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Voces huecas. Ciencia ficción, gay

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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  MEG el Miér Nov 20, 2013 10:03 am

Bueno, por fin he podido leerlo... y me tienes atrapada haciendo y deshaciendo conjeturas... como dice Fenrir... cada vez que se responde algo nacen muchas preguntas más... estoy intrigadísima jajajaja

Me está gustando mucho. También la forma de redactarlo, con un montón de frentes abiertos por resolver y que no nos dejas olvidar... y ese ambiente tan opresivo que parece que acompaña el ánimo de Emma... 

Me da un poco de miedo pensar que aunque sea ciencia ficción... parece muy real y que es hacia donde vamos.

Por favor... no tardes mucho en continuar, o vamos a empezar a hacer apuestas entre quienes seguimos el relato... tengo un montón de preguntas y de suposiciones.

MEG
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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  DIABLESA el Vie Feb 21, 2014 7:31 pm

Buenas !! Cómo puede ser que en todos los lugares donde me meto, se quedan las historias a medias?
Espero que continúes con esto. Por lo que he podido comprobar ya hace que no pones nada. Has dejado de escribir?
Ansío que continúes con tu historia y que podamos terminar de leerla juntos.
Me alegra que en el tiempo que no he estado haya habido tanta gente que haya escrito. Por favor guapa continua que no nos puedes dejar así mujer.
Un beso fuerte y a seguir dejándonos enganchados por las preguntas que se nos disparan con tu relato.
Saludos y espero poder seguir leyéndote pronto.

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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Sáb Mar 22, 2014 5:57 pm

Lo lamento, sé que ha sido un buen montón de tiempo que no me he metido. Entre los proyectos que me pongo en frente, el inicio de la universidad y otros asuntos siempre digo "ya entraré más tarde" y nunca lo hago. Ya me pondré al día con el foro, sepan disculpar. Mientras tanto, aquí les dejo los dos nuevos capítulos de esta historia. Si todo sale bien con la universidad estaré escribiendo el séptimo la semana que viene. Saludos y muchas gracias a todos por su apoyo.

----------------

Capítulo 5

Lo habían contratado al muchacho una semana atrás para reemplazar a Alejandro (al final este prefirió dedicarse de lleno al estudio), pero era la primera vez que lo tenía tan cerca.

-Hola.

Desde entonces habían compartido un sólo turno a la mañana otras palabras que el saludo obligatorio del primer encuentro, cuando se lo presentaron. Era de un nombre corto que no recordaba haber oído antes junto a un apellido que le sonaba extraño, más propio de la invención que de la realidad.

-¿Te llamás Emma, no?


Era más bajo y delgado que él, aunque por poco. Miraba hacia arriba con unos grandes ojos azules impuros. El gel que utilizaba en el mojicano azul en su cabeza, peinándolo hacia atrás, desprendía brillos cada vez que movía la cabeza. A los lados el cabello negro se mantenía corto y lo bastante abundante para cubrir el color del cuero cabelludo. A pesar de los agujeros en los lóbulos no había piercings colgando.

-Te he visto el otro día por el centro, pero no me animaba a saludar. Andabas llevando una guitarra. ¿Sabés tocar?

Abel Catalejo. A quién se le ocurría, había pensado.

De pronto cayó en cuenta de que quería conversar.

-No -dijo, un poco perdido.

Era una situación nueva para él y no estaba seguro de cómo seguirla. Hubo un momento de silencio, que Emma decidió aprovechar para terminar de abotonarse la camisa. Justo cuando creía que el otro ya había perdido interés, volvió a hablarle.

-¿Y entonces para qué tenés la guitarra?

No sonaba como si le estuviera reclamando la incoherencia de poseer algo que no se sabía utilizar o como si estuviera decepcionado. Sonaba a una duda genuina que acababa de nacerle. Debía ser menor por un año o algo así. Dudó de la conveniencia de decirle la verdad antes de decidir que probablemente daba lo mismo.

-Para aprender.

-¿Ya sabes cómo?

-Más o menos -respondió Emma, para no mencionar que se había pasado una buena cantidad de minutos buscando una nueva cartilla clandestina para estudiante de la Universidad de Arte, especialidad Música, lo cual estaba seguro le costaría por lo menos una multa. O las restricciones en la red se habían endurecido, a pesar de los bunnys, o no recordaba lo complicado que era encontrar ciertas cosas.

Acabó de colocarse el uniforme y se dirigió al espejo para que le arreglara la maldita corbata de moño. No importaba las veces que viera el proceso, el nudo correcto era algo que siempre escapaba de sus manos. Cuando vio su reflejo de frente se dio cuenta de que atrás le seguía el chico Abel.

-Che, ¿querés ir a un concierto?

Emma pensó en la lista guardada en su Anon. La casilla blanca que podría marcar con una X negra. Lo vio a través del espejo y por primera vez se percató de que el muchacho era guapo, con una cara de expresión abierta que lucía incapaz de ocultar nada. Resultaba obvio por qué Eva lo había contratado.

-Sí, claro -Le sonrió.

-------

Quedaron de verse en la casa de Abel. Vivía en un barrio en las fronteras del centro, aunque era evidente que la vivienda así era antigua; dos pisos elevados sobre una escalera corta de cemento, flanqueada por un pasamanos de hierros ondulantes, y formas ovaladas en la división exterior. A diferencia de la mayoría de los edificios, plagados de ángulos rectos y transpirando eficiencia, en los costados se le veían grietas y manchas de diverso origen.

Tal como habían acordado, Emma se detuvo en la acera y le envió un mensaje al Anon del joven para decirle que ya lo esperaba afuera. Al cabo de unos segundos recibió las palabras "ya salgo" seguido de una carita feliz, la cual no era nada más que una versión caricaturesca de Abel sonriendo. Según lo que le había dicho, el señor Catalejo solía trabajar hasta tarde en la computadora y siendo así, lo mejor que podían hacer era salir sin más ceremonia, ya que le daba por hacerle demasiada conversación a quien sea que invitara. Incluso con el efecto de las pastillas en pleno apogeo, a Emma seguía sin hacerle gracia entretener a un viejo, por lo que no tuvo inconvenientes en aceptar el arreglo.

Mientras esperaba, se apoyó encima de la reja y vio el cielo. Esa noche el cielo morado permitió ver con toda claridad un trío de figuras oscuras en el borde de una casa cercana. Ahora sabía que eran ellas las que aleteaban en sus sueños sin hacer otra cosa y por Internet había averiguado que eran una especie de extinta hacía diez años de aves paseriformes, familia de los córvidos. El nombre común que recibían era cuervo. Los había visto posarse encima de las mesas de las personas en los puestos de comida sin que estas dejaran de comer, por lo cual acabó llegando a la conclusión de que, por alguna razón, sólo él podía verlos. Era la única explicación lógica considerando el poco revuelo que ya no sólo un montón de presuntos muertos, sino la existencia de cualquier animal callejero, generado por aquellos. Se podría haber sentido desconcertado e incluso asustado de semejante visión, pero en cierta forma le reconfortaban. Decoraban el ambiente de una manera que los árboles artificiales del centro o las estatuas móviles no podían conseguir, aunque todo lo que hicieran fuera permanecer estáticos, juntos como en una reunión secreta, antes de abrir las alas y perderse de vista.

Posiblemente fuera un efecto secundario de la medicina de Lilliand pero ¿de verdad era tan malo? Las aves no le hacían daño, no le ordenaban hacer las cosas que el hombre por su cuenta le pedía y no veía necesidad de hacer partícipe de semejante delirio a nadie, como tampoco pensaba hacerlo respecto a los sonidos salidos de la nada en medio de la más alta tensión, cuando pensaba que alguien se ensañaba con su cerebro para joderle la vida. Lo único que hacían era estar ahí y por él estaba bien así.

Cuando Abel finalmente abrió la puerta de su casa, el trío emplumado echó a volar. Todo lo que debían compartir entre sí, fuera lo que fuera, había sido compartido. Emma se volvió a su compañero de trabajo, que llevaba una mochila sujeta a los fijadores metálicos en su remera de terciopelo negro azulado. La porción de cabello azul caía libre y lisa a un lado de su rostro, debiendo recogérselo detrás de la oreja continuamente.

-Hola -dijo, adelantándose para besarle la mejilla-. Perdoná la espera, mi papá se puso pesado -Lo tomó del hombro y lo volteó a la luz para ver mejor la ropa que llevaba.

Emma esperó pacientemente. La única indicación que había recibido respecto a la ropa fue que mejor encajaría de negro, de modo que a ese color recurrió, tanto en la elección de una camisa tan larga como un vestido con mangas anchas como en los pantalones jeans sostenidos en sus caderas. La prenda superior estaba rasgada a los lados de su pecho, como branquias en el cuello de un pez, dejando ver la camiseta gris perla debajo.

-Te queda bien -aprobó el muchacho al fin.

-Repetime adónde es que vamos -pidió Emma-. No lo encontré en la red y ni idea de dónde queda.

-Ah, no muy lejos de aquí -Abel revisó la hora en su Anon. La carcaza del aparato estaba cubierta de calaveras multicolores, todas sonriendo sin motivo-. Sólo se puede llegar si te invitan. Lo viven cambiando por el tema de la música.

Asintió. Tenía sentido. Los dos comenzaron a avanzar por la calle, aunque más bien se trataba de Emma siguiéndole la pista a Abel en silencio. El corazón se le había subido hasta la garganta, haciéndole sentir su palpitar bajo la manzana de Adán. No podía dejar de tocarse los dedos sudorosos dentro de los bolsillos. Iba a ser la primera vez en un largo tiempo que compartiría espacio con una multitud y no sería por ningún otro motivo que para oír música en vivo. Trató de imaginar qué clase de aspecto tendría la banda, pero no consiguió si no era como los payasos de arcoíris que aparecían en los videos oficiales. Conocía sus voces potentes, las notas violentas que llegaban de pronto a asaltar el oído y hacer estremecer el cuerpo en un arranque de energía desconocida, pero no sabía nada de los rostros detrás de esas creaciones.

Esperaron en una parada de colectivo nocturno, ni la mitad de cómodo que los diurnos. La luz hacía ver a Abel mucho más pálido de lo que era, casi enfermizo, mientras este tecleaba en la pequeña pantalla. El balanceo de sus piernas hacía sonar las hebillas en sus botas.

-Che... -empezó Emma- ¿hace mucho que vas a estas cosas?

-Un par de años. En la primera aparecí casi por casualidad y, como vieron que me gustaba, siguieron invitándome. Vos vas a ser el primero al que invite yo.

-Ah -Emma se preguntó si correspondería dar gracias en ese caso.

En ese momento llegó el colectivo, liberándolo de la cuestión. Como era de esperar, el vehículo estaba prácticamente vacío y no tuvieron problema en encontrar un par de asientos al final, donde el ronroneo del motor que los mantenía por encima del nivel del suelo enviaba unas ligeras vibraciones desde sus traseros hasta la coronilla. En otros tiempo, justamente ese inconveniente había mantenido a Emma lejos de aquel medio de transporte en particular, pero con el efecto de las pastillas en su apogeo (cortesía de un tal Julio cuya fotografía necrológica fue sacada de su red social favorita), el movimiento se le hizo relajante y atractivo.

Había olvidado lo rápido que iban los colectivos nocturnos para compensar la falta de lujos. Seis minutos después de ver pasar como líneas brillantes las ventanas de las casas todavía encendidas, Abel se alzó en su asiento y tomó la agarradera del techo, esperando la detención absoluta. Pagaron la cuota de salida presionando la aplicación correspondiente aparecida en sus Anon antes de salir a una calle completamente diferente, donde abundaban las casas echadas a perder y algunas incluso ostentaban los rastros antiguos de grafitis anteriores a las reformas que los habían mantenido alejados de otras viviendas. Emma no tenía idea de dónde estaba, pero se imaginaba que era un lugar mucho más alejado incluso que el callejón con el holograma de la mujer en tacones. Por lo menos allá los edificios estaban limpios y cuidados. Lo que se estropeaban eran las personas. Ahí parecía que tanto uno como otro desmejoramiento iban de la mano.

