Novela Romance
!!Bienvenida Romancera¡¡

si ere nueva "Registra te" si ya eres una de las nuestras "Conecta te"
Buscar
 
 

Resultados por:
 


Rechercher Búsqueda avanzada

Conectarse

Recuperar mi contraseña

Contacto
Contactar  con  la Administradora o sea se Susana

Cualquier tipo de consulta o duda:


novelaromance@hotmail.com

ayuda@novelaromance.com

 Enviar libros y recibir:


libros@novelaromance.com

 Información:

info@novelaromance.com





Libros

Últimos temas
» DOMINIO PROPIO
Lun Sep 25, 2017 10:56 am por sara123

» Me presento
Lun Jul 17, 2017 3:42 pm por QueenZephyrSunrise

» Hola,Romanceras...
Sáb Jul 08, 2017 8:20 am por anohelia521

» Bienvenidas a Novela Romance!!!!!!
Sáb Jul 08, 2017 7:59 am por anohelia521

» Secuestrada de Anna Zaire
Lun Jun 26, 2017 3:55 am por nefer

» no entrabas en mis planes Anna García
Dom Jun 18, 2017 11:39 pm por Maria23

» Sigo con la autora argentina Florencia Bonelli.
Miér Jun 14, 2017 10:37 pm por Maria23

» Al protagonista le dicen Dragòn
Dom Jun 11, 2017 9:45 pm por Maria23

» NUEVA INTEGRANTE
Dom Jun 11, 2017 7:03 pm por ayale

Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Foro
Novela Romance novelaromance.foro-blog.es Foro dedicado a las autoras de sagas y libros de mayor éxito de las novelas románticas.
Octubre 2017
LunMarMiérJueVieSábDom
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031     

Calendario Calendario

Palabras claves

BIANCA  asesinos  


Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Página 1 de 2. 1, 2  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Mar Sep 17, 2013 12:06 pm

Resumen: Emmanuel Mártiz ha vivido con jaquecas cada día de su vida desde el suicidio de su madre. De camino al trabajo conoce en el subterráneo a un extraño hombre que le ofrece unas pastillas especiales para acabar el dolor. La primera, que acepta creyendo que sería una especie de broma, es gratuita. Tras comprobar sus efectos milagrosos, Emmanuel vuelve a encontrar al hombre pero esta vez habrá un precio a pagar. Un precio quizá demasiado alto que acabará afectando más de una vida.

Este es mi primer intento de novela seria así que cualquier opinión al respecto será más que bien apreciada.

Capítulo 1
"Va a ser un conejo", pensó Emma parándose en la escalera eléctrica del subterráneo. No sabía por qué esa idea. Simplemente le parecía que hoy tocaría un conejo, aunque la verdad estaría contento con cualquier otro animal escogido. Con cualquier imagen. Incluso un simplón corazón falto de buenas proporciones, como ya sucedió una vez. Desde hacía una semana que no veía nada en la pared.


A esas horas de la mañana la luz ya era insoportable. Comparada con la opacidad verdosa de afuera, aquel blanco deslumbrante que se presentaba sin tregua era un golpe violento para los ojos en general. Inclinó la cabeza, ocultándose en la capucha reflectante de interior negro, y aun así percibió la insidiosa punzada entre los párpados entrecerrados. ¿Qué podía hacer sino apretar los dientes con una mueca? Lo mismo todos los días, pero especialmente irritante hoy. La noche anterior la jaqueca le impidió completar el sueño y este todavía estaba pegado a sus miembros, queriendo arrastrarlo por el suelo.

Los anuncios reaccionaron a su presencia. Las mujeres movieron sus caderas, extendieron brazos, exhibiendo nuevos pantalones o camisetas de colores chillones. Los hombres se agachaban, cual niños traviesos mirándote desde arriba, para sonreír mientras mostraban las perfectas zapatillas en promoción. Uno de esos sin nombre guiñaba el ojo ante cualquier cosa que activara su sensor de movimiento, haciendo un sutil giro de cintura que ponía en evidencia la redondez de sus nalgas cubiertas por una nueva marca. Las primeras veces a Emma le pareció coqueto, que incluso destilaba simpatía en el gesto, algo raro entre tanta mirada distante. Luego, tras días y días de pasar en frente, se convirtió en otro adorno de la pared. Ya no lo notaba ahí.

De todos modos sólo le interesaba ver una cosa.

Nadie sabía cómo se llamaban en realidad. En su única mención en los noticieros, validando su novedad, se los denominó Las Ranas de Tierra y así permaneció. El curioso mote tenía dos motivos claros: por un lado, porque ese fue el primer dibujo en aparecer en los subterráneos y, por el otro, porque la tierra era su instrumento de arte. En aquel reportaje se aseguraron en especular ampliamente acerca de la identidad de estos criminales que se atrevían a mencillar la pureza de cada estación subterránea. La falta de materiales tradicionales podría señalar gente de pocos recursos, cuyas cuentas bancarias carecían tanto del dinero para poder costeárselas como sus bolsillos del certificado para crear arte que sólo el Ministerio de Arte tenía autoridad de entregar. Pero la tierra, justamente la tierra limpiada y usada como lienzo sobre el que arreglar sus formas, les desconcertaba. Sólo viajando a países por desarrollar o aquellos pocos permitidos para mantener reservas naturales era posible encontrar semejante elemento. ¿De dónde la sacaba este grupo que trabajaba en un momento indeterminado de la noche y nadie parecía ver?

Lo peor, sin embargo, era la rana. La forma en que escogieron mostrarla. Simple, redonda, sentada sobre sus gordas ancas y la boca abierta para hacer contacto de lengua con una mosca que pasaba por el cielo, una afrenta directa y clara hacia el querido símbolo de Anonymous (Anon, para la mayoría). La forma caricaturesca con la que Anon se presentaba en ciertos programas infantiles y escuelas no dejaba lugar a dudas. A partir de ese primer evento, la seguridad en los subterráneos pretendió ser reforzada: guardias en cada entrada, bien erguidos en sus uniformes celestes pastel, cámaras conectadas directamente a la policía, códigos requeridos para entrar fuera de horario. Todo inútil, al parecer, porque unas semanas más tarde varios perros sonrientes de color marrón le dio los buenos días a Buenos Aires. Globo de diálogo incluido. Letras tan rectas que parecían haber sido tranquilamente trazadas con regla.

Las imágenes nunca duraban más allá de un hora desde que la gente comenzara a entrar. No podían ser fotografiadas sin que en las pantallas de todos salieran mensajes de error. Nadie que no estuviera ahí podía verlas como eran. A esas pequeñas rupturas de la rutina. Sus temas, naturalmente, no eran comunes en el arte oficial. ¿Perros? Demasiado caros para la gente común. ¿Ranas? Extintas desde hacía una década y vago recuerdo en las clases de biología. Lo que se conocía como "nostalgia improductiva." A Emma francamente le daba igual cómo llamarlo. Le gustaban por el simple placer de contemplar algo que, pese a todos los pronósticos, sin ser muy complejo, sino de hecho bastante simple, permanecía ahí.

Ese día no le tocó un conejo, animal que nunca había visto en persona pero sí en ilustraciones de ebooks. Desde el otro lado del espacio por el que entraría el transporte, en la pared donde no había publicidad alguna porque habría sobrecarga eléctrica, vio a un animal de cabeza y cuerpo triangular. Tenía dos puntos blancos por ojos, una línea en la punta inferior que dedujo sería la nariz y grandes círculos saliéndole de las superiores. Una versión muy simplificada de un ratón comiendo (si su memoria no quería fallarle) un pedazo de queso lleno de círculos. Sabía su nombre, lo había oído a uno de los cocineros de La Cacerola decirlo, pero no le salía. Los brazos (o patas) eran dos líneas gruesas con tres curvas sosteniéndolo.

Jamás los había visto representados de esa forma, en ninguna parte. La enorme criatura parecía haber sido sorprendida durante su almuerzo, desconcertada de que hubiera tantos ojos poniéndole atención. Percibía que la gente a su alrededor murmraba, pero ni siquiera se interesó por el tono o la intención de esos sonidos. Sólo necesitaba al ratón y la música pirata que salía de sus auriculares inalámbricos. El resto era puro ruido incoherente.

"I'm going to die. Maybe tomorrow or yesterday, already I do not know. Just yell at the city until someone listens..."

La guitarra virtual penetrándole a ritmo constante. Su cerebro palpitando al ritmo de su corazón. Todavía dolía, cualquier movimiento le hacía doler, pero al menos se entretenía mientras tanto. Ni siquiera sabía la traducción de la letra entera. Tampoco lo necesitaba. No podrían quitar el ratón hasta que el metro hiciera su recorrido completo.

Este llegó pasados unos momentos, silenciosamente, y las puertas en su costado se deslizaron. Emma ni siquiera se molestó en meterse en una carrera que no iba a ganar. Esperó a que la mayoría se los pasajeros se hubieran sentado antes de introducirse él mismo, evitando cuidadosamente chocar con otros. Agarró un asidero del techo con una mano y usó la otra para subir el volumen del Anon en su bolsillo. Los auriculares se iluminaron en rojo dos veces.


"Was a day of winter I will never forget. The flames reached the Babel Tower..."

En frente  de sí tenía la publicidad de Anon para una nueva aplicación, ya disponible en sus tiendas virtuales. El personaje de la mosca salía rebotando al final, cargando el cartel con la conocida frase: Todos somos Anonymous.

----

La Cacerola pertenecía a una rara especie en extinción; sin cadena a la que sumarse, sin un gigante que la cubriera con sus manos, era un pequeño restaurante familiar que aún se empeñaba en utilizar meseros de carne y hueso, dándole, como proclamaban orgullosos en su página de la web, "el tradicional toque humano." Eva Costal, la dueña, era consciente de la dura competencia ante la que se enfrentaba todos los días, por lo que escogía cuidadosamente a sus empleados rigiéndose en dos requitos imprescindibles: ser capaces de brindar un buen servicio y poseer un buen físico que haga desear a los clientes regresar. Pero no bonitos como se veía en el centro o los anuncios publicitarios digitales. Para eso ibas directo al centro y listo. Debían ser atractivos, como ese chico o chica a los que querías acercarte en la escuela pero no estabas segura de cómo. Que diera confianza, calma, que predispusiera al buen humor. Accesible.

