a gente con espantosas deformidades, algunos por accidente, otros por un nacimiento desafortunado, y sin faltar a la verdad supones que se están riendo de ti. Desde el interior de sus marcos te arrojan rosas espinosas, latas, botellas de agua de vidrio, panfletos y más restos de basura. Arriba del marco de la puerta se alza el retrato de una niña sin rostro que finge llorar. Estás seguro de que, para sus adentro, ella se está en verdad sonriendo. A su lado se ve escrito Feria de los Monstruos. El que les pagó aquel viaje a Brasil.
Te agarras del picaporte dando un salto feroz. El suelo tiembla cuando la escalera corre a ponerse a tu par. Antes de que llegue abres la entrada y le impides el paso de un portazo. Suena un terremoto horrible donde perecen trabajadoras sorprendidos y mujeres abrazando a sus sollozantes criaturas. No es una sorpresa que al darte la vuelta encuentras impreso sobre la madera “Bajo tierra.” Seguidamente se oyen los gritos de los supervivientes y sonidos de pasos, demasiados pasos, pasos de muchas patas, acercándose cada vez más. Te alejas antes de que escuches la masacre que sabes sigue a continuación.
-Estaremos bien -cita ella, imitando la voz del jefe de mineros, masculina y confiada aunque sólo un tonto podía negar que no estaban solos.
El corredor es largo y oscuro. En el ambiente flota un polvo pesado y ancestral que pica en la nariz. Un cementerio seco desde hacía años olerí­a exactamente igual. Una sola puerta está ya abierta y por ella salen saltando juguetes olvidados. El primero en llegar a ti es el osito Morgue. Lo reconoces por la sonrisa de dientes humanos que exhibe. Te toma de la mano con la suya afelpada y balanceándose te pregunta si alguna vez ha oído de un padre que para ocultar los restos de su hija asesinada los oculta en el interior de sus juguetes. ¿No serí­a lo más gracioso del mundo abrir un osito inocentemente dado a la caridad y encontrar lo que quedaba de su pobre corazón marchito o hí­gado reseco? Envuelto en bolsas de plástico, siempre bolsas de plástico, para que el olor no moleste a los nuevos dueños del juguete.
Tú quieres decirle que sí, has oído de eso y de cosas todavía más horribles, pero de pronto exige tu atención uns muñeca de porcelana con enormes ojos humanos. Ella quiere subirse a tu pierna para contarte de su creadora, alguien que sólo querí­a lo mejor para su trabajo, pero acabó yendo un poco lejos cuando creyó que el rostro de su hijo era indigno de una mirada tan hermosa la suya. También está el muñeco modificado del ventrí­locuo que se comió los dedos del ladrón que pretendí­a llevárselo, causándole una infección irreparable. El payaso mecánico que se ríe cada vez que le dan cuerda y atormentaba las pesadillas de aquel niño, el cual crecería para volverse un payaso él mismo y ser la pesadilla de otros. Jamás lo atraparon porque se ocultaba en el ático de la abuela para cometer cada asesinato y sólo el payaso polvoriento lo presenciaba.
El hilo en tu brazo arde. No tienes tiempo para escuchar de nuevo sus cuentos. Sigues el rastro evanescente en frente de ti hasta la puerta al final de pasillo, a la izquierda de donde cuelga un hombre que acababa de descubrir que tiene cáncer de pulmón. Su camisa está en llamas por el último cigarillo que ha probado. La pared lo llama Desesperados, así­ como a la muchacha que se agarra la muñeca cortada, la modelo llena de pastillas y el niño alegre que encontró el arma de papá depresivo. La primera vez que Javier hací­a cuatro novelas cortas en torno al mismo tema.
El hilo tira. Te están esperando. Rodeas al hombre y entras.
Al principio te parece que hace falta prender las luces porque no puedes ver nada. Luego te das cuenta de que la oscuridad no es algo que estás viendo, sino que te ve a ti y está evaluándote en silencio. Sus innumerables ojos frí­os inspeccionan tus pantalones, el contenido de tus bolsillos, ven la esencia de los sitios que has visitado pegada a tus zapatos. E incluso, aunque esto es una mera intuición tuya, miran dentro de tu cabeza, bajo tu cráneo, dentro de esas conexiones eléctricas que forman las ideas y mandan a las manos a escribir. Tu lengua, lenguaje, coherencia, razón y memoria se observan con la misma meticulosidad que un doctor decidiendo si eres apto para donar.
No creas que ella no sabe las relaciones que haces en tu mente al pensar en el nombre Alex. Son demasiadas siquiera para que sepas sacar la cuenta. Pasado, presente, futuro, en todos ellos está Alex, incluso en los días en los que no estuvo, cuando tú ibas a ser otro Desesperado sin nadie que escribiera tu historia. Nadie que recordara tu nombre y causara discusiones serias en cí­rculos intelectuale. Nadie que viera hasta sus secretos más horribles, tus contradicciones más profundas y dijera que lo entendí­a, que te creía realmente un humano. Estabas a punto de poner punto final cuando encontraste la nota en el borrador de la última novela de Javier, una historia diferente donde un hombre que quería ser escritor pero carecí­a de ideas iba a sitios inimaginables para obtenerlas.
Probaba drogas recreativas y escuchaba los temas más bizarros de música en busca de inspiración, sin jamás recibir más estimulación que la del estómago para vaciar la nevera. Se emborrachaba con mezclas de licores inusitados y perfumes viejos de la madre muerta para encender el foco, sin resultados. Hizo locuras, estupideces, porque amaba el arte de contar pero no era un amor correspondido y eso le enloquecía más.