Hacía frío esa noche.

-¿Por dónde? -preguntó Emma, ignorando la intranquilidad que quería picotearle el pecho.

Abel, como si no importara el ambiente, revisó las indicaciones en su Anon y señaló hacia la otra calle.

-Por allá.

Avanzaron hasta un edificio que algún día debió ser una casa preciosa de tres pisos, pero ahora sólo tenía para mostrar un techo faltante, ventanas rotas y las variadas erosiones de la materia causadas por muchas lluvias ácidas en caída libre. De haber sabido exactamente lo que significaba la palabra siniestra, Emma habría creído que iba perfecto con ese sitio. Parecía absolutamente abandonado y la idea de que eso fuera todo lo que iba a presenciar estuvo a punto de desanimarlo.

-Aquí -dijo Abel señalando el callejón entre la vivienda fracasada y una gemela con peor suerte. Cual si le diera igual adentrarse en terrenos oscuros, el muchacho se metió por ahí. Emma siguió el brillo de su pantalla-. Nos están esperando -anunció sin volver vista.

-¿Quiénes?

-Llegamos -dijo Abel, deteniéndose en el jardín trasero, si es que semejante minúsculo rectángulo de cemento podía ser llamado como tal.

Enfrentaba una puerta metálica que salía del suelo. Después de cierto esfuerzo mental, Emma recordó películas viejas donde la gente guardaba cosas en los sótanos y tenían entradas así. Pero sin duda en aquellas memorias hechas ficción, cuando un chico tocaba tres veces en determinado tono, no iba a abrirse por la fuerza de un asiático fortachón con los labios brillando en la oscuridad. El fortachón permaneció en su sitio mientras Abel volvía a teclear el Anon y cuando este le mostró una imagen, invisible para Emma, se hizo a un lado para permitirles pasar. La escalera era estrecha y oscura. La humedad se pegaba el cuerpo casi reclamándolo para sí.

Descendieron por más tiempo del que hubiera esperado, finalmente llegando a otra puerta metálica. En el camino, respondiendo a su muda curiosidad, Abel le explicó que esa clase de sitios habían sido los refugios antes de los protectores de la lluvia ácida. Ante el grave aumento del desempleo y el hambre, un presidente como parte de su campaña decidió ampliar esos lugares secretos para que sirvieran como comederos voluntarios. Cuando la economía comenzó a mejorar y vieron que mantener esos sitios gratuitamente no beneficiaba al bolsillo de nadie importante, los abandonaron al capricho de la gente. Había varios por la ciudad y todos se encontraban en varios así, olvidados y desiertos sino para los más desesperados.

-Y nosotros, obvio –agregó Abel con una nota de humor que Emma no alcanzó a compartir.

Una vez abierta la entrada, fue como si entraran en un ambiente completamente diferente. La música se oyó golpear en las paredes y traspasarles los cráneos antes de perderse más arriba. Era un remix de un tema oficial en el que habían decidido dar prioridad a las notas graves sobre las agudas, con una voz distorsionada de la cantante original en la que prometía en un bucle infinito que la alegría estaba cerca, la alegría estaba ahí. De vez en cuando estallaban solos de batería electrónica para dar dinamismo a la melodía, aunque lo hacía con una frecuencia al azar destinada a tomar por sorpresa.

Los primero que se veía era un pasillo gris en el que la luz había sido apagada. A un lado estaban las puertas los baños, a los cuales Abel se dirigió, y al fondo la sala donde en efecto se desarrollaba una algarabía de siluetas negras contra las luces láser de diferentes colores y puntos de origen. Los tubos luminiscentes penetraban los cuerpos, centellando en algún accesorio metálico o de plástico brillantes antes de desaparecer segundos más tarde.

-¿Me podés esperar un rato? –preguntó su acompañante.

Emma tuvo un breve vistazo del baño, tan limpio y blanco que casi le lastimó la vista, antes de que la puerta volviera a cerrarse. Se apoyó en contra de la pared cruzado de brazos, sin tener idea de qué más hacer. Le alegraba que sus jaquecas usuales hubieran desaparecido, aunque con tanto retumbo empezaba a sospechar que igualmente le acabaría dando una. Trató de vislumbrar una pista de adónde se hallaba el escenario, a lo mejor hasta de los artistas sin título que tocarían, pero era inútil.

Diez minutos pasaron hasta que volvió a ver al del mojicano, y para entonces había visto claramente la vestimenta que parecía regla en ese sitio. Eran hombres con crestas tan altas como un antebrazo en la coronilla y coletas hechas de tubos fosforescentes en la nuca. Chicas de cabezas como el arcoíris y puntos de metal titilando en sus rostros en cada sonrisa de labios negros. Cadenas, mallas, plástico, botas peludas, faldas plisadas encima de pantalones. El negro imperando sobre aquella fama de excéntricas combinaciones. Era la primera vez que alguna vez a nadie usando semejantes trajes. Se sentía dividido entre la más plena extrañeza y fascinación abstraída. Estaban tan arreglados en su característica manera, similares y sin embargo diferentes entre sí, que ni siquiera le parecían verdaderas personas. Poseían un aire propio que estaba a un nivel distinto a los movimientos perfectos y ausentes de los supermodelos.


-¿Qué te parece?


Emma se volteó a la voz familiar y tuvo que parpadear más de una vez para creer realmente lo que veía. Abel, por lo visto, sólo había esperado el momento de llegar al sitio secreto para ponerse a su gusto y lo demostraba con el cabello azul arreglado por gel brillante para formar un arco elevado por encima del nivel de su cabeza, dejando una sutil flecha dirigiéndose hacia una de sus cejas. Las orejas, antes desnudas, estaban decoradas con unos aretes con las cadenas colgando. El labio inferior atravesado por un aro de plata. Pero el cambio más evidente, el definitorio para hacer dudar por unos segundos de su identidad, se veía en el ojo derecho, ahora cubierto de una gruesa sombra negra, y el izquierdo, de cuya orilla salían un par de alas de mariposa en color azul eléctrico. Por alguna razón se le hacía más pequeño que antes pero mejor definido.

Emma lo miró de arriba abajo, dándose cuenta de que Abel encajaba perfectamente con esa clase de ambiente.


-Me gusta -comentó.


Abel sonrió.


-¿De verdad?


-¿Qué te has hecho? -preguntó, encontrando increíble que hiciera un trabajo tan preciso en tan poco tiempo.


A lo mejor la industria del maquillaje había avanzado tanto que se podían aplicar diseños nada más con ordenárselo a una pantalla. Sus cabezas se hallaban muy cerca una de otra en su intento de hacerse oír por el otro a pesar de la música.


-Es un tatuaje. Me lo cubro con maquillaje en casa y el trabajo. Mi papá se pone imposible cada vez que lo ve. ¿Querés bailar?


Emma estuvo a punto de decir que no tenía idea de cómo llevar el ritmo hasta su cuerpo (una cosa era verse hacerlo en su mente y otra llevarlo a la realidad), pero acabó mordiéndose los labios y asintiendo en su lugar. Quería experimentar lo que era estar en un concierto con todo lo que eso implicara, inclusive el riesgo de pasar un momento embarazoso porque desconocía los pasos. Abel lo llevó de la mano hasta el centro de la pista, esquivando los dos como les era posible la cantidad de pies y brazos en movimientos. Mientras más lo veía de cerca, más se creía Emma una especie de visitante en un mundo extraño donde los vivos colores modernos de afuera serían recibidos con malos ojos, tal como probablemente esos seres oscuros iban a serlo de salir.


Abel se detuvo debajo de un foco en el techo por el cual salían los láseres disparadas y se le enfrentó comenzando a mover la cabeza mientras elevaba los brazos. Emma se balanceó de un lado a otro, tratando de hacer una imitación de su compañero y sospechando que nadie notaría la menor diferencia en ese ambiente. Apenas podía distinguir rostros y algunas lentillas fosforescentes. Cada uno parecía inmerso en su propio baile para poner la menor atención al suyo, pero de alguna manera no se sentía como una exclusión o indiferencia sino como una aceptación implícita de la independencia ajena.

A un costado de la pista, en una zona invisible desde el pasillo de entrada, se elevaba un escenario que ocupaba la pared entera. Las luces de tonos oscuros centradas ahí permitían ver sombras de un cuarteto de personas acomodando lo que esperaba fueran instrumentos musicales. Dos de ellos sostenían lo que sin duda reconoció como guitarras y a través de una correa se las estaban haciendo colgar del hombro. Otro debía estar manejando una especie de teclado y un tercero movía diferentes círculos negros en un soporte magnético, lo necesario para arreglar una batería eléctrica.


-Se llaman Apple Black -le dijo Abel al oído-. ¿Los oíste antes?


Emma hizo un gesto vago con la cabeza, abierto a interpretación. Aunque se había pasado años descargando música no oficial, la verdad era que nunca se había aficionado a una banda o artista en particular. Para él sólo eran fuentes de ruido sin nombre ni apellido, una barrera segura entre él y el mundo hostil. Algún tema podía escucharlo con más frecuencia que otro y eso era todo.


Finalmente, cuando las luces más claras del escenario se encendieron, revelando a los artistas, la multitud de seres parecieron concentrarse en el unísono para darles la bienvenida de la manera más ruidosa posible. Abel, a su lado, saltaba y animaba con grandes gritos que Emma no dudaba le dejarían la garganta completamente jodida más tarde. Fueran quienes fueran los miembros de Apple Black contaban con un sólido grupos de fanático en ese mundo subterráneo. El que parecía el líder del grupo, un sujeto con una chaqueta transparente llegándole hasta las rodillas y mojicano verde, el micrófono como una corta línea atravesándole la mejilla, dio las gracias por la presencia de tantos esa noche y el apoyo brindado a la banda. Su primer tema, un personal favorito, sería "Disparo a Anonymous a la medianoche". Esperaba que les gustara.


"A la mierda" pensó Emma. ¡Esos tipos no se andaban con sutilezas! El hecho de que cantaran en español en lugar del más seguro inglés hablaba espectacularmente bien de cuán seguros estaban que no serían descubiertos o, por el contrario, lo poco que les importaba serlo. De cualquier manera que fuera, cuando el guitarrista, con los pinchos rojos de su cabello agitándose como si le diera cabezazos a alguien, empezó a rasgar los primeros acordes, Emma se encontró riendo y de verdad emocionado por primera vez desde ya no recordaba cuánto. El peligro inminente era parecido a la sensación que le provocaban los dibujos en la estación del metro, pero mucho más envolvente y dirigido a todo su cuerpo. Así no tuvo que mirar a nadie para bailar, la necesidad de moverse nacía de él mismo.

La voz del cantante rugía como el de una bestia extinta o celosamente protegida, otorgándoles un justo poder a cada una de sus palabras.


"Envuelto en llamas irracionales,

nadie escucha al iletrado.

Construimos a Babel en seis días

y lo derrumbaremos al séptimo.

Una sola noche clara es lo que pido,

dicen los tontos con sus máscaras de oxígeno"

Cuando pasaron a una canción más suave, entonando una melodía agridulce con tintes rabiosos, Emma afianzó sus manos en las caderas de Abel, disfrutando de esa cercanía. No tuvo idea de quién inició el beso o si fueron dos caminos convergiendo en un mismo punto, pero de alguna manera sus labios acabaron uno encima al otro y él no tuvo el menor inconveniente en prolongar ese contacto olvidado.


-¿Querés ir arriba?