El día que lo contrataron a Emma no había muchos candidatos. Era la última opción de todos o al menos de la mayoría. Uno de los pocos sitios donde aceptaban a aquellos sin titulo de ningún tipo. Al entrar a la oficima, al final de todo, Emma se sorprendió de que la mujer detrás del escritorio presentara un aspecto tan del centro. Se esperaba a un viejo arcaico, calvo, sin una pizca de colores brillantes. En su lugar había una mujer de edad indeterminada, cuidadosamente maquillada de acuerdo a las tendencias actuales (o a Emma le pareció, si ese mismo arreglo había visto por toda la televisión), cabello verde oscuro y traje de negocios con parches plateados en los bolsillos y hombros. Como nada de eso era suficiente, al levantar la vista le mostró un par de círculos plomizos sin pupila. Parecía absolutamente fuera de lugar en esa habitación de tan simple diseño, contenedora de nada más que lo esencial.

Ella no le ofreció ninguna silla. Lo mantuvo de pie mientras daba la vuelta entera para observarle en cada ángulo. Emma todavía no estaba seguro de cómo actuar cuando la mujer se detuvo y le pidió sin más que sonriera. La obedeció. "Con buena electricidad, che." Lo intentó de nuevo, relajando el rostro. "¿Te duele algo a vos?" La cabeza... a veces. "Tómate algo al llegar a casa." Emma no dijo nada.

Le hizo unas preguntas acerca de su disponibilidad (no tenía literalmente nada mejor que hacer) y luego le pidió su tarjeta de crédito para tener sus datos guardados. Tras pasarla por un lector de la computadora, leyó la información enviada a su Anon. La única reacción que tuvo al conocer su dirección fue advertirle que se iría si lo atrapaba drogado durante sus horas de trabajo. Fuera de él podía hacer lo que quisiera. Emma aclaró que no era adicto, ni siquiera bebía alcohol, pero no le pareció que ella se lo tomaba muy en serio. Finalmente le inquirió sobre sus ojos. Lo soltó así, simplemente: ¿y esos ojos?, con lo cual Emma no pudo menor que mirarla, confundido.
 
Ella le aclaró que se refería al color. Si usaba lentillas o era suyo. Hacía tiempo que no los encontraba de ese tono verde tan claro. No, eran así nomás, de parte de mamá.

Ah. Lindos.

Una semana más tarde llamaba para decirle que tenía el trabajo. A los diez minutos ya tenía su horario establecido en su Anon y de su cuenta había sido restado el precio del nuevo uniforme, mismo que le estaría listo al día siguiente basándose en sus datos de altura y peso. Una indiscutible sensación de alivio. Ya no tendría que depender sólo de papá.

El restaurante se hallaba justo en la esquina de dos calles. En la fachada había dos amplios ventanales, enmarcados por cortinas de pesadas telas rojas y detalles dorados. Adentro, ni las mesas ni las sillas estaban atornilladas al suelo como era costumbre, sino que se sostenían sobre gruesas patas de madera que el padre del anterior dueño se aseguró personalmente de que fueran talladas. Casi cien años tenían y seguían incomprensiblemente de pie. Las mayores modificaciones desde que el lugar fuera comprado por primera vez fueron los menús holográficos, nacidos de bases redondeadas de los cuales los clientes podían sacar los condimentos, y los anuncios publicitarios de Coca Cola detrás del bar que se actualizaban regularmente.

Al pasar en frente, de camino a la entrada para el personal, Emma notó que no había muchos clientes esa mañana. La cabeza le dio una nueva punzada al quitarse los auriculares y guardarlos en su mochila. Desde la Ley de Seguridad Laboral Asistida, todos los establecimientos debían tener registrado un lector de tarjetas de crédito para todo aquel que quisiera entrar o salir. Si el sistema no los reconocía un mensaje se le enviaría al dueño del edificio, a quien se le daría la opción de llamar a la policía con un toque o no. Emma no tuvo problemas al respecto.

Una vez en el pequeño vestuario, se cambió la ropa: camisa blanca, parte delantera de un traje negro que se sostenía cual collar, sin espalda o costados, cerrada por dos botones y un cinturón arriba del ombligo. Pantalones negros. Zapatos negros y brillantes. Sólo le quedaba la corbata de moño rojo. Unos brazos robóticos en la pared se encargaron de hacerle el nudo. En medio de ellos había un espejo. Se echó el cabello atrás, dejándolo caer a su voluntad. Estaba irritado, tenso, con sueño y dolor de cabeza insistente. Pero al menos podría disimular. Estaba listo.

Eran siete meseros en total: cuatro hombres y tres mujeres. Sólo tres personas se requerían durante la mañana ya que era el horario menos concurrido, y por ese día Emma era el único hombre. Encontró a una de sus compañeras apoyada contra la pared, observando el salón por la ventanilla en la puerta. Apenas Emma llegaba, conteniendo un pronto bostezo, esta salió para ir a atender un nuevo pedido. Una vez el cliente tenía su orden pensada tenía que presionar una opción en el menú, con lo cual un número en rojo se disparaba desde la parte superior. Emma observó cuatro clientes y dos siendo ya atendidos. Uno estaba comiendo y el último... que apenas lo vio pasó al rojo, se trataba de su cliente más habitual. Una vieja que vivía en el edificio de departamentos a una cuadra de ahí. Podía faltar en el almuerzo o en la cena, pero nunca el desayuno. Nunca faltaba para su desayuno.

Era una vieja más allá de cualquier método de rejuvenecimiento. Parecía de 60, lo cual indicaba por lo menos 80 años. Se decía que era escritora. Odiaba atenderla. Sobretodo en días así. No era que fuera molesta, exigente o tuviera una voz especialmente desagradable. Cerca de ella, el dolor se volvía insoportable. Como si a la pobre mujer la envolviera un tufo espantoso al cual su cerebro se negaba obstinadamente procesar. Había conocido personas que le causaran ese mismo efecto antes, aunque no tenía la menor idea del por qué. Pero si quería la paga de ese día... por cada cliente atendido el crédito se le aumentaría.

Apenas se acercó, supo que quería matarla a esa vieja. Agarrar una de las sillas y quizá dejarla inconsciente, probar si así el tsunami en su cabeza sería menos brusco. Exageró una sonrisa para enmascarar tales ideas y preguntó con excesiva delicadeza (o así le sonó) qué se le ofrecía. La señora se lo dijo, él lo memorizó como se lo habían enseñado, y salió a comunicar su orden a la cocina. Mientras esperaba frente a la ventanilla a que le dieran su plato, el Anon en su bolsillo vibró. Al desbloquear la pantalla el par de alas se extendieron automáticamente, ampliando la opción de llamada proveniente de La Jefa. Presionó aceptar.

El rostro de la señora Costal le miró con sus ojos dorados. El cabello verde había pasado de moda. Ahora se usaba morado. Estaba en su oficina en el piso superior y por el ángulo en que se la veía, debía estar hablándole desde la computadora.

-Emmanuel -La señora Costal nunca usaba diminutivos. Parecía considerarlo una falta de respeto-,  me acaba de decir Alejandro que no va a poder venir. ¿Querés hacerte cargo de su turno de la noche? Empieza a las 8 y termina a las 12. Si no, le pido a alguna de las chicas.

No le caería mal el dinero extra. Podría dormir la siesta y quizá se sintiera mejor para entonces.

-No, está bien. Puedo hacerlo si hace falta.

-Eléctrico -dijo la señora Costal y esbozó una sonrisa antes de que su rostro fuera reemplazado por su salvapantalla preprogramado, el símbolo del Anon 2.1.

El resto de la jornada transcurrió en calma. Hasta el mediodía, cuando el turno de la mañana acababa, pasaron media docene de clientes más que no le causaron tan duras jaquecas como la presunta escritora. En los descansos, mientras sus compañeras le daban rienda suelta a la lengua, él seguía oyendo música no oficial. Música que, si ellas preguntaban, debería nombrar como una de las tonadas cuyos videoclips se veían continuamente.

"I lost all the words to say the silliest things. I'm not smart. Who will understand me now?"

Aunque no entendiera casi nada, le pareció que el cantante lloraba por algo.
 
 ------

Regresó a casa bajo un cielo amarillento. La mayoría de los residente habrían salido a buscar cómo aumentar su crédito o estarían a punto de dormir la siesta. Tres pisos de cemento horadado por la lluvia ácida y más de una ventana rota. Nunca se habría imaginado llamando casa a un lugar así, pero fue lo único que consiguió con su crédito de entonces y aun ahora no tenía para nada más. El lector de tarjeta del edificio se había estropeado por la indeseable interferencia de un gancho desconocido, como varios otros en la cuadra, por lo que el dueño debió recurrir al arcaico método de las llaves y cerradura. Una llave por persona y si llegaban a perderla, se jodían.

Emma la tenía como colgante en su Anon, para hacer más difícil tal hecho. Entró solo al escensor y solitario encontró al pasillo hasta su puerta. El silencio era una rara bendición que apreció hondamente, sobretodo mientras realizaba el proceso de calentar una sopa sabor ternera para almorzar frente al televisor. No había nada interesante que ver pero no importaba. Puesto el tazón en el lavavajillas automático, se echó en la cama.

Un alivio. No dolía tanto ahora.

Despertó de golpe a las 7. Su Anon sabía que, si se apresuraba, no le costaría más de una hora llegar a su turno. Emma apagó la alarma y cerró los ojos. No quería levantarse. Quería quedarse acostado hasta el fin del mundo en ese dulce silencio. Pero no podía. Turno perdido era reducción en su crédito. Así que reunió una buena cantidad de agua helada en el lavamanos del baño y se la echó en el rostro. La ligera punzada en su nuca le arrancó una mueca, pero no había problema. No era tan grave como esa mañana y en cuanto se quitara los restos del sueño estaría mejor todavía. O al menos eso esperaba.

En la noche más gente buscaba comida con el encantador toque humano. Cinco camareros eran necesarios. Una de las mujeres era su compañera de esa mañana, aunque su saludo no fue más cariñoso por ese hecho. Con más entusiasmo le saludó Miguel, llegando a golpearle el hombro por atrás antes de recargarse sobre él.

-Eh, ¿cómo andás, loco?

Esa noche llevaba unos lentes rosados entre el cabello amarillo.

-Por ahí -contestó, deseando apartarlo de un empujón.

-Ni me digas, boludo. Yo vengo muerto de las clases en la Universidad -Miguel y Alejandro eran los únicos que estudiaban y trabajaban al mismo tiempo. Miguel estudiaba Cine-, y todavía tengo que leer no sé cuántas páginas para la clase de mañana. Te juro que es una joda, eso de hacernos estudiar hasta a los productores más famosos y por qué lo fueron. Si me hablás de los directores o actores, perfecto, pero fíjate si a mí me importa un carajo el productor. Al final voy a tener que tomar una pastilla para ponerme al día antes de dormir. Sino no sé cómo voy a hacer.