Hasta que un dí­a alguien se compadeció de su miseria creativa y le sugerió cómo dejar de ser un mero profesor de secundaria. Todo lo que debí­a hacer era aparecerse en cierto barrio y hablarle a cierto gordo sudoroso envuelto en hilos plateados de incienso. Podrí­a ir entonces a cierto lugar a escuchar las voces de quienes decidieran hablarle, sus susurros helados llenos de pasiones tan oscuras y tan bien relatadas que hasta el más santo de los hombres acabarí­a por sentirse identificado. La gente tiene al horror pegado a la piel, cosa inherente de la evolución humana, gracias a las pelí­culas y la televisión, por eso él debí­a escribirlo de una manera diferente. En primera persona los relatarí­a, olvidándose de que eran personajes. Dejaría que la muerte impactara a causa de la potencia de sus vidas.
Ningún crí­tico diría nunca que sus personajes eran incomprensibles. Serían desagradables, odiosos, patéticos, miserables, psicópatas y enfermos pero nunca mal construidos.
Al llegar a ese punto la oscuridad se dio por satisfecha. Le dejó como una madre sin corazón y tomó la forma de un hada sobre un hongo. A pesar de estar formada de sombras distingues claramente que el hada está en el huesos y que sus alas  se rompieron en varias partes. No tiene dientes, pero triángulos mostrando la pared a sus espaldas salen del punto donde tiene la ancha boca. Ella estira una mano esquelética hasta el hilo en tu brazo. El hilo sale del centro del hongo. Al tomarlo entre sus largos dedos el hilo, antes ardiente, se vuelve helado, con un frío que te llega hasta el pecho y te hace temer por tus posibilidades de respirar normal nuevamente. Pero incluso así­ notas al rojo ser succionado por la oscuridad, dejando nada más que un negro puro que ella acaba cortando con sus afiladas garras.
El frío desaparece. El hilo también.
No hay nadie más que tú y ella, la fuente. Cuando comienza a hablar te das cuenta de que te ha estado siguiendo todo el camino justo detrás, esperando a que te acercaras a su nido para revelarte su verdadero rostro, por fin, frente a frente.
-¿Qué es lo que buscas?
-Ya lo sabes -dices y aun así­, a pesar de todo los que has visto, oí­do y leído, no puedes imprimir la seguridad que quisieras en tu voz-. Lo quiero de vuelta. Devuélvemelo.
-Él rompió las reglas. Sabí­a lo que pasarí­a si lo hací­a.
Se volverí­a parte de la casa, completas mentalmente. En alguna habitación está lo que queda de Alex, reviviendo eternamente sus momento final eternamente. No soportas el pensamiento
-Te propongo un nuevo trato -dices, tomando un valiente paso al frente.
El hada lo considera por unos largos segundos. Sabe que eres honesto en tu empeño de hacer lo que fuera para traer a tu esposo de vuelta.
-¿Qué tienes que crees yo podrí­a desear?
-Más historias. Causaría las tragedias que te gustan y tú podrís almecenarlas aquí para tu museo particular. Normalmente esperas a las almas vengan aquí­ a penar confundiéndote con el purgatorio, pero ahora me tendrás a mí para atraerlas directo, sin intermediarios ni pérdida de tiempo -Sacas de la manga la carta por la cual estabas esperanda-. Déjame permitir que recuperes tu fuerza de antes, Agonía.
El hada agita sus maltrechas alas, interesada.
-Para eso se requirirían muchas tragedias, muchacho -especifica con fingida delicadeza.
-Yo te las traería todas. Las más hermosas, las más perfectas para englosar tu colección. A cambio Alex volverá conmigo.
Agonía sonríe, mostrando el marco de una ventana rota.
-Ah, pero entonces sería una enorme lástima no poder tenerlos a ustedes dos al mismo tiempo. Podrían ser mis nuevos Orfeo y Eurí­dice.
Te falta la lira, pero le sigues la corriente. Has visto que ella tiene debilidad por la mitologí­a griega, quizá porque en ninguna otra su presencia recibe los mismos honores que se le conceden ahí. Decides aprovecharte de ello.
-Traeré unos mejores. De todos modos, dos hombres romperí­a con la tradición.
-Aún me quedan Zeus y Ganí­medes -repone ella con cuidado, como si le pusiera al lado el tarro de veneno con que iba a envenenarlo.
-Eso… no tendría sentido con nuestra historia.
El hada salta del hongo. Sus pies no eran pies propiamente dichos, sino garras de buitre. Causaba un sonido de arrastre al moverse. Entre el fondo de las costillas y el hueso de las caderas no había más que espacio. Estaba de verdad famélica. No era de extrañar. Hoy en dí­a la tragedia era tan burda, tan caprichosa y estúpida, que incluso los niños la veían en las pantallas sin siquiera una mueca de desagrado. No había ningún respeto por el dolor ajeno ni razón para tenerlo cuando se lo presentaba tan gratuitamente. Ella necesitaba de arte para alimentarse, requería de un sentido más profundo, pero habían muy pocos artistas verdaderos en el mundo. La mayoría eran bufones sin gracia.
-¿Te convertirías en asesino por tu escritor?
Ella lo ha dicho. Tu escritor. De manera irrevocable él era tu escritor.
-Sí­.
Agonía estira la línea letal de su boca hecha de sombras.
-Hecho.
Al estrechar su mano huesuda te parece sentir el humo solidificado de miles de incendios letales.
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Re: Musa. Horror, fantasía.