-------


Emma se estremeció al volver a sentir el frío exterior. El asiático guardián se quedó mirándolos ascender los tres escalones hacia la puerta trasera de la casa arruinada. Una vez se aseguró que penetraban en su interior él volvió a sumergirse en los escalones, cerrando la entrada  al comedor fracasado. El abismo entre el ambiente que acababan de abandonar y aquel ese nuevo fue tal que Emma se preguntó si no tendrían nada que ver entre sí. Aunque las paredes en sí habían conseguido mantenerse de pie, el suelo del segundo piso había desaparecido del todo, dejando ver el cielo morado arriba de sus cabezas. Había por lo menos una simple docena de personas y, a pesar de que no había música discernible en el ambiente, algunos bailaban en el centro de la estancia con movimientos lentos, casi como si estuvieran en mitad de un sueño sonámbulo.

Abel lo guió hasta un rincón donde habían dejado caer un montón de pufs para el trasero de quien quisiera sentarse. "Espérame aquí, ya vuelvo", dijo antes de encaminar a una de las dos únicas puertas completas que separaban las habitaciones. Emma se hundió, contento de poder ser un mero observador para variar. El zumbido en sus oídos y la ligera capa de sudor en su frente le servirían de recuerdo para el concierto, el primero en su vida. Unos instantes más tarde Abel reapareció con dos latas de gaseosa. Su boca seca agradeció el líquido dulce descendiendo por su pecho agitado hasta el estómago. También llevaba un par de auriculares deportivos (de esos que a los se les podía programar la música a oír y se ajustaban perfectamente a la oreja, haciendo imposible su caída) en su regazo.

-¿Para qué es eso? -preguntó.



-¿Has probado el ID antes? -inquirió Abel antes.



-¿El qué?



-ID, I-doser -Abel sonrió de lado, como si aceptara su ignorancia como prueba definitiva de que su respuesta era un no-. Estos están programados con un efecto ácido ligero. ¿Querés probarlos?

Emma volvió a dirigir su mirada sobre los bailarines. Todos tenían los ojos cerrados y las luces de sus propios auriculares titilaban en el centro de sus orejas. Algunos tenían visibles sonrisas de encantados como si estuvieran flotando en una realidad alterna de en sueño. El hecho de que no hubiera sabido la abreviación moderna de la droga virtual no quería decir que jamás la hubiera tenido sonando para sí. Es más, de haber contado con el crédito suficiente hacía tiempo habría pagado para borrar el recuerdo de esa experiencia de su mente.



Había sido en la fiesta después de la graduación en casa de uno de sus compañeros. Se vio obligado a ir con tal de evitar el regreso a casa, donde sabía que nada más lo esperaban los amigos de papá celebrando el haber conseguido su diploma cuando ya casi lo daban por perdido. Creyó que con quedarse hasta la medianoche sería suficiente y, mientras nadie intentara empujarlo a una charla o cualquier otra actividad, podría pasársela tranquilamente en un rincón solitario del hogar. El problema era que adonde fuera que mirara, ahí había invitados divirtiéndose mientras tomaban de vasos que apestaban a vómito fermentado para Emma, quien siempre lo relacionaba con la cerveza. Quedarse quieto en un rincón, tratando de no ser notado, tampoco era una opción. El ruido de la gente y su movimiento constante lo irritaban hasta un punto en que él mismo se daba cuenta que era una exageración, pero la consciencia no eliminaba el hecho. Fue entonces que decidió subir al segundo piso y se encontró a un grupo notablemente más tranquilo en la habitación de los dueños de casa. Todos estaban ahí, sentados o echados en la cama, compartiendo un par de auriculares entre sí para ponerse a escuchar.

-¿Sos boludo o qué? -le dijo el chico que organizó el evento-. Cerrá la puerta, pendejo.



Emma lo hizo, metiéndose él en el cuarto. Esperaba que alguien lo mandara a salir (después de todo, la relación entre él y sus compañeros no era precisamente amistosa), pero al ver que eso no sucedía, tomó asiento en una porción del suelo cerca de la mesita de noche. Ahí nadie tenía necesidad de reírse, gritar o ser parte del revuelo de abajo. El aire se sentía menos tenso. Suspiró de alivio. Al fin podía estar en paz.



Una chica, acurrucada con su novio, ambos apoyados contra la pared, le pasó el transmisor de I-doser con una media sonrisa que hacía brillar sus ojos como si estuviera a punto de llorar y sin hacerlo. Emma recordaba haber pensado que a lo mejor la cura secreta para su jaqueca, esa que a él y su papá se les vivía escapando a pesar de las consultas médicas, era ese mágico sonido que decían separaba la mente del cuerpo de la forma más agradable posible, permitiéndole a esta viajar a rincones imposibles de imaginar para los cobardes que no lo intentaran.



Al principio sólo oyó una tonada simple, aburrida, a la cual se le hizo imposible de seguir el ritmo. Cerró los ojos como veía hacían los otros, a ver si así conseguía un mejor efecto. Comenzó a sentirse pesado y ligero a un mismo tiempo, como si estuviera en el terremoto más gentil de todos. Increíblemente el palpitar en sus sienes comenzó a remitir poco a poco. Ahí estaba, pensaba. Todo lo que tenía que hacer era drogarse y problema solucionado. Con razón nadie había llegado a esa conclusión antes. Fue cuando volvió a ver que se dio cuenta del error inmenso que había cometido.



La habitación estaba en llamas.



Llamas azules, moradas, grises y de un verde enfermo impregnaban las paredes, lamiendo los cuerpos descoloridos e indiferentes. Le tomó unos segundos de terror paralizante darse cuenta de que aunque presenciaba claramente las puntas crepitantes, estas no desprendían calor de ningún tipo ni le hacían daño a las personas. Una alucinación, creyó. Quién no le decía que eso era lo mismo que le tocaba a todo mundo y se les hacía tan fascinante que no podían esperar a repetirlo. Se relajó un poco ante la idea de que no era tan malo, por lo menos no lo hería como el estar en medio de la fiesta... y ahí fue cuando las llamas parecieron correr hacia él y ahogarlo. Desde cada rincón donde estaba, el fuego le estrujó el pecho como si fuera una enorme bolsa de cemento. Gateando, porque no podía mantenerse sobre sus piernas, tuvo que salir dejando los auriculares en la cama. Afuera el ambiente era peor, agresivo y hostil, con chispazos de estática que llegaban a él acompañados de cualquier expresión de humor sonora. Ver adónde carajo debía correr se estaba volviendo imposible y en la escalera tropezó,  golpeándose la rodilla contra el suelo antes de dirigirse a la sala por medio del tacto en las paredes. Se dejaría caer en el patio de entrada, luchando por volver a respirar, empapándose del aroma a sintético del césped hasta que el efecto de la maldita cosa se desvaneciera y sólo quedaran las jaquecas. Nunca se había alegrado tanto de volver a percibirlas, como un regreso al menor de sus males.



Al volver a casa no se le ocurriría una mejor respuesta a la pregunta de papá sobre cómo le fue que el consabido, simple e inalterable "bien" que usaba incluso desde antes que se le anunciara que ya no podían permitirse más pruebas médicas. La idea de contárselo a alguien ni siquiera se le pasó por la mente, prefiriendo creer que era algo que le pasaba a la gente, y tampoco se le ocurrió hacerlo en ese momento en que Abel lo miraba con la cabeza ladeada, preguntándose por qué la espera.

-A ver, dame -dijo, quizá un poco bruscamente, tomando el par de aparatitos.



Las manos le temblaron un poco en su regazo y él las presionó contra sus piernas, tratando de calmarse. El efecto de las pastillas le había dado noches de sueño enteras, tardes de cine e incluso había soportado la música subterránea sin problemas. Quizá también lo ayudaba con eso y descubría de una vez por qué su vecina tenía tantos clientes fieles. Se colocó los auriculares, cuya música ya estaba en proceso y se echó atrás sobre los pufs, repitiéndose que era muy pronto para achacarle a la droga su pulso acelerado.

-¿Estás bien? -le preguntó Abel, recostándose a su lado.



Emma tomó un par de profundas bocanadas antes de volverse hacia él. Entonces lo vio envuelto en una suave capa de agua azul con manchas moradas en la zona de su rostro. Levantó su propia mano y esta, igual que su brazo, brillaba en un tenue verde manchado con morado. Al mover los dedos se generaban unas minúsculas olas que parecían desplazarse lentamente en al ambiente antes de volver a los contornos de su piel. No daba miedo sino calma y sosiego. De pronto era como si tuviera ningún problema y pudiera quedarse así la vida entera.

-¿Vos lo ves? -preguntó.


Abel giró la cabeza a su mano y elevó la suya a la misma altura, poniéndola contra el cielo infinito.

-Sí... -dijo, empezando a sonreír-. Eso somos nosotros. Energía en el aire.


Emma observó las olas de sus cuerpos chocar entre sí, fundirse en una sola pequeña explosión y luego volver a su estado natural.
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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Sáb Mar 22, 2014 6:00 pm

Capítulo 6

Emma nunca hubiera imaginado que sería tan fácil. Todos eran diferentes entre sí, pero contaban con ese diseño único que les permitía arrojarse al precipicio cuando un botón específico en su interior era presionado. No había discriminación entre razas, géneros o edades; al final eran igualmente reducidos a un nuevo cuervo en el cielo.

-¿Por qué aves? -le preguntó a Lilliand mientras volvía a casa del metro.

Las conversaciones entre ellos se habían vuelto una costumbre. En algo tenía que ocupar el tiempo mientras esperaban el momento adecuado para obrar sobre los objetivos.


-Creo que es la manera en que la gente decide despedirse -respondió el hombre-. Los cuervos eran animales ritualistas de una inteligencia inusual. Cada vez que uno de los suyos moría le ofrecían una especie de velatorio en respetuoso silencio antes de alzar el vuelo. Asumo que esa es la razón por la que se reúnen así ahora-Vio la extrañeza en la cara de Emma y cerró los ojos, como si se hubiera dado cuenta de su error, antes de aclarar-: Los velatorios era como se llamaban a la reunión antes del funeral. Supongo que no debería sorprenderme de que la palabra hubiera caído en desuso si hoy en día la gente pasa directo a entregar las cenizas.

Se quedaron en silencio unos minutos. Emma miraba a través de la ventana los tubos de luces unidos al túnel. Comentarios así le ponían incómodo por el simple hecho de que le recordaban una vez más que no sabía ni siquiera qué tan viejo era ese sujeto. Por su cara parecía que recién estaba rozando los cuarenta, pero su elección de palabra y cierto modo de comportarse le hacía chirriar su sentido, como si los dos fueran asuntos aparte. De todos modos no era su problema y no iba a indagar.

Le sería difícil reconocerlo, pero en realidad le daba miedo la respuesta.

-¿Qué opinas de ellos? -escuchó que de pronto le preguntaba Lilliand.

Emma elevó los ojos al techo, como si tuviera los lentes especiales de rayos X que los niños de siete años solían comprar en su máxima potencia.

-Si querés que te diga la verdad -dijo, reclinándose-, creo que me gustan.

Cuando era chiquito todos animales callejeros (que en las películas acerca del pasado aparecían inundando cada rincón y esparciendo enfermedades) habían muerto ya. No recordaba un tiempo en que el cielo no contuviera algo más que nubes contaminadas o un anuncio publicitario (ni siquiera los aviones), de modo que ver ese movimiento de alas repentino resultaba un cambio agradable. Le agregaba vida al ambiente, incluso si se tratara de gente... bueno, eso.

-Ya veo.

"Si vos lo decís", pensó el joven. Un melodioso silbido les hizo saber que estaban llegando a la estación. Lilliand se levantó para sostenerse de la agarradera. Emma lo observó de reojo, sin tener idea de qué buscarle, y en cuanto la pierna enfundada en otro traje oscuro pretendió desplazarse, le envió una certera patada a la pantorrilla opuesta.

-Hey -protestó el hombre, con evidente sorpresa. No "che", sino hey, lo que le sonó extraño al oído-. ¿Era necesario?

Emma había visto el ceño contraerse de dolor. Le había dolido el golpe. Los robots no sentían dolor, por eso era tan preferibles en la composición de las fuerzas de la ley.  Por un momento casi se avergonzó, pero luego se dijo que lo más probable fuera mejor prevenir que lamentar. Al menos ahora sabía con qué no estaba tratando.

