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La lucha incansable. Romance, fantasía

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La lucha incansable. Romance, fantasía

Mensaje  Candy Von Bitter el Lun Oct 14, 2013 8:02 pm

Contraviniendo los deseos de su padre, madre le había hablado de su temible futuro, otorgándole un sabio consejo: aprovecha la energía lo mejor que puedas. Desde entonces Elizabeth (la que luego llamarían La Bella Durmiente) pasó una impropia cantidad de tiempo con los caballeros del palacio, acompañándolos a veces en sus justas que servían de entretenimiento entre el pueblo.
Al principio se creyó que su fascinación era meramente estética. El caballero más joven del reino, Sir Rudolph, quizá por ese hecho o sólo por amabilidad, era su protector fuera del palacio y, adentro, un compañero de charlas privadas. Cabellos rojos como el rubí, ojos verdes como la hierba después de la lluvia. Parecía lógico, y hasta tierno, asumirlo el depositario del primer enamoramiento de la princesa. Pero en cuanto al caballero lo destinaron a una cruzada para salvar al rey de un reino aliado de un dragón escupe-fuego-pide-recompensa-ridícula, todavía era común su presencia en tales eventos.
Cuando pidió que se le enseñara a cabalgar, sin embargo, los ojos se abrieron en sorpresa. ¿Una princesa, montada por su cuenta en un animal, disponiendo de una cantidad más que respetable de carruajes para un cómodo transporte? Era inaudito. Pero la madre, intuyendo el propósito de semejante interés, ayudó a menguar las objeciones de su marido diciendo que en realidad no era la gran cosa. Que mirara a Blancanieves, la reina vecina, paseando con su melena negra al viento y ganándole en carreras a su esposo. A la princesa no le pasaría nada. Después de todo ¿cuáles eran las posibilidades de que se hincara con una aguja a pleno aire libre? Además, si la niña realmente no tenía opción, si no le quedara de otra que sucumbir, ¿de verdad quería negarle tan inofensivo deseo a su pequeña, su única hija?
De modo que Elizabeth cabalgó y, con el tiempo, llegó a competir, ganando casi en todas las ocasiones. El cabello rubio cortado casi hasta el cráneo y la mandíbula cuadrada típica del lado paterno de su familia facilitó enormemente hacerse pasar por uno más de los hombres. A ella no le costaba pretenderse del género opuesto; lo que no le agradaba igual era regresar al castillo, a los corsés apretados y pelucas molestas. Hubiera preferido por mucho vestirse tal y como le diera la gana en lugar de seguir la moda propia de la realeza pero, mal que le pesara, esa era la condición imprescindible para que padre diera su consentimiento.
Cuando fue mayor ella era conocida como “El caballero incansable” y ya nadie la acompañaba hasta el establo. Fue ahí cuando encontró la aguja que acabó clavándosele, pero no gracias a una rueca a la cual se viera impulsada por un deseo costurero. Sucedió mientras buscaba paja para alimentar a su caballo favorito. En el primer puñado sintió el pinchazo agudo y una enorme pesadez cayó sobre su rostro. Todo el cuerpo le reclamó echarse en el suelo y dormir, sólo dormir por siempre jamás.
Pero su mente, a la cual también fortalecía a base de estudios, se negó al deseo. No podía acabar así. Todavía había muchas cosas que quería hacer, lugares que visitar, libros que leer, obras que ver. Sólo tenía dieciocho años, esa no era edad para terminar su vida activa. De modo que se tambaleó hasta la fuente de agua más cercana y sumergió la cabeza. Al salir de nuevo oyó un golpe duro y al darse la vuelta un rictus de envidia recorrió su rostro. ¡El estable entero se había dormido! Los caballos yacían en el suelo respirando plácidamente. Los caballeros caídos a un lado de sus compañeros de cuatro patas la entristecieron, pues siempre había asumido que ellos lucharían hasta el final.
Se dirigió al palacio, obligándose a correr como una posesa todo el camino, viendo nada más que gente roncando y plantas mustias. Era un espectáculo increíble. ¡Incluso los peces en los arroyos yacían inmóviles bajo el agua! Llegó a las habitaciones reales. Madre corría igual que ella, recogiéndose las faldas en sus manos para no tropezar. Estaba igual de arreglada que siempre, pero con una cara de cansancio inconfundible que hizo preguntar a Elizabeth si era así como ahora ella se veía. Parecía haber envejecido de golpe diez años. Madre habló rápida y atropelladamente. Le dijo que huyera del reino y se fuera lo más lejos posible. La maldición, si se la tomaba literalmente, sólo afectaría a los habitantes del mismo. Quizá lograra librarse de ella poniendo la suficiente distancia.