Esa clase de persona era Miguel. Por eso resultaba ser lo más cercano a un amigo que tenía en La Cacerola.

-Y sí, si no queda de otra -dijo Emma, deshaciéndose sutilmente de su mano. No quería alargar la conversación pero, ya que tampoco quería ser grosero, tuvo que preguntar-. ¿Qué tal la gente afuera?

-Todo tranqui, no mucha gente. Che, ¿vos no tenés de esas pastillas para espabilar? O de esas para estudiar más rápido. Cualquiera me sirve.

Apenas tenía para lo básico.

 -No, disculpá.

-Eléctrico -le tranquilizó Miguel.

Después de esa charla inicial, no había mucho más por hablar. Tranquilamente transcurrieron las horas, el cielo volviéndose de un morado nebuloso afuera, mientras los platos calientes entraban y salían. Faltando una hora para cerrar, la mayoría de los clientes pagaban para irse. Sin embargo, al volver de su descanso de diez minutos, Emma se sorprendió al encontrar a sus compañeros apretujados en la formación que usaban para cuchichear de los clientes que les llamaran la atención. La verdad, podían estar cuchicheando acerca de cualquier cosa, pero la forma en que miraban por la puerta permitía inferir el nuevo objetivo. 

-¿Qué pasa? -preguntó, acercándose.

-Mirá al último que ha llegado -le indicó Mort, el del cabello trenzado en la nuca.

El salón estaba prácticamente vacío. Lo rodeaba un aire moroso y relajado. Quedaban un viejo comiendo ravioles, una joven concentrada en su ebook al mismo tiempo que su pedazo de asado y un hombre rubio al que Miguel lo atendía en esos momentos. Este llevaba un traje de negocios negro azulado y corbata celeste.

-Ese viejo es remil arcaico -comentó una de las chicas, la misma de esa mañana. Emma no recordaba su nombre-. En el portafolio de al lado tiene un libro, lo he visto guardarlo. De papel, ¿te podés creer?
 
-Mentira, qué va a ser de papel -dijo el otro chico, de nombre igualmente olvidado-. Habrá sido un ebook con un estuche de libro.

-No, un libro, te digo.

-¿Por eso dicen que es arcaico? -inquirió Emma.

-Y sí, pero encima mírale el pelo. Nadie más que un arcaico se va a peinar así.

En eso Emma tuvo que darle la razón. El cabello era un rubio ceniza, ni platinado ni chillón. Partido al medio y cayendo sin tropiezos sobre los hombros, en forma de suaves ondas. Podía ser tanto natural como artificial aquel efecto, pero la gracia era que no se notaba a primera vista y sólo los anticuados procuraban cuidar esa impresión. 

-Sí, pero la cagó con los ojos -afirmó Matias.

Emma acababa de caer en cuenta de que eran rojos. Hacía años que no veía a nadie con ese tono, anque de todos modos le quedaba bien. Miguel asintió en cuanto el hombre acabó de hablar y regresó hacia ellos. Apenas traspasó la puerta, la chica le preguntó qué tal era.

-Bueno. ¿Yo qué sé? -dijo, de camino a la ventana a la cocina-. A mí me dio la impresión de que es extranjero, aunque vete a saber de dónde.

-Claro, eso ya tiene sentido -resumió Matias-. Viajó aquí y quiso ver la novedad. Nada más quedan tres lugares como este en Buenos Aires.


-Para variar la falta de automatización ha servido de algo -bufó la chica.

Finalmente Emma se acordó. Se llamaba Julia.

---

La medianoche podía ser la mejor o la peor hora para viajar en el subterráneo, dependiente del punto de vista personal. Para algunos hacerlo equivalía a arriesgarse a ser asaltado a la menor posibilidad. Para Emma, aparte de eso, quería decir algo más, algo que incluso suprimía lo primero: poca gente. La gente seguía trabajando o ya llevaban un tiempo dentro de sus casas, pero no estaban llenando los vagones. En la parte donde escogió sentarse, Emma vio a un par de adolescentes jugando con el senor movimiento de la pantalla publicitaria superior, haciendo a la mosca Anon volver atrás en medio de un rebote. Debían estar drogados con algo porque semejante actividad los mataba de risa. También podían ser unos simples imbéciles.

De cualquier modo, ellos le arruinaron la calma. El sonido de sus bocas, inconstante y fuerte, le perforaba las sienes en cada ocasión engendrándole el muy intenso deseo de mandar a los dos a la soberana mierda. Pero si estaban drogados, quizá anduvieran armados con navajas, quizá tenían armas aun sin estar drogados, y él no quería problemas. Por lo tanto tomó una profunda bocanada de aire y se masajeó los lóbulos de las orejas, sintiendo un nimio alivio en la coronilla. Llegar a casa, dormir, tal vez en medio de una milagrosa quietud hasta el turno de mañana. Aumentó el volumen hasta ahogar su alegría, pero aun así sabía que estaban ahí, como bichos detrás de la ventana.

Afortunadamente los chicos no le acompañaron todo el trayecto. Una estación anterior a la de su cuadra se bajaron con otros pasajeros. Emma se sintió el único pasajero abordo y esa sensación le gustó. Enterró la cabeza entre las piernas, decidido a contar hasta diez. La ansiedad le impulsaban a hacer cualquier cosa, cualquier cosa para reducir en algo la jaqueca. En esa posición se encontró más calmado.

Razón por la cual fue un absoluto espanto percibir una mano sobre su espalda. Durante una fracción de segundo temió que estuvieran por acuchillarlo. Se irguió, más rápido que si lo hubieran pateado, y observó, los párpados demasiado abiertos, a la persona a su lado. El mismo hombre arcaico del restaurante le sonreía amablemente. "Hijo de puta", pensó Emma, percibiendo la agitación en su pecho.

Al menos no tenía pinta de asaltante. Aunque eso no garantizaba nada hoy en día. El hombre rubio hizo un gesto de que se destapara los oídos, y Emma, no encontrándolo para nada simpático, lo hizo.

-Buenas noches -dijo el hombre y sólo con ese saludo Emma entendió por qué Miguel creía que era extranjero. No se trataba de un acento, sino la falta absoluta de alguno. Oyéndolo era imposible saber de dónde había salido. No esperó una respuesta-. Disculpe que lo perturbara, pero no he podido dejar de notar el gesto que hacía -E imitó el de masajearse los lóbulos.

 Emma percibió cierto calor en las mejillas porque lo hubieran visto, pero también un mayor desconcierto por lo mismo. ¿No acababa de subirse el tipo? ¿O había estado en el vagón todo el tiempo y recién se daba cuenta? Fuera un vagabundo cualquiera y se hacía el sordo hasta que se iba. No iba a funcionar con este.

-¿Y? -inquirió, huraño.

El otro no perdió el tiempo.  Notó sus guantes negros. El reflejo de la luz en ellos era demasiado opaco para ser látex.

-Pertenezco a una compañía farmacéutica que se especializa en la supresión del dolor -Sacó un marco digital de un bolsillo superior y se lo pasó. Emma lo tomó para darle el gusto. Mostraba un holograma 3D de un péndulo plateado como una gota y abajo, en letras rojas, dos líneas escritas: Lilliand Belzub y Compañía Farmecéutica Péndulo. La última palabra en elegante cursiva. Al final un número telefónico en verde-. Recientemente hemos desarrollado una serie de calmantes para casos de migrañas crónicas. En todos los pacientes que lo tomaron hemos tenido resultados positivos. Quizá le interese probar nuestro producto.

Emma casi se echó a reír. ¿Una pastilla? ¿Otra más? ¿Después de años gastando en medicinas que no le servían de nada? ¿De visitas molestas e interminables a doctores que le vivían repitiendo que no tenía, físicamente, ningún motivo para el menor malestar y gozaba de perfecta salud? Al final de su convivencia papá ya ni siquiera le creía. Pensaba que con sus quejas buscaba hacer drama.

Tenía sus días malos y buenos. A veces eran horribles. Pero siempre tenía sus días. Nunca le abandonaban.

-No, gracias -dijo, devolviéndole el marco-. Estoy bien.

-De acuerdo -respondió el rubio Lilliand, haciendo un gesto gentil para rechazar el marco-. Pero, por favor, acepte al menos esta muestra gratis. Libre de compromisos. Si no le sirve en lo absoluto nunca tendrá que verme de nuevo.

Si iba a La Cacerola de nuevo... pero estaba cansado y no tenía ganas de hablar. Parecía un tipo razonable o al menos no como uno desesperado por vender. Con decirle que sí a lo mejor lo dejaba en paz.

-Eléctrico. Si decís que no cuesta nada.

-No, completamente gratis -Abrió el portafolio de manera que no pudiera ver su contenido. Recordando la impresión de un libro en papel que había tenido Julia en el restaurante, Emma quiso estirar el cuello para vislumbrarlo pero, apenas movió el cuello, Lilliand volvió a cerrarlo. En la palma de su mano negra había un pequeño pastillero con una única figura blanca-. Puede tomarla en cualquier momento del día o la noche. Los resultados deberían ser inmediatos.

Casi se olvidaba de su deseo solitario para preguntarle si no habría efectos secundarios. Nada en esa escena tenía real sentido. ¿Qué hacía un tipo que presumiblemente podía comprarse un libro en el metro ofreciendo muestras gratis? Bien vestido, decente, rogando que lo asaltaron. Posiblemente visitaba una casa de drogas o iba de visita a una prostituta. O era un fraude para venderle algo peligroso. Podía ser cualquier cosa, nada necesariamente positivo.

Sin embargo, decidió tomarlo. No pensaba tragárselo.

-Espero que le sirva -dijo Lilliand momentos antes de que el vagón volviera a detenerse. Le dedicó una inclinación de cabeza antes de erguirse, una ligera curva de los labios. "Remil arcaico", recordó Emma y esta vez concordó. Al despedirse la señora Costal les frotaba el hombro de camino a la puerta. A menos que hablaran por Anons, en cuyo caso se limitaba al gesto facial. En ese sujeto la despedida tenía un aire demasiado solemne, de viejo-. Buena suerte.

-Ídem -respondió automáticamente Emma.

Se volvió en cuanto las puertas se cerraron, pero el otro ya se alejaba dándole la espalda. Frotó con el pulgar el pastillero.