-Sí -dijo, adelantándose a la salida, calmadamente-. Vamos.

Al cabo de unos segundos Lilliand le siguió por atrás. Emma medio se esperó un golpe de revancha que jamás llegó. Se sonrió para sus adentros. "Demasiado arcaico", clasificó, aunque la palabra debería haber sido "maduro." Lilliand era demasiado maduro para caer en ese juego.

--------

Cuando por fin perdió de vista al rubio en la entrada de su edificio, Emma no se esperaba en lo absoluto encontrar, nada más abrir la puerta, con la esposa del portero. La señora era como su papá, vieja sin disimularlo, delgada hasta el punto en que sus codos parecían listos para disparar cuchillas letales y una cara de cansancio tal que decía a las claras lo mucho que le habría gustado acabar con todas sus incontables obligaciones de una vez. Emma sabía que esa era su expresión normal, por lo que no se tomó muy apecho el reproche sobre que ella no estaba para hacerle de buzón a nadie a esas horas de la noche.

-Perdone -dijo, bajando la cabeza.

-Para la próxima decile a tus amigos que te lo den a vos. Yo no los pienso recibir. ¡Mirá si yo voy a andar esperando hasta que al señor se le ocurra volver, con lo mucho que les gusta a los jóvenes andarse quién sabe dónde!

-Lo lamento, señora -dijo en el mismo tono humilde.

Le ayudaba la experiencia para conocer el mejor modo de manejarse con ella una vez su voz alcanzaba cierto volumen. Y así, tal como esperaba, la señora pareció calmarse con un gesto de desestimación antes de meterse en su departamento y salir para alargarle una caja metálica.

-Que sea la última vez, pibe -advirtió de forma cansina, ignorando o sin importarle la expresión estupefacta del otro.

A pesar de la sorpresa, Emma tomó el paquete.

-Gracias -Era ligero y completamente negro-. Disculpe las molestias. Que descanse.

La vieja desapareció en su vivienda sin otra palabra. Emma esperó unos segundos y le sacó el dedo medio a la puerta cerrada antes de subir por las escaleras. De vuelta al asunto que le correspondía, ¿quién podría enviarle algo? Papá le habría avisado antes de tiempo. Vio que a un costado tenía un recuadro de identificación. Una vez adentro de su departamento, presionó el pulgar el tiempo que le indicaban por encima. Por un punto de luz roja salió un holograma con su foto, señalándolo como el receptor. Luego, cuando la información acabó de cargarse, surgió la foto de Abel con el cabello azul echado hacia atrás y sin tatuaje de mariposa a la vista. Ese había sido el emisor.

Emma se sentó en el sofá frente al televisor, apagándolo a este para poder escuchar el mensaje en video incluido. La cara de Abel surgió encima de la reportera de un programa de chismerío, en el cual se discutía el enorme peso que la tecnología tenía en sus vidas. "Es la evolución..." alcanzó a decir un hombre gordo y cabellera frondosa antes de que lo reemplazara la grabación.

-¡Hola, Emma! -dijo Abel. Estaba sentado en frente de un escritorio en un sitio que debía ser su habitación y estaba libre de adornos, por lo que el mechón azul casi le cubría el ojo tatuado en negro-. ¿Te acordás de mi amigo Proxy, el que te dije nos consiguió los ID? Bueno, el otro día, ayer más bien, le pedí a él si no les sobraba un par de LOST para que pudiera darte y así nos vemos en el Estado Beta.  Él no podía creerse que nunca antes te hubieras metido, pero, en fin, hizo lo que pudo. Lo único malo es que sólo pudieron ser modelos viejos, del año pasado, por lo que no están tan actualizados como los de ahora. Cuando estés ahí, búscame y te muestro el sitio, ¿te parece? Nos vemos.

Otra sonrisa y la discusión acerca de cuán imprescindible era ahora mantenerse conectado volvió a su volumen original.

-Apagado -ordenó, viendo que la caja se abría sola.

Adentro encontró un pequeño proyector alargado con bandas verdes. Lo puso en la mesita frente a la pantalla y accionó el botón rojo. A lo largo del aparato surgió una luz verde y, arriba, el manual de instrucciones de los Lentes de Ondas Superficiales Theta (o LOST 8.2), el método más confiable y seguro para acceder al Estado Beta desde el 2250.

Emma no había estado tan desconectado del mundo para no saber lo que era ese sitio. Por lo que había oído decir a sus compañeros de clase durante todo el secundario se trataba, básicamente, de una forma más personal de conocer la Internet. Una realidad virtual mejorada respecto a los anteriores prospectos con los cuales sólo se podía jugar antes. La noche del concierto, cuando Abel le preguntó cuál era el nombre de su cuenta en LikeLife, la mayor red social dentro del Estado Beta, no tuvo idea de qué decirle. No había sido porque creyera que iba a empeorarle la jaqueca que no tenía una, sino porque nunca se encontró con valor de pedírselo a papá, quien de todos modos le habría inquirido para qué quería eso teniendo ya una laptop y Anon disponibles.

Los precios de los nuevos modelos seguían haciéndole difícil ponerse al tanto con su propio crédito, por lo que cuando Abel mencionó que conocía a alguien y se encargaría de solucionar "el problema" Emma no le dio mayor importancia. Ni siquiera recordaba bien de qué Proxy le había hablado, pero debía ser uno de muchos recursos para haber permitido que el dispositivo acabara en sus manos. Si es que encima un modelo obsoleto funcionara iba a ser demasiado para su credibilidad.

El aparato, tal como las imágenes publicitarias, recordaba a los lentes Anon que uno utilizaba como extensión del aparato principal, sólo que completamente negros y más grandes. Tenían una banda de plástico suave y ajustable para rodear toda la cabeza. A un lado se veía el nivel de energía lleno, por lo que estaba recién cargado y listo para usarse. Leyó por encima las instrucciones básicas y lo bajó sobre sus ojos.

Nada. Absoluta oscuridad.

Encontró el botón de encendido cerca del sitio donde empezaba la banda. Vio que a un lado de su visión se estaba elevando una barra hecha de cuadros verdes, elevándose cada vez más a medida que el aparato se preparaba para su funcionamiento. En el manual estaba explicitado que justo antes de entrar el usuario iba a sentir un pinchazo eléctrico en las sienes y la sensación de que se estaba cayendo de espaldas, razón por la cual era tan importante entrar acostado en un sitio seguro o sentado en un cómodo asiento donde el cuerpo no se viera comprometido en un súbito abandono consciente. A Emma, a pesar de haberlo visto, le tomó por sorpresa ambos aspectos pero por fortuna estaba en el sofá, listo para servirle de improvisada cama. Su cabeza quedó cerca del apoyabrazos mientras su brazo izquierdo se extendía en dirección a la caja que acababa de dejar caer.

A cualquier testigo le parecería que acababa de rendirse a un merecido sueño, tan constante y relajada era su respiración. Sin embargo, él, la parte consciente de su cerebro, se sentía del todo alerta dentro de una habitación negra con gráficos en 3D de vivos colores y fuente de diario oficial inglés preguntándole qué prefería: escoger un avatar para andar por los diferentes espacios o ir con su imagen registrada. No estaba parado sobre nada que clasificaría como un suelo, los pies colgándole al final de su cuerpo sin la aparente necesidad de un soporte. Podía girar de lado a lado moviendo las caderas, con las opciones siguiéndole en cualquier dirección, pero era incapaz de girar hacia adelante o atrás. Era como si el arriba o abajo hubieran dejado de existir.

Se preguntó si algo así sería nadar en el mar.

Cuando se cansó de juguetear en el espacio, tocó con su mano la opción de permanecer tal como era. A derecha e izquierda suya aparecieron otra vez la columna de cubos verdes, llenándose cada segundo hasta llegar un punto muy superior a su cabeza. Por más que movió piernas y brazos, Emma no pudo ver ese límite. Finalmente se detuvieron y comenzaron a titilar, obligándole a cerrar los ojos. Para cuando volvió a abrirlos estaba en lo que parecía el lobby de un hotel muy lujoso. Él era la única persona presente cuando un cartel se materializó en el centro.

"Estás en la sala de chat general. ¿Deseas entrar a la conversación o no?"

No quería, así que rozó el no que colgaba abajo. Las letras se desintegraron para dar paso a un nuevo mensaje.

"¡Bienvenido al Estado Beta! Registramos que eres nuevo en el sitio. ¿Hay algo o alguien en especial que estés buscando?"

La imagen de Abel sonriéndole desde su mensaje grabado pasó por sus ojos. Dio el sí y se acercó a teclear en el espacio blanco a su disposición el nombre de su compañero, sin olvidarse de aclarar en una casilla diferente que se trataba de un quién perdido y no un qué. Unos segundos más tarde el programa le presentaba una larga lista llena de Abel Catalejo (con sus diferentes variantes), pero le fue sorprendentemente sencillo encontrar aquella del cabello azul en medio, incluso sin la mariposa. Por último, llegaba el momento de escoger el nick que llevaría adentro del Estado Beta. Debía tomar en cuenta de que una vez elegido el seudónimo sólo podría cambiarlo otras dos veces, por lo que debía procurar hacerlo bien. El sistema le sugirió algunos con su nombre completo y su fecha de nacimiento al final, para destacarse entre todos los Emma, Emmanuel o Manuel Mártiz ya elegidos. Fue por la opción del fondo con cierta desgana y por fin le informaron que pronto le ubicarían junto a su búsqueda.

No tenía idea de qué esperar a continuación, pero de todos le sorprendió ver sus pies desplazarse rápidamente por el suelo sin tocarlo. Cerró los ojos, pero ningún viento se daba contra su cara y los objetos, que en la vida real significarían obstáculos invencibles, ahí los atravesaba como si no existiera. Le era imposible distinguir nada. Vio un ambiente rosa, otro amarillo, uno que parpadeaba y finalmente se detuvo en la parte superior de un edificio hecho, al parecer, totalmente de plata. Alguien se aproximaba en su dirección.

-¡Llegaste!

Emma tardó unos segundos en entender que se trataba del avatar elegido por Abel. Una especie de criatura etérea pintada de blanco puro llena de líneas negras tatuadas desde el principio del miembro hasta la punta de los dedos, tanto en el caso de sus piernas como brazos. En la cintura, sostenida por la magia de la tecnología, colgaba un aro de luz rosada que jamás llegaba a rozarle la piel, cubierta por una malla plateada con reflejos multicolores en cada movimiento. Los ojos eran grandes, las pupilas como de un gato y los rasgos en general más alargados que como los tenía en la realidad. El mojicano en su cabeza continuaba ahí, ahora más frondoso, largo y conteniendo un muy completo arcoíris imposible de delimitar a simple vista.

Parecía una de esas criaturas fantásticas que la gente del pasado veía cuando alteraban demasiado su consciencia. No podía dejar de verlo, ni siquiera cuando este le tomó de la mano y dijo algo que él ni siquiera lograría pillar hasta más tarde.

-Vení. Te quiero presentar a los otros.

Ya era demasiado tarde cuando cayó en cuenta. Esa era una zona de deslizadores con obstáculos que incluían a la ciudad entera. Desde lo alto de los edificios iniciaban rampas por las cuales los interesados se dejaban deslizar para acabar haciendo maniobras imposibles en el aire. En un rincón, sentados en el suelo o apoyado contra el borde, los avatares de los amigos de Abel les miraron.

Todos tenían detalles en negro. Sin embargo, ahí se acababan las semejanzas. Uno de ellos incluso tenía una cabeza que recordaba a los de un toro de pelaje morado, mientras otro llevaba orejas de conejo entre pinchos de cabello rojo furioso. Este último se levantó para chocar su mano. Al tocarse, Emma logró ver el seudónimo escrito con letras parecidas a truenos sobre su cabeza.

MasterProxy0.2 dijo:

-¿No has tenido problema con la cosa entonces?