Mensaje  Heidy78 el Lun Oct 28, 2013 2:43 am


Candy como siempre es un gusto leer lo que escribes... Me haces sentir cada una de las cosas que narras... Felicidades!!!


Solo quiero hacerte una pregunta y espero que no te molestes... Pero me he dado cuenta que escribes casi siempre cosas tristes y bastante oscuras mi pregunta es ¿Te identificas con tus personajes en su tristeza y oscuridad?

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Re: Musa. Horror, fantasía.

Mensaje  MEG el Lun Oct 28, 2013 8:14 am

Impresionante, Candy... y comparto la reflexión del final.

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Re: Musa. Horror, fantasía.

Mensaje  fenrir_406 el Vie Nov 01, 2013 10:19 am

wau como me gustaría conocerte en persona. Tarde mucho en ponerme a leer este relato ya que he estado un poco ... no, muy ocupado pero por fin lo comencé y no pude dejar de leerlo por un solo instante, al principio percibí una inquietante metáfora pero luego cambié de opinión creyendo que en realidad era un relato onírico, mas al final deseché la nueva idea para darme cuenta que las primeras impresiones siempre valen mas y lo que me hizo reflexionar en la magnificencia del escenario que impusiste, muchas felicitaciones y me gustaría tener algún contacto mas rápido contigo, para hablar con mas profundidad Very Happy. Por ultimo decirte que después de ir a comprar, volveré para leer el siguiente, que me mantiene ansioso
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Re: Musa. Horror, fantasía.

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