-----

 La pareja de arriba discutía. Era imposible saber el tema o la validez de la discusión, sobretodo para tenerla a la madrugada, pero Emma podía percibir la vibración encima de su cabeza y dentro de ella. Tormentas brutales de arena con piedras que daban contra su cráneo. Daba continuas vueltas y vueltas en la cama, enredándose solo en las sábanas, incapaz de cerrar los sentidos lo suficiente para meterse en el sueño deseado. También por una discusión no había podido descansar ayer. Por varias discusiones muchas veces no lo conseguía en lo absoluto. No podía permitirse faltar a más turnos, necesitaba crédito. Y quería dormir. Mierda, más que nada sólo quería dormir. Olvidarse de la jaqueca un rato.

En la mesa de luz estaba el pastillero. Perfectamente reconocible al lado del Anon, cuyas alas extendidas le señalaban las 3:00 AM. Llevaba ya tres horas como un perfecto boludo. Agarró al pastillero y, mientras la lamparita se encendía por el movimiento, sacó su contenido: pequeña, blanca, sin marcas distinguibles. ¿De qué carajo le servía a nadie dar una droga a alguien que la usaría en su propia casa, no en su presencia? ¿Para qué alguien hacía eso? E incluso si lo drogaba, ¿qué era lo peor que podía hacer? Matarse haciendo una estupidez, obvio. Y por diversión de un enfermo mental, nada menos.

En cierto momento comenzaron a romper cosas. Vidrios, aparatos, platos, instrumentos de cocina. Su almohada estaba manchada por lágrimas inconscientes. ¿Por qué tenía que dolerle tanto? No era justo que le doliera. Él estaba bien. Él estaba bien y le dolía. Siempre dolía.

A la mierda. Tragó la pastilla de un golpe sin molestarse en buscar agua para pasársela. No hacía falta tampoco. Ningún sabor en su descenso.

En cuanto abandonó la sensación en su garganta fue como si realmente lo hubieran matado. Por un momento no fue nada, no sintió nada. Todavía escuchaba a la pareja pero era un ruido de fondo, en otro lado, ajeno. Practicamente era inexistente. No tuvo fuerzas ni para alegrarse o preguntarse cómo era posible, cuando todos le habían fallado. Se durmió casi al instante.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Capítulo 2

Mensaje  Candy Von Bitter el Mar Sep 17, 2013 10:36 pm

Antes de abrir los ojos, se dijo que era un sueño. No podía ser que en serio se hubiera librado de la jaqueca tan fácilmente. No en serio. Se lo había imaginado, caído del cansancio. Esperó unos diez segundos a la punzada, al terrible golpe de todos los días. Incluso contrajo las cejas como si debiera concentrarse para ello, como si fuera un leve olor en el aire cuyo origen debía conocer.



Pasaron casi dos minutos antes de que se diera cuenta de que, además de despierto, estaba completamente despejado. Extrañado, Emma se irguió y casi se mareó por lo ligereza percibida. Era tan... fácil. Demasiado sencillo. ¿Sus pies todavía tocaban el piso? Se los miró, oscuros y grandes contra la superficie grisácea, iguales a un par de botes abandonados. Estaba frío, el ambientador debía haberse descompuesto de nuevo. Y él ¿cómo era que no salía volando hasta el techo?

La alarma de Anon le arrancó un respingo. Las alas a sus costados entraban y salían, la pantalla parpadeaba, todo para llamarle la atención respecto al hecho de que seguía en casa, a pesar de que ya era hora de que fuera saliendo. Anon sabía que no podía darse el lujo de faltar cuando se le diera la gana, de modo que si Emma no lo cogía continuaría haciendo eso las próximas dos horas, cuando ya diera lo mismo qué decidiera hacer. Presionó el botón rojo en el centro de su cabeza redondeada y comenzó a prepararse. Recogió el pastillero del suelo. Por lo menos eso era real. No sólo eso; rebuscando en los bolsillos encontró el marco digital de presentación. Debajo del péndulo plateado, el número tenía el prefijo del centro. Decidió guardarse la imagen en su mochila, junto a los auriculares de repuesto, el cargador y la tarjeta de crédito.

Iba a ponerse los auriculares regulares cuando un pensamiento le asaltó: ¿y si la música atraía al martillo? La llevaba encima por esa razón, porque las vibraciones del sonido eran tan intensas que llegaba un punto en que lo aturdía respecto al dolor. Lo adormecía en cierta forma. Pero ahora esa ligera ayuda no le era necesaria. No, al final lo mejor sería prescindir por ese día.

Emma salió al pasillo y miró al techo. La pareja peleadora seguiría dormida. Caminarían sin miedo a encontrar los pedazos rotos que él oyó anoche, porque ambos, sonido y fragmento, sólo estaban en su cabeza torturada. Así se manifestaba la mala electricidad a su alrededor. Esa fue la única cosa que nunca se animó a contar a los médicos o sus padres. Se negó a preguntarse si habría sido anoche la última vez que le pasara. No podía saberlo hasta entonces y si resultaba estar equivocado al final sería sólo una real mierda. Putrefacta, hedionda y pesada mierda. Más fácil era esperar a la noche. Y quizá, quizá disfrutar el día.

"La primera vez sería", consideró y le sorprendió la súbita amargura detrás de esa idea, por lo que la desechó. Si iba por esa línea otros hilos iban a clavársele por distintos sitios, crearían una enredadera apretada y se electrocutaría a la fuerza. Tenía que dejar de pensar, aunque aún no entendía cómo era posible que le hubiera abandonado tan fiel equipaje. Tenía que ir a trabajar.

A la entrada del edificio vio a un chico, apróximadamente de su edad, marchándose. La breve visión de su rostro enflanquecido y el tambaleo inseguro de sus pasos le hizo saber de inmediato que era un adicto a las drogas virtuales. Se los reconocía con una facilidad obscena: todos parecían convalecientes acostumbrándose nuevamente a usar las piernas, lo que, para la mayoría, probablemente fuera el caso. Sólo podía haber salido de la tercera puerta a la izquierda, la perteneciente a la señorita Ángela Gavilar. Por el día las memorias llenas de sonidos para alterar el sistema nervioso de los oyentes y por las noches comerciante de su propio cuerpo. Atractiva a pesar de la incomprensible cicatriz blanca en su cuello y el ojo falso de intenso morado, que siempre miraba con un toque sombrío de burla. Agradeció no verla, pues cada vez que se encontraban ella invariablemente le ofrecía alguno de sus servicios y él se veía en la obligación de declinar.

Coger, como cualquier actividad física, le aumentaba la jaqueca hasta las mismas náuseas y su única experiencia con drogas fue tan espantosa que debería estar loco para volver a intentarlo. Recordándola, no podía sino preguntarse cómo era posible que todavía gente sin dolores de cabeza fueran capaces de jugar de esa manera con ella. Una cosa tan frágil... parecido a sonarse los mocos y andar toqueteando pantallas para jugar. Al final la imagen quedaba tan cubierta por las marcas de los dedos que no se entendía lo que estaba abajo.

No sintió la necesidad de escuchar música durante todo el camino al trabajo. Podía oír cualquier cosa externa, pero no le importaba escuchar quejas matutinas sobre cualquier cosa. La curiosa sordera de la que era presa, la falta de un algo tan difícil de ignorar en su presencia, era lo suficientemente llamativo para causar el mismo efecto de aislamiento. Las personas ya no eran focos de incomodidad y potencial dolor. Sólo eran olor rancio, calor corporal vivo, espacio ocupado, roce de ropas. Sus voces no le llegaban, ya no más. Estaba sordo a ellos. Era un mero espectador al que nadie ponía especial atención. Invisible.

En cuanto esa palabra empezó a cuajar lentamente en su interior una extraña sensación de alegría le cosquilleó en la comisura de los labios. Los cubrió con una mano, dejando crecer el gesto y reprimiendo una risa traviesa. Ahora podía mover la cabeza adonde quisiera. Levantarla si quería. Ver encima de los rostros, la mayoría inclinados para evitar el contacto visual o centradas en sus pantallas Anon por el mismo motivo. Ese había sido él, mil veces él, cuando erguir el cuello de golpe molestaba y fácil resultaba odiar al mundo entero.

Pero por ese día no. Se negó a inclinarse, a apartar la mirada del frente mientras duraba el movimiento del metro. Prácticamente un jugador de basket comparado con el resto.

Casi resultaba una lástima que el bienestar propio no sirviera como una excusa para faltar al trabajo. Habiendo tantas cosas que preferiría hacer en esa mañana clarísima y serena, atender mesas de madera arcaica y oler comida real que él no podía conseguir por su cuenta no eran de una de ellas. Aunque en sí no estaba seguro de lo que haría de disponer de tiempo libre, le emocionaba la perspectiva de su nueva libertad sensorial.

En el vestuario de La Cacerola encontró una cabellera amarillo chillón inclinada en uno de los bancos. No era el único ocupante, pero sí la única mirada en fijarse en él. Su otro compañero, uno cuyo nombre de todos modos no iba a saber, siguió acomodándose la corbata de moño frente al espejo. La mano de Miguel se estiró para chocar la suya y las dos juntas causaron un único aplauso en el aire.

-Hola. ¿Qué tal?

Al verlo una parte de Emma se había congelado de súbito. Le respondió el saludo percibiendo una cortina de cemento de acción rápida entre ellos.

-Nada, ahí ando. ¿Y vos?

-Ya harto, loco -Miguel acabó con sus zapatos y se erguió, buscando su collar/camisa-. Hago el turno de mañana porque ya a la tarde no voy a dar más. Tengo que estudiar, tengo que leer, tengo que escribir. Y la semana que viene, prueba. No sabés lo que te envidio a veces porque no tenés que aguantar esa mierda.

Emma apenas le oía, como siempre. La falta de atención no era algo que afectara al ánimo conversador de Miguel y eso estaba bien. Funcionaba perfecto para ambos. Cómodo, simple, natural. Miguel sólo quería un espectador que no mostrara tan abiertamente la incomodidad por su constante necesidad de contacto físico y Emma, a veces, tenía que hablar para combatir su propio aburrimiento. Por esa vez, acabó impulsándole la curiosidad mientras guardaba su mochila.

-Che -dijo, sacando la tarjeta electrónica-, ¿te suena este sitio?

Miguel acabó de acomodarse la camiseta blanca antes de tomarla. Se quedó viendo el logo de la compañía unos instantes antes de que su labio inferior saliera para adelante, revelando el tierno color rosado.