-No, ninguno -respondió Emma. Recordaba su asombro porque hubiera podido dar con un modelo viejo y una parte de sí se sentía intimidada. Quería saber cómo podía haberlo conseguido y en su lugar salió-: Este lugar es increíble.

-No me puedo creer que realmente nunca hayas venido aquí -dijo Proxy, cruzándose los brazos. Tenía puesta una chaqueta negra cuyo final curvado siempre se agitaba como si la estuviera acariciando el viento aunque no lo hubiera-. ¿Qué pasó? ¿Te tenían atado a un poste o algo así? -Emma se encogió de hombros, incómodo-. Bah, no importa. Pero si podés conseguite uno de los nuevo y así vas a tener una mejor definición de imagen, transmisiones sensitivas más potentes y otras cosas. Te va a hacer más fácil así.

No veía cómo era posible tal cosa. Esa realidad virtual tal como la percibía en ese momento se sentía igual a un sueño en el cual no recordara haberse dormido.

-Emma tiene una guitarra -intervino Abel. Al verlo Emma se sorprendió de encontrarlo flotando cabeza abajo y las piernas cruzadas, las manos puestas sobre sus pantorrillas como si estuviera sentado en una silla cualquiera-. Está aprendiendo a tocarla.

Eso pareció captar la atención general.

 -¿De verdad decís? -preguntó WolfgangVtoven, según el nick que centelló en chispas rojas sobre su cabeza al ponerse de pie-. ¿O un hack virtual?

-De verdad -aclaró Abel.

-¿Y eso de cómo? -inquirió ahora con una voz en la que se mezclaba envidia y admiración juntos.

Emma tuvo vagamente la impresión de que creía que lo había robado y, además, la idea no le causaba el menor rechazo sino todo lo contrario.

-Era de mi abuelo. Me la llevé de la casa de mi viejo porque él no sabía qué hacer con ella.

-¿Cómo suenan las cuerdas para vos? ¿Hacen un rechinido cuando las tocas?

Emma rememoró las veces en que rasgueó en el instrumento, dando sus primeros pasos cautelosos en la ciencia de la afinación, sólo teniendo claro que no conseguía dar el sonido preciso.

-No me parece. A mí me suenan bien.

-Mirá vos -dijo Wolfgang, impresionado.

-Deben ser cuerdas de tripas -acotó el que tenía avatar con cabeza de toro. Las letras erráticas de su seudónimo deletrearon Iupiter-. Antes se hacían con animales justamente por eso, porque duraban más que las sintéticas. Se la había dejado a la costumbre de lado pero cuando el gobierno empezó a joder con que el arte debía ser regulado, se regresó a ellas para uso casero. Vacas, caballos, yeguas. Hasta gatos y perros si los apuraban. Mientras se pudiera destripar, servía.

Emma lo miró incrédulo. ¿Había estado tocando tripas todo ese tiempo? Recordó los hologramas educativos para la clase de biología. El sistema digestivo. ¿Cómo esas cosas rosadas y gruesas podían alargarse en líneas incoloras? No podía imaginar algo así.

-Buenísimo, hombre -dijo Wolfgang sacándose el deslizador de la espalda. Una calavera en llamas negras y rojas se veía en la superficie mientras la colocaba en el borde, listo a dejarse a caer-. Cuídala bien a esa cosa. Fijo que cualquier día de estos te la confiscan.

Era lo mismo que le había dicho la anciana en el ómnibus. Emma no pensaba hacer oídos sordos. Incluso si nunca aprendía a tocar una melodía agradable al oído, no iba a entregar el instrumento tontamente a manos desconocidas para jamás ser tocada por nadie en lo absoluto. Esa idea se le hacía insoportable.

En tanto su horario le permitía estarse conectado, Abel lo puso al tanto de las ventajas básicas del Estado Beta: podía crear la zona que quisiera con sólo seleccionarlo en el lobby de recepción, al cual podía volver sólo escribiéndolo en el aire el comande "regresar". Podía escogerse las habilidades (como el flotar suyo) que quisiera. Podía entrar en juegos de combate online o desafíos mentales solitarios. Podía ir a cualquier tienda que quisiera, donde su crédito, al convertirse en BetCoins, de hecho valía más que en el mundo real. Excepto si eras un hacker experto, claro está, porque entonces podía conseguirlo gratuitamente.

-Y esto -le dijo el albino virtual alargando la mano. Le pellizcó una mejilla y, aunque veía que lo hacía con fuerza, Emma lo sintió como un ligero tirón, casi agradable-. Sólo en los modelos más nuevos podés sentir dolor si quieres. No sé por qué. Está bueno para las parejas a distancia.

Una hora más tarde, habiéndose despedido de un bostezante Abel, Emma se dio cuenta de que habían sido de los últimos del grupo que quedaban. El sistema le recomendó en un recuadro a su derecha si le gustaría ser agregado a las listas de contactos de las personas que lo habían buscado con anterioridad. Tenía todo un universo de posibilidades para compartir con ellos. Escogió que se lo recordara más tarde.

Todavía había usuarios saltando y haciendo maniobras, pero esos ya no tenían relación con él. Se quedó mirándolos fanfarronear entre ellos hasta que sencillamente se aburrió de lo mismo y pensó en desconectarse de una vez. Estaba en la mitad de escribir el comando "regresar" cuando un ululato (un sonido totalmente nuevo para él) sonó a sus espaldas.

Al volverse encontró una especie de ave gris con ojos de villano animado que le alargaba un correo electrónico. Emma, incluso antes de presionar la X para abrirlo, se hacía una idea de quién podía habérselo enviado por ese medio en particular.

"¡Hola, Emma!

Lilium ha solicitado el placer de tu presencia. ¿Asistirás a él a su zona El castillo de Lord Byron?"

Abajo las clásicas casillas del sí y el no. De no haber sido por la fotografía que apareció al presionar sobre el seudónimo (confirmándole que estaba en lo correcto), Emma habría negado sin más. Todavía consideró rechazar la invitación después de haber visto el rostro tras el avatar, sin embargó, acabó encogiéndose de hombros. ¿Por qué no, realmente? En cuanto su mano recayó sobre su respuesta, un contador reemplazó el mensaje anterior y la frase "cierre los ojos mientras es transportado" apareció debajo. Él, intrigado, lo hizo.

Cuando volvió a ver, por un segundo se olvidó de respirar. Estaba en el borde de un bosque en plena noche, cerca de una montaña anteponiéndose a un círculo de blancura manchada por cráteres. Un castillo enorme, terrible, majestuoso se erguía claro por el puro contraste. Con una sensación súbita de marea, Emma se dijo que eso que veía titilar de vez en cuando eran estrellas. En frente de él se extendía un lago brillante y azul, no verde, con suaves ondas a punto de acariciarle los pies. Dio un paso atrás, casi espantado.


De pronto oyó un aleteo arriba y al elevar la cabeza vio descender a un joven pelirrojo, vestido con una simple camiseta y jeans negros. De su espalda, moviéndose grácilmente a medida que llegaba al suelo, surgían un par de alas largas y negras, brillantes. "Alas de cuervo", pensó Emma. El joven, de ojos celestes tan claros como los suyos verdes, sonrió con la mitad de su boca a modo de saludo. Coronándole, el nombre Lilium.

-¿Sos vos? -preguntó Emma, dubitativo.

No se esperaba verlo usando un avatar. Y menos uno que parecía apenas un poco mayor que él.

-Puedes preguntarme algo que sólo el verdadero Lilliand sabría si quieres comprobarlo -propuso, divertido.

A Emma no le hizo falta. Esa forma de hablar lo delataba donde fuera.

-¿Qué hacés acá?

-Pasar el tiempo, ¿qué más? -Lo vio de arriba abajo, llevando todavía la exacta misma ropa que la última vez que se vieron. Emma se percató de que quería comentar algo al respecto, pero en su lugar prefirió decir-. Esta es la zona que creé hace un tiempo. ¿Qué te parece?

Emma observó la luna imperfecta como nunca la había visto antes, porque la real vivía siendo consumida por las nubes de contaminación. Vio las estrellas infinitas y brillantes que ni siquiera salían ya en las películas de ambientación arcaica porque los cineastas temían crear falsas expectativas sobre algo que, después de todo, desconocían. Se giró a ver los árboles, llenos de marcas naturales en su corteza, imperfectos e imponentes en su pasiva existencia, fuera de los refugios naturales donde afuera se los encontraba. Dio unos pasos y se agachó para tocar el agua prístina, pura, que no le mojaba nada pero sí transmitía una vaga sensación de frialdad que era casi reconfortante.

Identificó, casi echándoselo a la cara, los minúsculos y millones de píxeles contenidos en una sola gota sobre su palma. La tierra bajo él, dura pero manejable en un puñado como el metal nunca podría serlo.

Todo falso. Únicamente disponible ahí, en el Estado Beta. Fuera de su realidad, fuera de su alcance.
El castillo era lo peor de todo. Era viejo y hermoso. Sublime y completamente extinto. La idea le dejó una sensación extraña, indeseable, en el pecho.

-No me gusta -dijo, casi ofendido, casi irritado, sin idea del por qué, dejando caer los terrones aplastados.

Estos regresaron a su lugar automáticamente.
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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Dom Abr 06, 2014 6:01 pm

hay candy claro que te perdonamos el habernos hecho esperar, en primer lugar porque te coprendo totalmente yen segundo porque nos recompensaste con estos dos maravillosos capitulos, quiero decirte que me extrañó mucho la escena del beso de abel y emma ya que prefiero a lilliand pero veo que esta es la primera vez que emma entra al estado beta y recuerdo una escena, entiendo que aparte, en la que emma y liliand selebran san valentín en un lugar similar... recuerdo una descripción del avatar de liliand por lo que me satisface pensar que la relación que avanza es la de liliand... ahora quiero señalar que has habierto muchas mas dudas de las que se tenian antes poniendo mas focos de atención en la historia sin responder NADA sobre las anteriores dudas... eres una malvada XD
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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Miér Abr 16, 2014 5:31 pm

Ah, Fenrir, siempre es un gusto recibir tus comentarios. Realmente la alientan a una a seguir trabajando Very Happy  Acerca de las parejas, sólo diré que ambas van a tener su espacio y tiempo a lo largo de la historia. De nuevo, gracias por pasarte y comentar.
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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Jue Abr 17, 2014 3:31 pm

u.u ya me dio la maña YO QUIERO A LILIAAAND¡¡¡¡ (ud hagalo a su manera que esa siempre será la correcta) me gusta mas liliand porque se parece un tanto a mi XD
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Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Rene el Sáb Abr 19, 2014 6:44 am

Eso es dice cosas maravillosas de un autor cuando logramos entrar en la piel de un personaje e identificarnos con el, felicidades y mis buenos deseos a ambos en sus proyectos.
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Capítulo 8

Mensaje  Candy Von Bitter el Sáb Mar 28, 2015 3:35 pm

Las Ranas de Tierra atacaron otra vez. Emma contempló los rostros indignados, desconcertados e indiferentes de la multitud. Una multitud indistinta, compuesta de gente yendo al centro para hacer su trabajo, yendo a realizar las compras de la mañana en el centro o extendiendo sus lectores de tarjetas para pedir, en voz patética, una pequeña ayudita. Aunque le buscara alguna diferencia esencial con la estación a la cual bajaba desde que se independizara, no la había, a excepción de los números en las entradas. Las mismas sonrisas en 3D presionando los centros de placer en su cerebro cuando eran percibidos, el mismo lienzo gris claro vacío donde, como por arte del copypaste, una caricatura de una niña construyendo un castillo con lo que parecían ser sólo sus manos. Y las mismas voces  preguntándose qué significaba eso y cómo pudieron eludir la seguridad.