-¿Y ustedes? –preguntó Elizabeth-. No puedo dejarlos aquí.
-Nosotros… estaremos bien –dijo su madre, apoyándose en una columna y parpadeando con la velocidad de un caracol-. Estaremos bien… durmiendo. Tú romperás la maldición el día que beses… a tu marido.
-Pero yo no quiero casarme –respondió ella, por pura costumbre-. Quiero ser libre para conocer el mundo… y hacer lo que quiera.
-¡Sólo hazlo y ya! –chilló la reina y se dejó caer al suelo. Elizabeth, sintiéndose irritantemente lenta, la atajó antes de que se diera contra el suelo-. Hazlo… por nosotros.
Los ojos de la reina se cerraron. Seguidamente vinieron los ronquidos. Elizabeth depositó a su madre con cuidado, y se echó el agua de un florero cercano para evitar acompañarla. Irse, se repitió todo el camino hasta su alcoba. La idea de quedarse cómodamente dormida hasta que cualquier extraño viniera a despertarla, reclamándola cual trofeo, no le atraía en lo absoluto. Así no era como ella quería recordar su historia.
Por lo tanto llenó un bolso con ciertos alimentos, repuestos de ropa y otros elementos que podrían serle de utilidad. Por último se equipó con una espada que padre mantenía prácticamente de adorno en el salón de armas, pese a estar tan afilada que podría cortar un pelo por la mitad. Elizabeth lo sabía: la había tomado miles de veces para aprender a manejarla por su cuenta en esos momentos libres en que acababa los estudios y no tenía otra cosa que hacer. Tenerla en la mano fue como recuperar una parte de su cuerpo. Se sentía mejor con ella.
Al salir, descubrió que ahora la entrada del reino estaba cubierta por zarzas y hiedras que crecían a cada momento. Ella sonrió, levantando la espada. Era justo lo que necesitaba para mantenerse despierta. Horas más tarde se despedía de su hogar, de sus amigos, profesores y posesiones para emprender el viaje.
Elizabeth, ahora llamándose Eli, pronto descubrió que si bien la influencia de la maldición disminuía con la distancia, esta estaba tan pegada a ella como un parásito. Siempre tenía sueño, fuera adonde fuera, hiciera lo que hiciera, y sabía que si se dejaba dormir tanto como quería no habría ninguna diferencia entre ella y su madre. De modo que buscaba actividades para evitar cerrar los ojos, y si no las había, las inventaba a su paso. Hablaba con cuanta persona se le pusiera en frente, no importaba su condición, pues todo tenían una historia que, por unos momentos, le quitaban el sueño. Construyó casas, represas, escuelas, prácticamente por su cuenta, ya que ella era la única trabajadora que jamás se detenía. Aprendió nuevos idiomas y costumbres, adecuándose a cada cultura a la que llegaba y cosechando amigos como si la vida le fuera en eso.
Recordando las palabras de su madre, y sabiendo que no tenía otra opción si quería salvar a todos, buscó marido. Pero las noches sin descanso y los ejercicios físicos le estaban pasando factura; nadie quería a una mujer que llevara bolsas permanentes en los ojos y para colmo viviera fuera de la cocina, metiéndose en los mismos trabajos que ellos y a veces realizándolos mejor. Actuaban casi con miedo de que les partiera la cabeza, a pesar de que ella era amable y justa, por lo tanto sólo lo habría hecho como último recurso y no como método de presentación. Los pocos que lograron ver más allá de las arrugas, de los brazos anchos y el cabello corto, sólo vieron a un hermano con el cual pasar el tiempo mientras sus esposas preparaban la cena. Esto, al cabo de los años, acabó entristeciéndola cada vez más. ¿Era tan terrible su forma de ser? ¿Tan mala parecía?
Pero ella no podía ser otra cosa. De ninguna manera le salía fingirse frágil y desvalida, necesitada de protección masculina. No sabía cómo hacer que un hombre se sintiera útil cuando en verdad no lo era. Ante cada problema que se le presentaba, instintivamente buscaba la manera de solucionarlo con sus propios medios. De hacérsele imprescindible pedía ayuda, pero rara vez le hacía falta. Tenía sus debilidades, como todo el mundo, pero exponerlas para conseguir algo a cambio le parecía de una bajeza despreciable.
Incluso la soledad le estaba pesando. Siempre había llevado una vida solitaria, porque los caballeros no podían saber que era una mujer y los hijos de los sirvientes no podían saber de su pasatiempo favorito. Sólo Sir Rudolph lo entendía, su necesidad de moverse y jugar con algo más que muñecas, pero luego de su partida no conoció a nadie que se le apareciera. Un compañero, no sólo en las cosas que hacía para mantenerse despierta, sino en los momentos de calma y sosiego, cuando ya no hubiera nada que hacer. En el fondo ¿no era eso lo que querían todos, hombres y mujeres?