-No, para nada -Se la devolvió-. ¿Qué es, una casa de I-vicio?

-No, ya veo. Un tipo me la dio ayer y tenía curiosidad.

-¿Qué tipo?

-El rubio arcaico de ayer. El que la chica esa decía que tenía un libro. El de los lentes de rojo.

-Ah, ese, ya me acordé. Pues no sé, boludo. Déjame verla de nuevo -Miguel volvió a tomar el marco de sus manos y se puso a verla, apoyándose en el banco donde Emma se sentaba. Sus dedos, todos ellos cubiertos de anillos de plástico brillantes, estaban muy cerca de rozarle la pierna y, aunque Emma fue perfectamente consciente de ello, no le perturbó como en otras ocasiones. Podría haber sido un poste-. No, ni puta idea, pero tiene que ser algo del centro. Copate con la calidad de esta imagen. No cualquiera se las hace así fácilmente, ¿eh? Duran hasta dos o tres años por lo que sé, por eso no hace falta cargarlas. Está muy linda, muy bien hecha.

Se lo regresó nuevamente, dejándolo acabar de cambiarse. No le hizo más preguntas al respecto y Emma se lo agradeció, dividiéndose entre el alivio y la decepción. Miguel vivía mucho más cerca del centro y habría sido de esperar que hubiera oído algo al respecto, pero ese no era el caso. Quizá eran nuevos en la ciudad.

El asunto dejó de importarle a lo largo de la mañana. El trabajo se le hizo sencillo y metódico sin tener que recordarse constantemente a mantener una apariencia relajada. Podía simplemente ir, pedir las órdenes y regresar con ellas sin cargar con más exigencias que una sonrisa de vez en cuando. Le salieron muchas naturalmente ese día. Incluso Miguel llegó a notar su cambio de ánimo y le felicitó por la "conexión" que debió haberse pegado anoche para andar tan contento. No recordaba si la expresión era para referirse a una juerga de drogas u otra cosa, de modo que Emma respondió al comentario encogiéndose de hombros con una expresión de humilde satisfacción. Hasta donde le había hablado a Miguel, sus jaquecas se daban ocasionalmente y de muy mala manera. No podía entender lo diferente que le resultaba el mundo un día sin ellas.

Cerca del mediodía, Emma salió al callejón. Arriba el cielo verde parecía sonreírle como un montón de mantas abrigadoras. Respiró profundamente al aire pesado, sintiéndose completo. Seleccionó un tema de música legal, suave y movida a la vez, en tanto su espalda le hacía soporte sobre una pared. El balcón que daba a la oficina de Eva Costal estaba abierto y ella misma ya se encontraba de pie ahí, fumando del cigarillo electrónico. Cada vez que la mujer acercaba la larga y elegante boquilla negra a su boca, aspirando, una luz azul se prendía en la punta. Cuando ella expulsó el humo blancuzco, Emma percibió una ligera esencia a manzanas. No sabría que a eso era lo que olía si Miguel no se lo hubiera explicado un día. Las frutas de verdad, que antes se sostenían en la mano y se mordían y hacían escurrir jugo de su interior, eran un lujo para la mayoría de la gente. Pero de todos modos siempre olían bien.

Ella también lo vio a la segunda aspirada y pareció sorprendida de notar su presencia. Sus cejas, finas líneas de verde, se elevaron brevemente mientras sus fosas nasales se expandían, los labios dorados apenas abiertos para dejar escapar nuevas nubes de manzanas.

"Yo quiero volar, volar, con la mosca más grande y dejar esta vida beligerante", cantó un hombre o una computadora de voz acariciante en sus oídos. Le pareció ofensivamente alto el volumen hasta que logró bajarlo a un nivel aceptable. Aquel otro servía para aturdir a cualquiera. Él no quería ser aturdido, quería escuchar. Hecho lo cual, Emma saludó primero con el mentón, mismo gesto que luego imitó su jefa.

-¿Todo bien? -preguntó.

-Perfecto, señora. Nada más ando en mi descanso.

-Yo también. Igual ya estamos cerca del cierre.

Luz celeste. Nube. Era una escena agradable, en verdad. Perdiéndose en melodías tiernas y oliendo el vicio ajeno, Emma recostó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos. No necesitaba nada más del mundo.

Para la hora del cierre, después de haber recogido todos los platos, de ver aumentadas sus cuentas de crédito, la batería de su Anon estaba en cero. La "sala de recarga" era una habitación circular arriba del restaurante donde la mayoría de los empleados podían ir a tomar una bebida, sacar barras alimenticias de un expendedor en la pared o, como él pretendía, simplemente esperar a que se cargara su dispositivo. Le introdujo el chip de recarga por la abertura arriba de la cabeza y el cargador transmisor a un tomacorriente. Él tomó asiento en un sofá individual blanco. La pantalla en frente de sí se había encendido a su entrada, y no se molestó en apagarla. Transmitía una novela nueva acerca de un coleccionador de ebooks novedosos enamorándose de un hombre modelo del centro, al mismo tiempo que veía de reojo a la hermana, también modelo. Era la historia del momento porque actuaba en ella una estrella, una que incluso logró trabajar en el exterior, pero Emma apenas sabía esto vagamente. Ahora la encontró moderadamente entretenida, lo que era mucho decir, gracias a sus breves momentos de comedia.

El programador iba a entregarle un archivo precioso al modelo cuando la puerta deslizante zumbó y Miguel entró en el lugar.

-Eh, boludo -saludó, yendo a las máquinas. Una camiseta azul marino y pantalones cubiertos por mil hilos habían reemplazado a su uniforme. Miró la pantalla un segundo y sus blancos dientes asomaron-. No me digas que seguís esa porquería. Mi vieja está piola por el tipo ese.

-No hay nada más que ver. Ando esperando a que se cargue el Anon.

-Mejor. Esa cosa no hay quien lo aguante -Debajo de la máquina, sobre la bandeja plateada, apareció una larga barra de nutrición sabor carne. Deshizo el envoltorio metalizado de una brusca mordida y se puso a comer el contenido arrojándose en el sofá más largo-. Por poco se salva por Lemazo y un cacho la producción. De resto es sólo para viejas calentonas.

Emma no se le ocurrió nada que agregar a la conversación, y al cabo de unos segundos careció de importancia.

-Che, sabés que le pregunté a Luis sobre la tarjeta esa que me mostraste.

Tardó un par de segundos en caer en cuenta de que Luis había sido su otro compañero de la mañana. De pronto estaba poniendo atención.

-¿Qué te ha dicho?

-Que le sonaba de algo -Miguel masticaba con la boca abierta. Aun así, sus ojos de azul claro era una de las cosas que más llamaba la atención-. Me ha dicho que a lo mejor es una de esas compañías que participaron de la plaga bacteriológica ahí, en Inglaterra, pero vete a saber. Hoy en día decís farmacia y cualquiera se imagina a un conspirador asesino, que toma pendejos de la calle y los convierten en ratas. También he visto por Internet un momento que andaba aburrido y nada.

Emma había hecho lo mismo. Lo más próximo que pudo hallar fue una compañía reparadora de pantallas táctiles. De paso buscó el nombre del sujeto, sin ningún resultado positivo.

-Será una cosa nueva -dedujo Miguel, rematando la barra. Todavía no le preguntaba por las circunstancias en que obtuvo la tarjeta o por qué alguien que podía permitírsela de esa calidad la gastaba en una persona tan alejada del centro. Emma tampoco sabía si se lo hubiera dicho en ese caso.

Los siguientes dos días los consideraría los mejores que ha tenido en años. Igual que si finalmente llegaran las vacaciones, se vio en la posibilidad de llevar a cabo todas las actividades que no podía anteriormente. Apenas regresó a casa al final del segundo día, Emma confeccionó una lista, dejando un cuadrado al lado para cuando pudiera cumplirlo. No creía que pudiera hacerla completo, pero el sólo saber que sería capaz de seguirla le daba la suficiente satisfacción. Acostado en su cama, escribió.

-Asistir a un concierto.
-Aprender a tocar un instrumento (virtual o no)
-Ir al cine por una película de acción.
-Aprender inglés.
-¿Sacar un título?
-Salir más de casa, divertirme afuera.
-Viajar fuera del país.
-Ver una reserva natural.
-Conseguir videojuegos y jugarlos.
-¿Tener una mascota virtual?
-Leer muchos ebooks.
-¿Probar una manzana?
-Ponerme al día con las series y seguir aunque sea una.

Verla le hizo reír al caer en cuenta de lo poco que hacía antes. Vivía exactamente como un prisionero, temeroso de que el más bursco movimiento emitiera la señal fastidiosa. Hablar demasiado le daba jaqueca. Concentrarse demasiado le daba jaqueca. Agitarse le daba jaqueca. Su última visita al cine fue igual de placentera que meterse en un juego de un parque de diversiones después de comer. Apenas si llegó al baño  con el justo tiempo para no tener que vomitarse encima. A veces ni siquiera era el dolor lo que le detenía como el miedo a que el dolor volviera, le hincara los colmillos y no lo dejara ir en toda la noche. Ante eso se paralizaba y lo único que deseaba era quedarse lo más quieto posible, a lo mejor en la cama, envuelto en sábanas, a esperar que el mundo se callara. En su lugar disfrutaba de largas noches de sueño ininterrumpido, profundo e inocuo. Ni siquiera el frío invernal que Anon pronosticaba para los siguientes días era motivo de desánimo, aunque siguieran sin ser de alegría.

No esperaba que ese estado le durara para siempre. En el fondo todavía permanecía la inquietud por el retorno, enterrado por un obligado sentido de optimismo y buenos deseos para el futuro. Parecía una medida mucho más provechosa que estarse imaginando ya aquejado antes de tiempo. Sin embargo, el tercer día, cuando la más ligera de las punzadas acompañó a la alarma para despertarse, Emma quiso destruir su almohada y la cama entera. Había sido tan poco tiempo, tan poco... al final no había conseguido hacer nada más que reservar la entrada al cine. No podía terminarse así, de un golpe, sin haber disfrutado realmente de su libertad.

Afortunadamente no podía darse el lujo de dar vueltas a semejantes ideas. Bajó al subterráneo sintiéndose desorientado y nervioso. En el vagón lleno de pasajeros, Emma volvió a recurrir a los auriculares para controlarse a sí mismo. Música, letras, instrumentos que otra gente sí aprendió a tocar. Un osito de peluche que abrazar mientras se convencía que lo salvaría de todos los monstruos.