Pero una vez pasada la impresión, había un horario que cumplir y asientos que ocupar. A lo largo de una fila de personas formada tras la línea de seguridad, una figura conseguía destacar con cierta facilidad. Era un hecho comúnmente aceptado que las ropas siempre atestiguaban una parte del ser de alguien. De ahí una de las estrategias publicitarias más usadas, "convencer al cliente de que sólo así podrá ser él mismo." En la temporada estaban de moda los colores chillones combinados con café para aquellos que eran serios en su trabajo pero todavía sabían disfrutar de la vida. Lo que la chica en cuestión utilizaba sólo había sido utilizado hace años durante la precipitación de ácido caída sobre Chile, como una pretendida forma de hermanarse con la desgracia ajena. El negro entonces era elegante, serio y propio de seres inteligentes que sabrían gastar bien su crédito para compartir simpatía mientras ellos continuaban con su vida ordinaria. Después hubo la inauguración de la primera ciudad flotante de América Latina, encima de los restos desechos de los desahuciados, y entonces el amarillo, símbolo universal de alegría indiscriminada, dominó la escena.

Una cosa era lo que la gente decidiera usar en sus fiestas privadas, por eso Emma no se había sorprendido ante la vestimenta del grupo de Abel. Pero en la mañana, rodeada de trajes brillantes y faldas masculinas de látex en verde chillón, las botas de negro reflejante, las hebillas de plástico plateado para simular metal y los guantes a cuadros blanco y negro sólo parecían fuera de lugar. Era como si sólo hubiera aparecido ahí, sin ninguna conexión real con el mundo.

Por otra parte, el corpiño relleno o el tratamiento hormonal que tantas jovencitas solían tomar no engañaba a nadie. Poseía la cara de una niña, todavía menor por los grandes ojos celeste con motas grises, no menor a los catorce o quince años. Los auriculares con calaveras sonrientes moradas titilaban al ritmo de un tema que sólo ella conocía. Era la única vestida así. La única con un tatuaje de mariposa asomando desde el cuello de su blusa y debajo de un collarín.

La que Lilliand le había indicado era la siguiente. El hombre estaba justo a su espalda y su respuesta a la mirada interrogante que fue inevitable dirigirle fue asentir con suavidad. Emma abrió los ojos en incredulidad viéndola de nuevo. Era una pendeja. Un pendeja con bastante crédito para vestirse con prendas completas y accesorios Anon. ¿Qué tenía ella que ver con el dueño de la laptop o un borracho? Pero Lilliand le señaló el reloj de la estación con un movimiento de cabeza. El transporte estaba a punto de llegar.

Antes de saber cómo, los dos ya se encontraban ahí, justo a su espalda. La mariposa tenía alas puntiagudas en rojo y negro. Si uno les ponía la bastante atención el tiempo suficiente comenzaba a moverse, como si el incesto estuviera a punto de iniciar un viaje por la piel morena de la chica. Ella no se enteraba de nada, abstraída, la cabeza baja y labios verdes brillantes formando una línea inexpresiva. ¿En serio estaba pasando?

Una última pregunta insegura sólo confirmó el hecho, ya bastante claro. El ligero zumbido de la corriente eléctrica siendo activada y atrayendo los vagones era su señal. Lilliand no hacía ningún movimiento, a diferencia de la gente que ya comenzaba a impacientarse y moverse. Suficientes empujones, pisotones y apretamientos había sufrido Emma para darse cuenta de que estaba en una posición peligrosa. De no ser por las pastillas estaría ahora a punto de perder la consciencia por los continuos golpes a ella. Pero las había consumido y su poder todavía mantenía sus sueños pacíficos.

Las luces blancas aparecieron por una esquina de sus ojos. ¿Quién era esa chica? ¿Por qué debía ser ella? ¿Y por qué estaba justo encima de la línea, sin siquiera fijarse en el metro como todos los demás, como si ni siquiera le importara que nunca llegara? Alguien le dio un codazo en la espalda al mismo tiempo que su pie resbalaba sobre la superficie de un calzado desconocido.

Vio un hombro en frente que podía sostenerle, la vio comenzar a balancearse hacia atrás y adelante con una potencia mínima, minúscula, como siguiendo al fin el ritmo de su propia canción. De nuevo le golpearon, esta vez con más fuerza en el omoplato, y él dobló el tobillo adelantando el brazo.

Fue nada más un pequeño empujón. Lo mismo que le había dado a todos los objetivos antes, nada diferente. Siempre había sido todo lo que hacía falta. En medio de la multitud que esperaba el inicio de su día laboral, nadie vio nada.     

 Podría haber sido cualquiera quien se tropezara.

Las cabezas giraron y unas voces se elevaron. La chica se dio la vuelta como si quisiera encontrar al dueño de aquella mano, pero cuando lo encontró no había reproche, no había tristeza. En un segundo infinito Emma se dio cuenta de que no había nada, apenas una leve sorpresa que no la afectaba demasiado. Entonces vino el transporte.

En medio del rojo salió un negro brillante, familiar.

Alguien le tomó del brazo y lo apartó del camino de las salpicaduras. Gritos de consternación y exclamaciones de incredulidad. Gente empujándose para ponerse al frente con las cámaras de sus Anon en alto. Lilliand continuó tirándolo hasta una zona libre en la que finalmente pudo volverse y contemplar la escena. Se sentía aturdido y en blanco, casi agradecido de que él no tuviera que ser quien decidiera moverse. La repentina voz femenina que salió por los altoparlantes le arrancó un respingo.

-Atención, por favor –dijo con una voz suave y tranquila, ideal para las emergencias-. Por favor, apártense de la línea de seguridad. Hemos llamado ahora a las autoridades y nos encargaremos del inconveniente a la menor brevedad. Los viajes deberán ser pospuestos hasta llegar a una resolución satisfactoria. Disculpen las molestias.

Inmediatamente después de que se cortara el sonido, las personas comenzaron a reclamar. No les hacía ninguna gracia ese atraso. Emma percibió un lejano alivio de no ser uno de ellos, al menos no esa mañana que él tenía libre. Libre para empujar gente a su muerte. Una repentina presión al fondo de su garganta y de pronto se encontró apenas llegando a un tacho de basura para la expulsión de su estómago. Se sostuvo con las dos manos, las piernas temblorosas, hasta que se dio cuenta de que quería seguir vomitando incluso si no tenía nada.

El horrible sabor de la bilis.

Un pañuelo de papel apareció en su periferia. Emma lo tomó de un manotazo y se limpió los labios, enderezándose con cuidado.

-¿Qué…? –dijo  pero tuvo que cerrar la boca, tragar restos e intentarlo de nuevo-. ¿Qué mierda ha sido eso?

-Un objetivo –respondió el rubio, como si le extrañara su duda.

-No, esto –dijo, señalando el techo de basura-. No he comido nada… Sólo la sopa de siempre y nunca me había caído mal.

-Es un reflejo culpable –explicó Lilliand, frotándole la espalda de arriba abajo. Emma no estaba seguro de qué buscaba con aquel contacto, pero de cierta forma lo tranquilizó y decidió no cuestionarlo de momento-. Es normal en situaciones así. Lo extraño sería que no la tuvieras.

-Pero si yo no he hecho nada –dijo Emma, pasándose el material de nuevo por los labios. Ni siquiera recordaba haber vomitado antes y ahora tenía miedo de repetirlo sin advertencia-. Vos me has dicho que eso era lo que ella quería, ¿no? Que llevaba meses deseándolo. Es ella la que se paró más allá de la línea, yo no la puse ahí.

-Así es.

-¿Entonces qué carajo?

El reclamo le salió un poco más alto de lo que pretendía. Una señora los observó unos segundos más de los necesarios antes de volverse a la multitud. ¿Qué vería la gente que de casualidad los pescaba juntos, a él con su ropa de calle y Lilliand con otro de sus trajes? ¿Creerían que eran una pareja? ¿Un tutor y su estudiante? ¿Compañeros en la venta de drogas? Lo último probablemente sería lo más cercano a lo que cualquiera de ellos podría llegar sin empezar a hacer un serio ejercicio de la imaginación. Por primera vez desde que empezaran a verse Emma pensó que lo que hacían no podía ser algo bueno. Antes razonaba que para bien o para mal, no eran ellos lo que acababan con las vidas sino la gente quien las tomaba en sus propias manos. Lo que las personas hacían con aquello que les pertenecía era asunto suyo. No de él.

Se dirigió a una máquina expendedora y compró una gaseosa. Necesitaba quitarse  el mal sabor. Desde afuera se oían las sirenas de una ambulancia. Vigilantes en sus trajes metálicos celestes bajaban por las escaleras y empezaron a pedir por orden. Dentro de poco iban a empezar a tomar nombres.

De pronto se dio cuenta.

-Las cámaras… -susurró, mirando las lentes que salían del techo en cada esquina.

El ángulo de la visión bien hubiera permitido ver el frente de los pasajeros.

-Están hackeadas–dijo Lilliand.

-¿Y vos cómo sabés?

-¿Cómo crees que consiguen hacer esos dibujos? –Lilliand señaló hacia la olvidada obra de las Ranas de Tierra que ahora sólo podía verse a través de las ventanas. Nadie les ponía ninguna atención ahora-. No sé exactamente qué va a encontrar la persona que mire esos videos, pero sí sé que no vuelven a estar funcionales hasta que ya se ha ido el primer transporte. Es por eso que han podido mantener el anonimato todo este tiempo. De haber cambiado esto ya lo habrían anunciado por todo lo alto en las noticias. De todos modos quizá sería conveniente evitarnos el interrogatorio y salir de aquí.

-Sí –Emma dio un largo trago que obligó a pasar con fuerza-. Sí, vamos.

Subieron las escaleras hacia el exterior. Una brisa de aire frío le recorrió el cuerpo y se abrazó a sí mismo.

-Lamento los inconvenientes –dijo Lilliand, extendiéndole su puño cerrado. Su paga por ese día. Para variar Emma notó que estaba de verdad incómodo. Ni siquiera se atrevía a verlo-. Entenderé si prefieres renunciar después de semejante experiencia. Quizá sería lo más acertado por hacer.

Un par de pastillas cayeron en su palma. Eran dos, aunque el objetivo sólo había sido uno. ¿Compensación por despido? Emma le tomó de la muñeca antes de que se alejara. No quería estar solo ahora.

-Che –dijo, soltándole un segundo más tarde-. ¿Quieres ir a desayunar? Ya he tirado lo que tenía. Estoy vacío de nuevo, así que podría ir por algo.

-¿Estás seguro de que eso quieres hacer?

Emma alzó la vista. No encontró nada especial en el rostro del rubio, sólo incertidumbre. Tampoco tenía idea de qué buscaba. Lilliand llevaba haciendo esto, fuera lo que fuera, durante mucho más tiempo que él. Se encogió de hombros.

-Podemos ir a mi casa y ordenar algo –sugirió-. Yo pago, ¿te parece?

Era la primera vez que alguna vez invitaba a otra persona a su departamento. Apenas atravesaron la puerta Emma fue más consciente que nunca de que tenía la costumbre de dejar la ropa en cualquier superficie donde cayera. Recogió unas medias, una ropa interior y una camiseta del sofá gesticulando hacia la pequeña mesa de su pequeña cocina/comedor.

-Sentate –dijo-. Ya voy a buscar a alguien en la guía.

-Con permiso –dijo Lilliand, sacándose su abrigo y poniéndolo en el respaldo de su asiento.

Emma quiso preguntarle a quién le decía eso o para qué si ya estaba adentro, pero decidió que daba lo mismo y tiró las prendas hechas una bola en el armario. Luego se encargaría de acomodarlas bien. Las sábanas estaban abiertas hasta el suelo. Recogió una punta y la dejó caer encima de la cama, para nada luciendo más ordenado pero debiendo ser suficiente de momento.

-Es un lindo lugar –dijo Lilliand cuando al fin lo tuvo de nuevo en frente.

Emma arqueó una ceja, extrañado.