La leyenda del reino dormido recorrió los cuatro costados del mundo. La fortaleza verde que en su día la princesa despedazó para poder salir se había vuelto impenetrable. Justo cuando los caballeros aventureros se creían ya adentro, una nueva capa de espinas les caía encima, incapacitándolos para ir más adelante o retroceder. Luchaban sin tener idea que la princesa, la única capaz de romper la maldición, ni siquiera estaba ahí. Los rumores llegaron a los príncipes Francisco y Arturo, del más lejano reino. El príncipe Francisco no resistió la llamada de un desafío a sus facultades y partió de inmediato, seguido por su hermano menor, quien iba por simple curiosidad.
Contraron a un guía que los llevara por el camino más seguro, el cual también era el más largo. No fue hasta después de haber pactado el precio que Arturo se dio cuenta de que trataban con una mujer, y no con un hombre viejo que se mantenía en forma. Al cabo de un rato conversando olvidaron del todo su extrañeza. No era difícil. Cuando no discutía con Francisco acerca de armas, técnicas de combate y batallas épicas, se interesaba por los libros que Arturo se había traído en su baúl. Libros llenos de conocimiento e historias de las cuales jamás había oído, pero seguía con mucho interés cuando Arturo se las leía. Ella dijo que solía leer de pequeña, pero desde hacía tiempo no podía hacerlo porque la cansaba demasiado. Extrañaba la melodía de las palabras escritas. A Arturo, que había asumido que todos los pueblerinos eran analfabetas, se le hizo de lo más extraña esta confesión pero tampoco manifestó sus dudas. Después de todo, si bien apreciaba a su hermano, sus caracteres opuestos los habían mantenido apartados en varias cuestiones, incluyendo la ciencia y literatura, así que tener para variar a alguien cuyo deseo de aprender fuera genuino era demasiado magnifico para echarlo a perder tan fácilmente.
En el transcurso del viaje, los príncipes fueron conociendo todas las obras de su incansable guía. No fue ella, sino las personas quienes los pusieron al tanto de sus hazañas mientras Eli prefería fingirse muda. No obstante, las bolsas, arrugas y ojos rojos no eran suficientes para ocultar su satisfacción por su merecido reconocimiento. Hasta entonces Arturo no creía que existiera de verdad gente así. Le gustó.
Finalmente divisaron las hiedras subiendo por las altas torres. Era de noche, por lo tanto no les quedaba de otra que acampar para emprender el resto del viaje a primera hora de la mañana.
-¿Qué piensan hacer si logran entrar? –preguntó la mujer.
-Cuando logremos entrar, mi querida señorita –especificó Francisco con una amplia sonrisa-, iremos por la princesa, naturalmente. La leyenda dice que un beso de verdadero amor despertará al reino.
-Pero ¿cómo va a ser verdadero amor si no se conocen? Es lo que no entiendo.
-No eres la única –dijo Arturo. La luz del fuego se reflejaba en sus lentes (lentes creados por él mismo para arreglar sus problemas de vista)-, pero supongo que el amor verdadero no se refiere solamente al amor romántico de pareja. Creo que tiene que ver con un deseo desinteresado de querer ayudar a la gente dormida. Una expresión pura de amor humano.
-Eso si es que sobreviven a la barrera –comentó.
-Lo tenemos resuelto –afirmó Francisco con seguridad-. Iniciaremos un fuego en diferentes puntos de la barrera, de manera que las hiedras se debiliten, y mientras esta se halla ocupada protegiéndose de esos males, nosotros entraremos por la parte trasera.
-Hemos examinado los testimonios de los anteriores intentos con mucho cuidado –continuó Arturo con cierto entusiasmo -. Este es la única estrategia que nadie ha probado.
-Y será la única que funcione –dictaminó su hermano.
Esa noche Francisco decidió irse a dormir temprano para estar en óptimas condiciones. Arturo también tenía pensado irse a dormir, pero, sabiendo que sería la última noche que estarían juntos, perdió el tiempo con Eli frente al fuego. Eran como un par de niños que aún no tuvieran suficiente del mundo y sus misterios. Incluso en sus momentos de silencio, mientras asimilaban una nueva pieza a la imagen del otro, se sentían plácidos y acompañados.
La luna ya estaba a punto de abandonar su dominio del cielo cuando Arturo se levantó. Eli se irguió igualmente y le preguntó qué haría si, hipotéticamente, la barrera desapareciera y todos estuvieran ya despiertos.
-Bueno, yo seguiría queriendo ver a esa gente. Ayudarla, si es posible. Ver el efecto que el sueño tuvo sobre las plantas y animales. Han sido dos años de sueños. ¿Cuánto habrán cambiado en ese tiempo? –Y fue planteando otras interrogantes interesantes hasta que Eli le puso una mano en la mejilla y lo silenció con un beso.
Podía ser o no amor verdadero, pero Eli hacía tiempo había decidido que se parecía lo bastante para ella. A sus espaldas, mientras aún estaban juntos, las hiedras y espinas se secaron hasta morir. Arturo apenas tuvo un segundo para contemplar plasmado el hecho antes de caer en cuenta de que Eli se derrumbaba en sus brazos.
-Estoy bien–dijo ella con una sonrisa perezosa y tranquila-. Sólo déjame descansar un segundo. Estoy cansada.
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Re: La lucha incansable. Romance, fantasía