Alguien lo empujó súbitamente, grosero, sin siquiera disculparse, y en cuanto él percibió el impulso de devolver el empujón con el triple de fuerza lo supo: los monstruos estaban regresando. El resto de la mañana lo pasó en un estado de vigilia extraña, concentrado sólo en su tarea. Afortunadamente no había casi ningún cliente y Miguel había agarrado otro turno, pero esos eran magros consuelos. Tenía que salir del restaurante. Tenía que llamar a Péndulo y hacer una cita, pedirles otra pastilla. Se arreglaría para pagarles de alguna manera, quizá ofreciéndose como conejillo de indias. El inhibidor aquel era nuevo, ¿no? Él podría certificar los resultados para ellos.

Al final de su turno, Emma corrió a agarrar la tarjeta y, sin tan siquiera desvestirse, en un rincón al lado de los vestidores, tecleó el número en la pantalla del Anon y lo llenó de su aliento mientras se lo acercaba al rostro. Escuchó el tono una o dos veces antes de que una voz electrónica de mujer surgiera diciendo "... el número al que intenta contactar no se halla registrado..." Antes de que ella le sugiriera revisarlo o le diera una lista de sugerencias por aproximación, Emma colgó y repitió el proceso, viendo por lo menos tres veces cada número antes de pasar al siguiente. Al final, lo leyó otra vez. Y otra. Era correcto.

"El número al que intenta contactar..."

Golpeó la puerta del vestidor con el dorso de su mano. No podían hacerle eso. ¿Era una broma al fin y al cabo? ¿Un traficante cualquiera de ropa elegante? Ni siquiera le importaba que fuera eso al final. Ilegal o no, la estúpida cosa había funcionado. Lo imperdonable era que no le hubieran dejado mantener el contacto. Lo habían abandonado.

La primera gran jaqueca que tuvo y recuerda fue cuando tenía 8 años. Acababa de llegar a casa de la escuela, terminada antes de tiempo por ese día. El padre de uno de sus compañeros lo dejó en frente, ya que en casa nadie respondía el teléfono y en el trabajo de su papá decían que este había salido a hacer un encargo. Quería ver a mamá preparar el almuerzo (imaginándose una rica sopa sabor pizza) y hablarle de la felicitación que el profesor le dio en su tarea bien hecha.

Recientemente habían pasado del candado a la identificación por huellas dactilares, por lo que necesitaba más que apoyar su mano en el panel para entrar. Llamó por mamá en la sala, pero no le respondió. Mamá era una asistente de programación muy buena que trabajaba a la tarde, de modo que, a menos que fuera una emergencia, debía estar en casa por la mañana. E incluso si hubiera una emergencia, no se habría ido sin dejarle un mensaje a su Anon de pulsera. Mientras dejaba la laptop escolar en su armario usual cerca de la puerta, Emma revisó una vez más sólo para asegurarse. Puro spam.

Quizá mamá había salido apurada al mercado.

Él no quería encontrarla. Sólo se le ocurrió jugar con la mosca de juguete voladora que le dieron en su último cumpleaños, y recordó que se la había dejado en la habitación de sus padres. De modo que entró, buscando la forma circular. La cama no estaba vacía y ordenada, sino ocupada.

Mamá debió haber llegado cansada, eso era todo. Por eso no había oído al teléfono a su lado o el aviso que daba la casa cada vez que alguien entraba. Parecía que estaba teniendo un sueño buenísimo porque no reaccionó ni siquiera cuando Emma se inclinó a dejarle un beso en la mejilla. Le encantaba hacerlo a veces y ver a su mamá sonreír suavemente, incluso con los ojos cerrados. Le hacía sentir un buen chico. Pero esta vez no hubo sonrisa y, encima, mamá se veía diferente de antes. No tenía idea de dónde estaba la diferencia pero se concentraba en ella. Cerca del brillo del reloj de alarma digital había un frasco de pastillas transparente. Él lo recordaba ahí porque cuando quiso ver la hora los números estaban alargados y muy delgados, como los gusanos que se retorcían en las películas de ambientación antigua.

Por más que la llamó o agitó mamá no reaccionaba. Él seguía insistiendo, sin darse cuenta de que su voz se elevaba o que eso que le cerraba el pecho era miedo. No tenía por qué saberlo si nunca antes lo había experimentado. Llegó a creer que mamá estaba enojada por no haber ordenado sus cosas, así que comenzó a pedirle perdón, a suplicarle que le mirara, que no hiciera eso, por favor. En ese estado fue que papá lo encontró, ya casi gritando, echando mo

cos y su esposa destapada. Llevaba un camisón de colores pastel, rosa y beige, que, aparte de por la manga que Emma agarraba, no se movía en lo absoluto. Tuvo que arrancar al niño de ahí, pero para lo único que sirvió fue para comprobar más de cerca lo que sabía desde la puerta.

De niño mamá decía que era especial. Relataba anécdotas de él acercándose a pequeños en el parque que lloraban y, nada más poniéndoles una mano encima, conseguía que se calmaran. Bebés gimoteantes apaciguados con una simple caricia. Incluso una vez fue un vagabundo en una esquina. Él los encontraba como si desprendieran un aroma particular que sólo su nariz fuera capaz de captar, y no quería irse a ningún lado hasta que hubiera terminado el trabajo. Mamá estaba muy feliz de comentar que lo mismo hacían ella y su padre en sus respectivas infancias. Papá quería recordarle que cualquier día de esos le iba a dar un infarto si giraba un segundo y resultaba que el niño se había ido a estar con borrachos.

Emma en verdad no lo recuerda. Quizá una imagen aislada, la memoria de cierta escena imprecisa, pero nada como un video mental que lo demostrara, ni siquiera ante sí mismo, poniendo en práctica esa especialidad. Podrían haberle dicho que esa fue la vida de su vecino y no tendría una sola razón para dudarlo.

Del funeral, en cambio, tenía una nítida representación a todo color. Él, minúsculo entre tanto adulto de ropas oscuras. Papá sentado en un altar donde se yergue la hurna plateada. Hay comida, bebidas y charla, pero él no puede entender nada. Quería escapar, aunque no sabía adónde o para qué. Sólo quería estar solor. Le ponían nervioso en cada pausa, en cada segundo de silencio que inevitablemente acababa colgando en el aire como un escupitajo desde el techo.

Tenía que mantenerse en el otro lado de la habitación adrede. Tenía que alejarse de la hurna y papá porque los dos le hacían doler la cabeza. Mamá solía hacer una mueca repetina y decía que era eso, una jaqueca. Hasta entonces él nunca había experimentado ninguna. En cuanto la noche cae y los dos se quedaron solos (la hurna llevada adonde van todas las hurnas), Emma no consiguió descansar. Le dejaron faltar a clase los primeros días pero luego tuvo que vestirse el uniforme y asistir. Sus compañeros y profesores le demostraron sus simpatías. Él hubiera deseado que lo dejaran en paz con un buen calmante. Ese primer regreso sus amigos de entonces llegaron a pedirle uno al profesor, que al final preferió excusarlo para que fuera a la enfermería.

A partir de ahí, de estar acostado en una camilla esperando que una pastilla celeste le hiciera efecto, empezó su camino cuesta abajo. Al principio si él no quería jugar, correr, saltar o participar de las conversaciones era perfectamente entendible. Se decía qué lástima y a lo mejor para la próxima. Luego empezó a ser aburrido preguntarle siquiera, dejaron de tomarse esa molestia. Emma trató de pretender por un tiempo. Para lo único que le sirvió fue para saber que sólo empeoraba las cosas para él.

Al crecer, perdió el contacto con sus amigos. Fue un proceso e inevitable que, en el fondo, no le importó demasiado contemplar. No tenía ganas o fuerzas para cambiarlo. En lugar de socializar estaba en su cuarto, oyendo los resultados de descargas ilegales que todo el mundo conocía y manejaba en la escuela. O pidiéndole a papá más calmantes. O saliendo con él a citas con doctores a hacerse tomografías, para ver qué problema tenía.

Debe ser estrés.

Debe estarse mucho tiempo conectado.

Quizá un problema de la vista. Pupilas dilatadas, letras sobre una pantalla de pared. Visión perfecta.

Mala alimentación. Pruebas de sangre. Nutricionista. Una dieta a base de barras especiales, nada baratas, por cierto, antes de darse cuenta de que el problema no estaba ahí.

Leía demasiado.

Los doctores tenían ideas, tenían palabras largas y términos acordes a su profesión. Le dieron pastillas. Le vacunaron. Le internaron dos días para ver si se producían cambios durante su estado de sueño. La habitación blanca tenía televisor, computadora, una biblioteca. Debía actuar como era lo corriente en su día a día. Escuchó música legal, odiosamente lenta y aburrida hasta que las luces se apagaban y se obligaba a dormir. Resultados inconcluyentes.

Costaba dinero, claro. Papá, un técnico en máquinas de construcción, le pedía dinero prestado a sus hermanos, pero al final hubo que vender el auto volador que tenían. Empezaron a depender del trasnporte público para moverse, aunque este también era caro y lo más razonable era usar las piernas tanto como se pudiera. Una semana antes de terminar el colegio con las notas mínimamente aceptables, papá le dijo que ya no podía más.

-No doy más abasto. Perdóname, pero la plata no da para eso. Ya estamos en las últimas. El problema ese que tenés vos vas a tener aguantártelo porque, lo que es yo, no tengo de dónde más sacar a menos que vendamos la casa.

Emma se lo veía venir desde hacía tiempo. No sabía por qué no lo había sugerido él mismo antes, como había pensado más de una vez. Pero aun así no esperaba recibirla así, teniendo que tragarla tan rápidamente como la sopa saborizada. Apenas le entregaron el diploma en el marco digital usual, buscó un lugar adonde vivir. Incluso intentó tomar clase de secretariado pero no había caso. Estar encerrado en un aula llena de gente y una caminando de un lado para el otro, hablando, tratando de enseñarle con diapositivas a las que apenas podía mirar sin sentirse enfermo. Morderse las ganas de mandar a la mierda a cualquiera que abriera la boca, profesor incluido. Mirar con odio apenas disimilado. Odiar hasta el punto de querer levantarse de la silla y hacer estallar todo por los aires. Ya le pasaba en secundaria. Por alguna razón ahí era peor, más sólido. Un día se dio cuenta de que si no renunciaba acabaría haciendo una estupidez. O si no lo hacía, por lo menos el deseo lo volvería loco. Sólo en La Cacerola se había encontrado relativamente a salvo.