-Es lo único que pude conseguir. Entre mi salario y lo que mi viejo pudo darme–Tecleó en una pantalla de la pared y empezó a buscar por sitios que se encargaran a dar desayuno a domicilio cerca de su área. Revisó los precios y encontró que eran obscenamente superiores a lo que tenía pensado-. Eh… ¿con un café basta, no?

-Puedes cargarlo a la cuenta del señor… -Lilliand sacó un puñado de tarjetas de su bolsillo y separó una platino, leyendo el nombre-. Perdón. Quise decir a cuenta de la señorita Millar. No habrá límites en el presupuesto. Es una generosa dama.

Le pasó la tarjeta y el joven la aceptó antes de echarse a reír. Atrás tenía escrito con marcador el número de activación.

-Serás hijo de… ¿Cómo mierda has hecho hasta ahora para seguir vivo? Deberían haberte encerrado hace años.

-Lo harían si pudieran recordar mi cara –comentó Lilliand con simpleza-. Temo que soy muy fácil de olvidar.

-Sí, cómo no. Y mi culo es de Marte, ¿ya viste? –Emma miró con duda la tarjeta y al final se encogió de hombros, escribiendo su orden (abundante, llena de facturas, sándwiches de miga y tortillas pequeñas) antes de sentarse frente al otro hombre-. ¿Estás seguro de que esto está bien? ¿No me van a llegar buscando por robo de identidad o algo así?

-Las tarjetas tienen un chip troyano. Cualquier registro hechas con ella desaparecerá a los tres minutos. En París son relativamente fáciles de conseguir.

-Vos tendrías que escribir un libro o algo así –dijo, no sin cierto sarcasmo-. Te harías rico en un segundo.

Lilliand tomó la tarjeta y volvió a guardársela junto a las otras. Tenía las uñas pintadas de un celeste claro.

-Eso probablemente crearía más problemas que beneficios a la larga.

-Para el que no lo siga bien, obvio –Emma se estiró y encendió el televisor con un gesto airado.

Eran las noticias y, tan veloces como ellas solas, ya estaban transmitiendo desde la estación para informar acerca del escandaloso suicidio. De pasada el reportero comentaba que ya eran casi una docena de personas muertas por voluntad propia en lo que iba de los dos últimos meses, pero no ahondaba con más palabras al respecto. Ellos dos miraron en silencio la entrevista con un señor que a lo que más acertaba a hacer era quejarse del contratiempo que eso significaba para su negocio antes de que pasaran a un joven que comentaba que eso se iba a volver viral dentro de nada.

-Decime algo –dijo Emma, recostándose en su mesa. Un dedo casi amenazador en dirección al rubio-. Y quiero que me digas la verdad. Pero la verdad en serio. No medias mierdas, no cosas que yo tengo que imaginar, no nada. La verdad verdad.

-Escucho –afirmó Lilliand, irguiéndose.

-Para bien o para mal –dijo Emma y tuvo que tomar otro trago para desatarse la garganta-. Para bien o para mal…. Esta no es sólo mi cagada, ¿verdad? Estamos los dos metidos en esto. Si la cago, la cagamos los dos, ¿no es así? Porque si no es así y me dices que en serio todo va por mi cuenta, no sé qué… no, olvida eso. No voy a poder seguir con esto. De ningún modo. Así que al menos decime que vos estás conmigo esto y yo veo cómo me las arreglo.

Lilliand se le quedó viendo antes de contestar suavemente.

-¿De qué serviría que te dijera eso?

Hizo sonar la lata contra la superficie. Algunas gotas aterrizaron en su mano.

-¡Serviría mucho, carajo! –exclamó, exasperado-. ¿Pero qué te pensás? Claro que serviría saber que no estoy solo en esto. Si voy a caer en esta mierda, no,  si ya ha caído en esta mierda, por lo menos me valdría saber que estoy acompañado.

-Podrías simplemente renunciar…

-¡No me digas lo que ya sé! –Emma arrancó un pañuelo de tela desgastada que expulsó la mesa desde el centro y se limpió con furia-. Un poquito tarde para eso, ¿no te parece? Ya he hecho todo lo que has querido, desde el principio lo he hecho y me ha importado una mierda lo que pasara después. ¿De qué me serviría a mí mandarte ahora a tomar por culo? ¿Para qué? ¿Para pretender que nunca hice esas cosas o que no las haría de nuevo si tuviera que volver a como estaba antes? –Se levantó y arrojó el pañuelo en el lavamanos. Pretendía hacerlo con energía pero el movimiento salió débil, derrotado. La mirada hueca de la chica relampagueó frente a sus ojos-. Ya no puedo hacer eso. Por lo menos decime que algo de esto vale la pena.

-Lo vale.

-¿Por qué? –dijo Emma, volviéndose-. ¿Por qué tenés que hacer esto? ¿Y por qué me tenías que incluir a mí? ¿Yo qué te he hecho?

-No es algo que tú hayas hecho –Lilliand se giró en su asiento-. Es más bien algo que tú puedes hacer y algo que yo espero conseguir de esto. No puedo conseguirlo de ninguna otra manera y tampoco puedo hacerlo sin ti.

-Me tenés podrido con tus adivinanzas…

Un sonido de campanas llenó el aire. A Emma le tomó escuchar cuatro tonadas antes de caer en cuenta de que ese era el tono de su timbre. Recordaba haberlo seleccionado de una variedad cuando consiguió el lugar pero nunca desde entonces había vuelto a escucharlo. Abrió la puerta, metió la tarjeta en la ranura del pecho del androide y, una vez validada, recibió de sus manos metálicas una caja plástica con su orden.

-Que tenga un buen día, señora Millar.

Emma cerró la puerta sin responder. Lilliand ya había abierto la caja y estaba acomodando los platos con los distintos alimentos en torno a la mesa. La taza de café turco para sí mismo y un licuado de tutti frutti para Emma fueron colocados frente a los respectivos asientos. Emma tuvo que admitir que era agradable que fuera otro el que dispusiera la comida. Una vez vacía la caja, Lilliand la dejó en el suelo contra el refrigerador.

-Creo que pedí más de la cuenta –confesó el joven, viendo que todo apenas entraba.

-Mejor que sobra y no que no baste –respondió Lilliand con filosofía-. Lo que no acabemos entre los dos podrás guardarlo para ti mismo.

Destapó el café y el aroma cálido complementó el de las facturas dulces. El estómago de Emma, maltratado y sólo lleno de gaseosa, se sintió estremecer con ansias. Se sentó y tomó un sorbo del licuado. El inesperado sabor dulce pareció burbujear dentro de su boca. Era la fiesta tropical que tanto había leído en publicidades antes, pero esta era de verdad.

-Me he ido a la matrix –suspiró, incapaz de pelear su deleite.

-No es la primera vez que lo oigo –dijo Lilliand-. ¿Qué significa eso?

-Que algo es tan bueno que no parece existir de verdad.

Lilliand sonrió como si algo le hiciera gracia.

-¿Y de por casualidad no sabrás de dónde viene semejante expresión?

-Andá a saber. Hasta mis abuelos lo decían así que debe tener su buena cantidad de años.

-Ya veo –Lilliand sonrió de nuevo, pero se dedicó al desayuno sin decir nada más.

Emma siguió su ejemplo. No tenía sentido desperdiciar la comida. Cuando se dio cuenta de que no podría seguir comiendo sin sentirse mal de nuevo, apartó un plato de sándwiches sin terminar de sí. Lilliand se limpió la boca con otra toalla de tela y se puso a limpiar la mesa, guardando lo que podía dentro de bolsas de plástico o dentro del refrigerador.

-Disculpa –dijo, extendiendo la mano.

Emma se echó hacia atrás en su asiento para permitirle tomar el plato.

-¿Te das cuenta de que esta es mi casa, no? –dijo sin ninguna intención de protestar realmente-. Nadie te manda hacer eso.

-Te hago pasar suficientes molestias como es –respondió Lilliand.

Los platos desechables fueron desechados.  Estiró la mano en dirección a su abrigo. Emma se puso en pie.

-¿Adónde te pensás que te vas? Vos y yo no hemos terminado.

-No, es cierto –El rubio suspiró y volvió a tomar asiento-. Tenía la esperanza de que prefirieras seguir ignorante y simplemente renunciar a todo.

-Pues qué lástima. Ya me has cagado la vida. Mínimo me podrías decir responder cuando te pregunto algo.

-Muy bien –El hombro cruzó las piernas y se inclinó hacia adelante-. ¿Qué quieres saber?

-¿Quién sos?

Lilliand inclinó la cabeza.

-Un hombre de negocios.

-Y una mierda. Te acepto que la plata la robes, te acepto que hayas viajado y por eso tengas esas cosas. Pero ni en pedo me puedo creer que en serio vayas a una oficina todos los días y hagas algún trabajo honesto.

De pronto Lilliand se echó a reír con aire despreocupado. Era la primera vez que lo oía y el sonido repentino lo asustó. Ahora que lo pensaba, ni siquiera él se había reído así desde que se mudara.

-De acuerdo, me atrapaste ahí. Pero a efectos prácticos y por lo que respecta al resto de las personas, eso soy. Es una imagen conveniente, inofensiva. Incluso en los barrios bajos un hombre de negocios puede hacer lo que sea. Basta tener el suficiente crédito y, como ya has visto, no tengo inconveniente al respecto. Debajo de eso, podrías decir que soy un vividor. No tengo trabajo ni hogar fijo. Adonde me lleve el viento voy.

-¿Y qué hay de la tarjeta?

-Parte del disfraz. Se las puede mandar a hacer para decir cualquier cosa que uno quiera, si se paga el precio correcto. Sólo el número es real, como ya sabes.

-Está bien –Se removió el asiento. Había querido llegar a ese punto, pero ahora que estaba en medio de esa situación todas las dudas parecían acumularse y no sabía bien cuál era más importante plantear antes. Se palpó el bolsillo del pantalón donde tenía las pastillas. Esos pequeños salvavidas-. ¿Qué son las pastillas? ¿De qué están hechas? ¿Qué efecto secundario tienen a largo plazo?

- Se las consigue en cualquier farmacia. Los estudiantes pueden conseguirlas en época de exámenes sin el permiso de sus padres. Reduce los niveles de estrés adormeciendo los centros responsables en el cerebro. Esa es la base pero –Levantó un dedo, como deteniéndole de formar ideas- el resto es una receta que he ido perfeccionando a lo largo de los años. Nadie más que yo la conoce. Tomadas con moderación no representan ningún peligro para la salud. No mentía sobre eso. Pero en exceso podrían causar desde parálisis hasta ataques de apoplejía.

-Ah, bueno. Entonces qué buena puta suerte que vos me las des a cuentagotas –Emma sabía a cuáles se refería. Recordaba que no le habían servido de nada durante su época escolar-. ¿Soy el único con el que tienes este… trato? No aquí, sino en general.

-Actualmente, sí. Prefiero mantenerlo así ya que es muy difícil coordinar a más de una persona a la vez.

-¿Coordinar o controlar?

Emma sostuvo la mirada que le lanzó el rubio. Lo hizo a sabiendas de que no podía encontrar dentro de sí la amargura o aire desafiante que le hubiera gustado expresar. Ya sólo le quedaba su curiosidad intacta para fortificarse.

-Cualquiera que prefieras–respondió Lilliand-, aunque no importa el nombre que le pongas, el resultado es el mismo.

Emma chasqueó la lengua, pero no lo discutió.

-¿Por qué yo?

Lilliand unió sus manos con parsimonia.

-Fue por algo que te vi hacer hace unos cuatro meses. Te vi esperando un colectivo en una parada del centro. Había un niño con su padre sentado en el banco al lado de ti. El niño estaba mudando los dientes y se veía notablemente incómodo, frotándose la mejilla cada tanto. Tú escuchabas música sin prestarle la menor atención, pero hacías una perfecta imitación tanto de sus movimientos como de sus gestos, sin siquiera darte cuenta. Confirmé mis sospechas cuando vi que dejabas de hacerlo ni bien esos dos se marcharon de la escena. Probablemente no lo recuerdas, pero entonces debiste pensar que tenías que ir al dentista.