Mensaje  fenrir_406 el Mar Oct 15, 2013 3:28 am

TE ODIOOO no mentira TE AMOOOO¡¡¡¡ pero es que estoy leyendo esto en clases y no puedo gritar y reír todo lo que quiero u.u .... que maravillosa forma de tratar una historia tan conocida por nosotros, pero tan .... vacía, hay que ver que la historia que todos conocemos tiene muchos rasgos generales y nada mas, por lo que llenar espacio y mejor aun, tal como hiciste tu, cambiando otros pocos, obtienes por resultado esta grandiosa obra, muchas gracias por compartirlo con nosotros.
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Re: La lucha incansable. Romance, fantasía

Mensaje  Heidy78 el Mar Oct 15, 2013 7:40 am


     Yo la verdad ya ni se que decirte, es que escribes maravillosamente bien y tus historias siempre me llegan al corazón y esta en especial porque es una historia de mi niñez vista desde otro angulo...



Gracias por compartir tu talento preciosa!!!!
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Re: La lucha incansable. Romance, fantasía

Mensaje  Sugar Mami el Mar Oct 15, 2013 11:50 am

&&&& &&&& &&&& ....buenisima Candy!!!!!!!!....me encanta como escribes mi cielo!!!!!!!...definitivamente me cautivas y me atrapas en tus historias cortas...nunca dejes de hacerlo y menos de compartirlo con tus admiradores que te has ganado en el foro...besitos de coco...muakkkkkk....      
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Re: La lucha incansable. Romance, fantasía

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