En el metro de regreso, Emma miró su lista. Ninguna casilla marcada. Tres días para mantener espacios huecos. Subió el volumen de la música y apoyó la frente contra un poste. A veces el frío aliviaba. Ahora sólo sintió frío, pero no se movió.

Lentamente, estación a estación, los pasajeros fueron abandonando el vagón. Una vieja vagabunda dormía en un rincón. Dos hombres cubiertos de tatuajes fueron los últimos en bajarse. Con ellos subió un hombre trajeado. Emma se irguió en el asiento.

El hijo de puta sonreía indolente.

-Buenas noches -dijo Lilliand, sentándose. No cabía duda: los mismo ojos rojos, la misma corbata celeste. Incluso el mismo portafolio sobre las rodillas-. ¿Le ha servido de algo nuestro producto?

Ni siquiera quiso pensar en cómo sabía que lo había usado. Era una cuestión sin importancia frente a otras más grandes.

-¿Qué era esa cosa? -preguntó Emma.

El hijo de puta continuaba sonriente.

-Un inhibidor especial.

-No me jodas -dijo, pasándose la mano por el rostro-. No estoy jugando, boludo. He probado de todo en estos años, de todo, y resulta que vos venís con la puta pastilla esa y se me pasa de una. ¿Qué carajo era?

-Te lo dije. Un inhibidor.

Quería agarrarlo y sacudirlo hasta que la pastilla saliera saltando de un bolsillo. Él también considero que se trataba de una droga parecida a la anestecia pero, si lo era, no funcionaba en general. Varios pellizcos se lo confirmaron. Una risa nerviosa se le escapó.

-Eléctrico. Un inhibidor. Ni siquiera voy a preguntar de qué mierda está hecho. Seguro que ni legal es. Bonita tarjeta electrónica, por cierto, muy profesional. Lástima que baste una llamada al número para joder la fachada.

-Somos bastante nuevos, me temo -El hijo de puta puso cara de lamentarlo realmente-. No me di cuenta de que le estaba dando un número viejo hasta que fue demasiado tarde. Hemos tenido muchos problemas en el traslado, la comunicación entre ellos.

A Emma le daba igual. En verdad le importaba un pimiento. Y esa idea casi le asustó.

-¿Cuánto me va a costar una nueva? -soltó.

-No buscamos dinero, puede tranquilizarse al respecto.

-¿Entonces qué? -preguntó, viéndolo de nuevo-. ¿Qué quieren? ¿Que les haga de conejillo?

-No, no haría falta. Estamos seguros de la efectividad del inhibidor. Lo que requiríamos de usted sería un favor de otra naturaleza. Le aseguro que esto no le comprometerá de ningún modo.

Una nueva punzada en su cabeza le dio la respuesta.

-A ver, escucho.

------

Había una zona todavía más apartada del centro que el barrio donde vivía. Ahí ya no llegaba ningún metro e incluso los taxis no se atrevían a entrar más que en cierto punto. Los casos de conductores alcanzados en medio de un tiroteo o desaparecidos eran demasiados para disuadir a muchos. Los taxistas atendían la llamada, oían la dirección y antes de colgar aclaraban que ellos no querían tener nada que ver.

Todo contra lo que la policía peleaba al ojo público se concentraba en la zona y sin ninguna sutileza. Ya desde la esquina saludaba a los transeúntes el holograma de una mujer inclinándose sobre tacones altos. Ella parecía reírse cada vez que volvía a erguirse, como si hubiera estado esperando la llegada de Emma. Pasando debajo de sus piernas abiertas veías al resto de la zona. No había mucha gente deambulando fuera de los edificios desgastados. A la poca que sí evitó mirarla tapándose con la capucha. Por un costado observó los otros anuncios, no menos explícitos que el de la entrada. Encima de una tienda de juguetes sexuales tanto hombre como mujer parecían más que dispuesto a dar una demostración gráfica de cómo usar unos electrodos transmisores que iban justo en los genitales. Ella estaba desnuda de la cintura para arriba y apenas la cubría una tanga. Lo mismo para él. Emma apartó la vista antes de que querer ver cómo se usaba el juguete.

Según el tipo aquel, lo único que tenía que hacer era acercarse a alguien con una corbata estrellada y decirle "ella lo sabe." Le había dado su nombre, edad, pero en realidad Emma sólo había puesto atención a la mención de semejante prenda. Imaginaba, y por lo que apreciaba había tenido razón, en que no todo el mundo andaba por ahí con corbatas. Llamaría demasiado la atención y demasiado fácilmente alguien podía decidir que seguro guardaba dinero para la mano más firme. El sujeto tenía que ser muy bruto o muy novato en esos asuntos. Incluso Emma, en su primera vez ahí, lo sabía.

Casas de vicio mayor (drogas físicas, esas que se tocan y se usaban como si fueran medicinas), casas de prostitución de ambos sexos, cines porno sensibles, licorerías. Esperaba no tener que entrar en ningún sitio para entregar el mensaje. Desde que bajara del metro la migraña había empeorado y en ese mismo lugar parecía un grito constante de una garganta incansable. Su cabeza chillaba por otra pastilla.

Afortunadamente no tuvo que avanzar mucho antes de verlo. Las estrellas. Sobre una camisa blanca fuera de unos pantalones negros. Colores de viejo arcaico. Cara de viejo arcaico y borracho. Caminaba tambaleante justo adonde él se hallaba. Emma se detuvo. No conseguía abrir la boca para formar las palabras. La consciencia de cuán anormal era esa situación para él le estaba haciendo dudar de qué tan razonable era seguirle la corriente al tipo de Péndulo. ¿Y si de alguna manera soltaba una contraseña que desataba el desastre esperado? ¿Y si lo habían enviado para acusarlo después con las autoridades?

Pero no... la policía no pasaba por ahí. Los sobornaban para mantenerlos lejos. Además, aunque lo vieran, no podían acusarlo de nada si estaba sobrio y limpio, si no ofrecía su crédito a cambio de un servicio. Caminar por un sitio no estaba contra la ley y, sin embargo, no podía quitarse la inquietud de encima. Como si alguien ya lo estuviera observando, viendo que no rompía las normas.

El borracho acabó golpeándole el hombro. Ni siquiera se había dado cuenta de cuánto se acercaba. Estaba huesudo y un hueso duro fue lo que sintió contra el suyo, pero eso no le llamó la atención tanto como el efecto causado. Por un segundo, su cabeza volvió a sentirse ligera y tranquila. La diferencia fue pasmosa. Le recordó a su primera mañana tras tomar la pastilla.

-Ella lo sabe -murmuró primero, la lengua perezosa. Volteó a ver la nuca despeinada del tipejo y repitió más alto-. Ella lo sabe.

El sujeto paró su bamboleo un instante. Emma comenzó a dudar de que lo hubiera oído en lo absoluto, y a la vez no se animaba a decirlo una tercera vez. Un rascarse la cabeza fue todo lo que hizo. Nada más sucedió. El borracho siguió el camino debajo de las piernas femeninas digitalizadas sin girarse.

Para llamar a un taxi Emma tuvo que llegar hasta dos calles más adelante. 60 pesos menos de crédito por recorrer las restantes diez cuadras. En frente del departamento encontró al hombre rubio recostado contra la pared. Emma tuvo un escalofrío al abandonar el vehículo volador. El hijo de puta se veía diferente. Satisfecho.

"Si no llega a realizarlo, esta será la última vez que nos veamos."

Ese era el trato.

-Espere, señor -dijo el rubio dirigiéndose al conductor-. Necesito que me lleve a partir de aquí.

-Suba, suba. Me estoy congelando las pelotas aquí. Cerrá la puerta, pibe.

-En un momento -El nombre rubio volvió a erguirse y sacó otro pastillero de su bolsillo. La dejó en su mano abierta-. Gracias, Emmanuel. Te agradezco la valiosa ayuda.

El que supiera su nombre sin habérselo preguntado le dejó indiferente: cualquiera podía tomar una foto con el Anon y obtener una identificación instánea a través de las redes sociales, aunque él mismo no estuviera inscripto en alguna. Se lo consideraba una grosería menor. Lo que le descolocó fue el uso súbito, personal, del "te agradezco" en lugar del "se te agradece." Como si ahora tuvieran más relación entre ellos que el potencial cliente y representante de la compañía. No le gustó esa sensación. Era invasiva, impuesta, como los saludos amistosos de Miguel. Vio deslizarse lejos de sí al vehículo, aliviado. Por esa noche todo había terminado.

Ahí en su cama tuvo un extraño sueño. Las pesadillas eran corrientes, sobretodo cuando el tambor sonaba duro en sus sienes durante el día, pero no se trataba de una pesadilla. Una imagen desconocida que incluía plumas negras se perdía en el cielo morado. Sería lo único que le quedaría a la mañana siguiente.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  MEG el Mar Sep 17, 2013 10:43 pm

madre mía como se me está acumulando esto.... gracias por compartir Candy... irá después del Pumpkin. También está completo?

MEG
No hay quien me pare !¡Vivo Aqui!¡

Femenino Mensajes : 4381
Fecha de inscripción : 14/08/2011

http://detrasdelabanico.foroactivo.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Mar Sep 17, 2013 11:05 pm

¿Esto? No, es una novela en proceso. Todavía debo continuar el tercer capítulo.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Miér Sep 18, 2013 7:34 pm

ufff si que he demorado en terminar, es bastante denso pero eso es muy bueno, me gusta la idea es original, me gusta que todo este ambientado en un escenario futurista pero en un lugar geográfico real, hay mucho que nos queda por aprender, me gustaría saber como es que funciona a cavalidad el sistema en general y también cual es la razón real de las jaquecas de Emmanuel pues me nació la duda en cuanto leí que su madre también las tenia... esta todo muy bueno, gracias por ponerlo aquí y espero tener mas entregas tuyas Very Happy
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Miér Sep 18, 2013 8:02 pm

Sí, nunca la pensé como una lectura ligera. Debo decir que eres el primer lector que se da cuenta de que hay algo curioso respecto a las jaquecas de Emma XD Según mis notas (en las cuales esta novela ya tiene 16 capítulos y nada más), eso pasará mucho más adelante. Espero que siga manteniéndose interesante hasta entonces.