Lo raro era que Emma lo recordaba. No sólo había pensado en que debía ir al dentista sino en que no tenía seguro y tendría que pedirle a papá ayuda. Había sido un verdadero alivio cuando el malestar desapareció. Al contrario de la sensación que tuvo al tener exacta confirmación de que Lilliand no había sido ligeramente grosero con él al poner su nombre o su cara en un buscador.

El tipo lo había seguido. Durante cuatro meses había sido espiado, seguido, observado, estudiado. Verse en el restaurante y luego en el metro no había sido ninguna coincidencia. Sólo Lilliand permitiéndole verlo por primera vez. No sabía qué sentía al respecto. O más bien, qué debía sentir con más fuerza. ¿Miedo, angustia? ¿Cuánto más poder ese tipo tenía sobre él? ¿Qué más había hecho sin que lo supiera? Estaba empezando a dudar de que siquiera le permitiera abandonarlo todo incluso si él quería.

Trató de mantenerse con calma. Él estaba en clara desventaja, incluso peor de lo que pensaba antes.

-Veo que la noticia te ha perturbado –dijo Lilliand-. No puedo culparte pero, por otro lado, era la única manera de estar seguro. Entenderás que no podía presentarme ante cualquier persona con una propuesta así y esperar buenos resultados. Siempre podía ser que tú sólo reaccionaras a tu propio dolor sin relación con tus alrededores. Pero la consistencia de tu migraña acabó por confirmarlo.

-¿Confirmar qué exactamente? –preguntó Emma, cruzándose los brazos-. Lo único que yo sé seguro que si no fuera por ellas ni en la puta vida te hacía caso, sabiendo lo que pedías.

Lilliand frunció el ceño, confundido.

-¿Quieres decir que no sabes qué las causa?

-¿Por qué? ¿Vos sí? Si es así, felicidades, porque vos serías el primero y el único–A su pesar, aunque quería mantenerse en guardia frente al rubio, Emma recordó lo que le hubiera encantado conocerlo antes. O al menos dar con su receta-. Me pasé la vida entre doctores, me han hecho mil pruebas y nadie me ha dicho una mierda. Nunca. Si tienes alguna idea estaría jodidamente eléctrico saberlo.

-Perdona, yo supuse… De acuerdo, supongo que puedo intentar explicártelo desde el inicio. Asumo que no estás familiarizado con algo llamado “niños índigo” o “niño cristal.”

Emma negó con la cabeza.

-Entonces eso hará la explicación mucho más simple y corta –Lilliand suspiró, como si ese hecho fuera una decepción particular-. Son gente capaz de conocer e incluso manipular las emociones más ocultas de los seres humanos. En todo el tiempo que he sabido de existencia de ellos jamás he podido determinar cómo o por qué nacen de esta forma, pero lo hacen. El dolor de cabeza es un síntoma de que vives en un ambiente donde las emociones propias y ajenas viven saltando y siendo mal manejadas. Estrés, desconfianza, miedo, angustia, preocupaciones, celos, dolor… toda la carga emocional  entra en ti y, como tú no tienes ningún control sobre lo que haces, las percibes a un nivel muy básico a la vez que eres incapaz de expulsarlos. Son como piedras que acabas absorbiendo cuando lo ideal sería que pasaran a través de ti sin afectarte. Las pastillas bloquean temporalmente este “poder”, a falta de una mujer palabra, haciéndote inmune a sus efectos. Creo que es correcto suponer que antes de saber de ellas habías estado teniendo alucinaciones menores, ¿no? Oías sonidos que no estaban ahí, puede que incluso sintieras sabores de cosas que jamás habías probado o que sintieras frío en un ambiente caluroso. Pero con las pastillas ahora no has vuelto a tener experiencias de ese tipo, ¿no es verdad?

La expresión de Emma reveló la respuesta que no atrevía a pronunciar. La súbita consciencia de qué era exactamente lo que le pasaba le había dejado incapaz de hablar.

-Espera –dijo, pensándolo mejor-. Esta cosa que decís vos ¿es de familia?

-Por lo general, sí. Por eso  supuse que tal vez uno de tus padres podría haberte dicho algo al respecto, incluso si ellos no sabían controlarlo.

-No… -Emma recordó a su madre y cómo había terminado. “Controlarlo”, decía Lilliand y entendía la razón. Esa cosa podía controlarlos a ellos-. No, nunca… Digo, algo me comentaron de cosas raras que hacía de pendejo pero… ¿Eso tiene nombre al menos?

-Empatía sería el más apropiado. Es lo que permite las interacciones sociales entre las personas, pero luego hay gente como tú que nace con una cantidad excesiva. Puede ser abrumador si no se maneja.

-¿Y vos?

-No –Lilliand dio una media sonrisa hueca-. Sólo he conocido gente así. No todos necesitaban la pastilla, pero la mayoría sí con tal de poder llevar una vida normal. A cambio les he pedido exactamente lo mismo que a ti.

-¿Y si ellos no querían? ¿Si ellos se negaban después de la primera?

-Ha habido pocos casos –Lilliand se encogió de hombros- y en todos ellos el contacto se perdía inmediatamente después. No había razón para mantenerlo. Habría hecho lo mismo contigo.

-¿Y después de la segunda?

Emma se forzó a erguirse mientras el rubio le arqueaba la ceja.

-¿Temes que hayas habido alguna acción por mi parte contra ellos? –cuestionó, divertido-. Eso entraría más dentro de los parámetros de un jefe mafioso, ¿no lo crees? No tengo ningún deseo ni el poder para actuar de ese modo. Sería absolutamente ridículo.

Ese tono le irritó.

-¿Cómo querés que yo sepa si sos o no uno?

-¿Qué beneficio económico, asumiendo que la mafia se mueve por dinero, podría tener hacer lo que hacemos?

-¡Y yo qué sé! ¿Qué bien sacás ahora de esto? ¿Para qué carajo te sirve a vos?

Lilliand no respondió de inmediato y durante ese momento Emma consideró estuvo a punto de mandarle a la soberanísima mierda, chica muerta o no. Estaba harto de los misterios y si el pelotudo aquel pretendía insistir en ellos, entonces no habría caso que darle.

-Lo necesito –dijo Lilliand tras un suspiro-. Sólo así podré tener una información muy importante acerca de quién soy. Aunque, a decir verdad, ha pasado tanto tiempo que ya no sé si creo en esa promesa. Esto ya es lo único que me queda por hacer con mi vida.

Lo sinceramente patético de semejante admisión le golpeó con fuerza. Lo desarmó en un segundo. La peor parte, sin duda, fue que no pudo obligarse a creer que era un truco para darle lástima y manipularle.

-Preguntaste si estamos en esto juntos –siguió con voz suave-. Ahí tienes tu respuesta. Necesito tanto de ti como tú de mí. Ninguno de los dos está en esto solo.

Emma miró su heladera.

-Hijo de puta –masculló y se frotó el rostro, el cansancio haciéndose presente-. ¿Tenías que decirlo justo así, no? Todo meloso.

-Es la verdad –dijo Lilliand, moviendo los hombros como para recomponerse-. Eres libre de creerla o no.

-Ya sé –dijo Emma y sabía que era cierto.

Para bien o para mal, Lilliand no le había forzado a hacer todas aquellas. Las había hecho como un perro virtual cualquiera al que se le prometía un regalo por un truco. Eso no era culpa del sujeto. Tampoco algo para estar orgulloso, si debía ser honesto.

-Bueno, viendo que ya tenemos eso aclarado –dijo Lilliand tomando su abrigo encima de su antebrazo- creo que no hay más motivo para que siga aquí. Te daré mi tarjeta con mi nuevo número y si dentro de tres días no recibo noticias de ti asumiré que preferiste…

-¿Te podés callar un rato con eso? Te he dicho que ya no podía volver atrás, ¿no? –Emma extendió la mano y tomó la del rubio entre las suyas. Era la parte de su cuerpo que tenía más cerca de él. No tenía mucha experiencia con el contacto físico más allá de los amistosos de Miguel, pero entendía que en esa ocasión sólo las palabras no alcanzaban-. Te podés quedar si querés. Preferiría que lo hicieras.

Lilliand observó, curioso, pero entrelazó los dedos casi con duda, como si él tampoco supiera más del asunto que él.

-Puedo hacerlo.

-Estoy eligiendo confiar en vos –le recordó Emma levantándose.

Caminó hacia el frente del rubio, quien se echó hizo más hacia el costado de su asiento, dándole espacio para sentarse. Le rodeó el cuello con los brazos y durante ese tiempo no podía dejar de sentir asombro por lo sencillo que era, porque Lilliand estaba ahí, era sólido y todo lo que tenía que hacer para llegar a él era dar un paso. Había estado cerca de otra gente antes, pero no había sido tan consciente de ese hecho como ahora lo era.

Las manos de Lilliand se acomodaron sobre sus muslos y se deslizaron hasta su cintura, afianzándose en su espalda, sosteniéndolo contra su cuerpo.

-Lo sé.

-Y vos me necesitas –continuó Emma, dándole un tentativo beso en los labios.

Recogió con la lengua un rastro de azúcar dejado por las facturas. Percibió el aroma del café saliendo de su boca. Lilliand cerró los ojos y lo dejó hacer, presionando suavemente de vuelta antes de que se alejara de nuevo para escuchar su respuesta.

-Sí.

-Estamos juntos en esto.

Emma le besó la mandíbula y bajó hasta el cuello, viendo que Lilliand le permitía el paso inclinando la cabeza. Olía su colonia y no tenía ni idea de qué era, pero le gustó. Cuando empezó a tirar de la corbata para desprenderla de él, el hombre la desató en unos pocos movimientos.

-Sí.

Emma sintió el pulso latir en el cuello bajo sus labios.

-Y vos no sos un androide.

Lilliand demoró un par de segundos en procesar esa afirmación.

-¿Acaso eso estaba puesto en duda?

-Más o menos –admitió Emma, sin poder evitar reírse. Le besó de lleno, probando la superficie de sus dientes blancos. Se rió de vuelta cuando sintió a la lengua del otro contra la suya-. Ya te dije que SOS raro, qué queréis que te diga.

-Buen punto –dijo Lilliand y de pronto se levantó, aferrándole por debajo.

Emma se sorprendió del súbito cambio de movimiento y se agarró a su vez al rubio.

-¡La puta! –exclamó, sorprendido. Sus piernas colgaban a los lados de la cadera del rubio y él las entrelazó por su cintura. Le sonrió-. Haberme avisado, boludo. Casi me da algo.

-Mi culpa –dijo Lilliand volviéndose a la mesa, pero antes de que pudiera dejarlo sentado en ella Emma lo dijo dónde estaba su cama.

Le depositó en el borde y Emma se acostó, desvistiéndose con la misma velocidad que el otro. Él sólo tenía una remera mientras que Lilliand todavía tenía la camisa y la camiseta, de modo que para el resto Emma se dedicó a ayudarle, conociendo el tacto del hombre y los caminos rectos sobre su estómago usando los dedos y la boca. Después los dos se ocuparon de la mitad inferior: Lilliand quitándose el cinturón de cuerna negro, Emma abriéndole el cierre. No fue hasta que vio la ropa interior abultada que se le ocurrió preguntar:

-¿Estás vacunado, no?

-¿Qué?

-Decime que estás vacunado –insistió Emma-. La mía yo me la hice a principios de año, así que todavía sirve.

-¿Hablas de las de prevención? –Lilliand se inclinó a besarlo, abriéndole el pantalón-. Estoy protegido, tranquilo.

Emma se lo devolvió, sosteniéndole la cabeza.

-¿De verdad?

-Lo juro –Lilliand tomó una de las manos que lo aprisionaban y le besó el dorso. El extraño gesto sorprendió a Emma-. Estás a salvo.

Emma quería creerle. Frente a la chica muerta y los otros que no había alcanzado a ver, deseaba con desesperación creerle.
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