¿Pero a qué sistema te refieres?
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Heidy78 el Jue Sep 19, 2013 2:47 am

Llevo el primero capitulo y ahorita voy por el segundo.. Me tiene enganchada pero siento que es de las historias que tengo que leer despacito para que mi mente logre capturar la esencia de las cosas.....
avatar
Heidy78
No hay quien me pare !¡Vivo Aqui!¡

Femenino Mensajes : 5416
Fecha de inscripción : 30/01/2012
Edad : 39
Localización : Guatemala
Empleo /Ocio : Finanzas
Humor : Depende... Pero casi siempre super feliz!!!

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Jue Sep 19, 2013 3:43 am

Me temo que esa era justamente una de mis intenciones, Heidy. Ese son el tipo de historias que a mí me encantan y poder causar el mismo efecto, bueno, digamos que me tiene loca de contento.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Heidy78 el Jue Sep 19, 2013 3:54 am

Voy a seguir en la lectura y ya te diré que me ha parecido, de momento solo darte mis felicitaciones y ánimos para seguir adelante!!!
avatar
Heidy78
No hay quien me pare !¡Vivo Aqui!¡

Femenino Mensajes : 5416
Fecha de inscripción : 30/01/2012
Edad : 39
Localización : Guatemala
Empleo /Ocio : Finanzas
Humor : Depende... Pero casi siempre super feliz!!!

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Jue Sep 19, 2013 12:52 pm

candy, con respecto a lo des sistema me refiero a la forma político-social regente, eso de anonymous, como es que funciona realmente y no se si ya esta en tus notas pero me gustaría un poco de historia contextual, algo de  como llego eso al poder, me parece muy interesante y muy importante ademas, para comprender las conductas que uno puede apreciar en las personas "comunes" me gustaría saber como fue la transicion de la sociedad como la conocemos a la sociedad que nos presentas tu.
con respecto a lo de las jaquecas, el hecho de que tengan este "poder" tanto Emma como su madre y que antes de que esta se suicidara Emma no había tenido jamas las jaquecas de las que su madre SI sufría... es una pista muy importante, también me hace querer averiguar un poco sobre la historia de su madre y las razones que la llevaron a hacer lo que hizo, que no se si me equivoco pero tiene mucho que ver con las jaquecas y este "poder". Por ultimo, al principio de la historia mencionas que hay ciertos tipos de personas que intensifican el dolor de Emma y que no tiene nada que ver con sus características externas... esa es la otra pista que hace que podamos atar cabos Very Happy como vez tengo muchas expectativas de esta historia así que ... espero leerte pronto
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Sáb Sep 21, 2013 7:20 pm

Aaaah, pues sí, eso está por explicarse en un momento del futuro. Pero, para simplificar, digamos que Anonymous sería una versión de Apple pero muchísimo más poderosa y mundial.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Capítulo 3 (preview)

Mensaje  Candy Von Bitter el Dom Sep 22, 2013 3:50 am

El cumpleaños de papá era ese día. Emma no lo hubiera sabido de no ser por el aviso de su siempre confiable Anon. Inmediato al mensaje salía la opción para llamar o no al contacto cuya fecha de nacimiento había accionado su recordatorio.  Acababa de salir de su turno en el trabajo. Anon no iba a molestarlo con algo así en medio de él. Decidió escribirle algo rápido. No sabía qué iba a decirle a papá si lo veía de repente en la pantalla.

Tampoco supo qué escribirle una vez se le apareció el teclado. Su mente estaba tan en blanco como la pantalla sin usar. Acabó enviando una tarjeta virtual, de colores cálidos y sin brillos, apropiados para provenir de un vástago a su padre. Este todavía no habría salido del trabajo, de modo que ni siquiera lo vería hasta más tarde.

En frente de los edificios más altos una pantalla gigante mostraba la entrevista que le hacían a Nina, la súpermodelo latinomaericana más cotizada del mundo. Acababa de volver de la filmación de una película en Londres y todos deseaban saber qué tal había sido su experiencia en el extranjero. Para oír realmente lo que se decían uno tenía que acercarse y levantar la cabeza. Emma pescó una breve visión de las piernas cruzadas de la modelo cubiertas por una falda esponjosa verde limón y el destello de sus largas uñas decoradas con piedrecillas preciosas antes de cruzar la calle, perdiéndola de vista.

A él no le gustaba la Nina mediática. Parecía que siempre estuviera modelando, fijando en cada persona a la que se dirigía esa mirada fría y directa que le ganó su reconocimiento, cada movimiento perfectamente calculado para dar una justa impresión de control, elegancia y belleza indiferente. La imagen del abandono ideal, decían. Como un maniquí detenido en el viento.

Emma, aun así, tenía una imagen suya pegada en la pared de su casa, cerca de la cama. Ahí los cuatro Visual Points le permitían ver, de forma ampliada, la fotografía de la famosa figura un momento antes de ser maquillada. Ya ni siquiera recordaba en ocasión de qué debían maquillarla. Podian ser miles de cosas, incluso la firma de su ebook autobiográfico. Los medios se dieron un festín a partir de ella porque evidenciaba uno de los crímenes más imperdonables de las celebridades: salir al natural. Claro que no había mucho de lo cual burlarse.

Nina era una hermosa joven de 24 años con aspecto de 17 años, cosméticos o no. Ni siquiera llevaba lentes de contacto cuando la atraparon teniendo un almuerzo rápido a base de barras sabor pizza al aire libre, por lo que cualquiera podía llegar a apreciar el aburrido color castaño de sus ojos. Aparentemente un hábil cazador había llegado al extremo de instalar una mini cámara en el edificio del frente, previa investigación del lugar donde el evento se llevaría a cabo, por lo tanto ella no llegó a enterarse de que la estaban viendo. Ahí todavía se notaba la maquinación (las mejores modelos lo integraban a sus sistemas de forma inherente, era inevitable), pero estaba atenuada en la sección del rostro. Había estado con hambre hasta entonces y se notaba el placer que sentía por poder llenar su curvilíneo cuerpo. El cabello negro y de mechas celestes se le iba al rostro continuamente, por lo que ella debía emplear su otra mano en apartárselo y esto le generaba un cierto deje de irritación al final de la boca.

Su inexpresividad era su marca, el ideal por las que todas que le venían atrás sólo aspiraban. Ahí dejó ir demasiadas cosas para lucir alguien completamente distinta; una chica más del centro y no un alien magnífico salido del espacio sólo para encantarlos. Las cirugías, accesorios, arreglos y ropa costosa seguían ahí pero ya no se salía de lo normal. Aquel desafortunado segundo entre un mordisco y el siguiente por poco le costaba la carrera, pero en cuestión de semanas todos pretendían anmesia. No había necesidad de manchar a uno de los grandes, al menos no tan públicamente.

La polémica resultante fue algo que pasó sin que Emma se interesara demasiado. Se contentó con mantener el recuerdo cerca, para cada vez que viera a la modelo por la pantalla. Prefería conservarla de ese modo y con eso le bastaba.

No recibió respuesta hasta que llegó a su departamento. Se deshizo de la mochila, la campera e iba a pedir que se encendiera la pantalla principal cuando un tono de música legal salió de su bolsillo.

-Encendido -dijo, mientras sacaba el dispositivo y veía el mensaje.

Un escueto gracias seguido de la pregunta opcional de si quería llamarlo o no, como el emisor había indicado que deseaba. Presionó la casilla del si, viendo que la entrevista de Nina continuaba. Cambió de canal con un ademán, resultando en las noticias. El Anon y la pantalla estaban conectados: el volumen bajó para que pudiera hablar tranquilamente.

Papá contestó al tercer timbrado. Hablaron poco, más que nada poniéndose al tanto de los pequeños detalles en la vida del otro, y quedaron en verse el sábado. Allá en la empresa tenía mucho trabajo pendiente. No estaría libre hasta entonces. Emma aceptó que iría para el almuerzo antes de colgar.

Los reporteros del canal 23 informaban de un hecho particular sucedido anoche. Un hombre en sus cuarentas se había lanzado del edificio de oficinas en que trabajaba, con obvios resultados. Mostraban una secuencia de la calle en que había sucedido y a los paramédicos llevándose lo que parecía un maniquí destrozado bañado en pintura. Decían que era un verdadero milagro que no hubiera golpeado a nadie o algo. La entrada del edificio se vislumbraba a un costado. Emma lo reconoció y supo que fueron más de 20 metros de caída libre. Siendo así no era de extrañar que apenas quedara algo de la cabeza para recoger. Pedacigos de hueso y sesos hacían una espiral desigual alrededor de la cual se juntaban los curiosos. Más de uno tenía el Anon a mano y buscaba acercarse lo más posible sin que los vigilantes lo notaran. Al final estos siempre lo hacían, volviéndolos a empujar para dejar a los profesionales hacer su trabajo de limpieza.

Comenzó a buscar en la cocina algo de comer. La minúscula barra que agarró en la sala de recarga de poco le había servido.  Sacó una olla y la llenó de agua, poniendo cerca al sobre de sopa saborizada. Apretó el botón en el cuadro de mando para encender la hornalla más cercana. Se volvió con la mano en alto para cambiar el canal a cualquier cosa menos aburrida, quizá música aprobada por el Ministerio.

Por poco se perdía la foto del muerto antes de morirse. Un segundo más y se habría perdido la imagen del viejo arcaico luciendo lo mejor posible. Correcto, formal, bien peinado. Lo único que faltaba era la corbata estrellada.

----------
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Lun Sep 23, 2013 3:27 pm

wow pero que final de capitulo candy, al principio lo vi un  pelin flojo con todo lo de nina pero llego el final y me dejaste arrancandome el cabello pidiendo por mas Very Happy por favor no nos hagas esperar demaciado
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Lun Sep 23, 2013 4:25 pm

En realidad esta es sólo una parte del capítulo, un adelanto. Ahora escribo un cuento para una convocatoriam pero hecho eso podré seguir con calma lo que falta.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Lun Sep 23, 2013 5:10 pm

yo hace un tiempo que no escribo, por mis estudios Sad... pero pueden pasarse a leer lo que ya he subido Very Happy
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Mar Sep 24, 2013 4:35 pm

Tengo pendiente de hacerlo, no creas. Entonces iré dejando comentarios por ahí.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Capítulo 3

Mensaje  Candy Von Bitter el Lun Sep 30, 2013 8:15 pm

La ciudad de Buenos Aires era una ciudad de recursos. Hacía cuarenta años, cuando el presidente de la Nación fue informado de que el terreno desigual dificultaba la libre conducción de los automóviles voladres que cada vez llegaban en mayor cantidad, causando continuos accidentes traducidos en raspaduras y algún que otro golpe, se resolvió utilizar la elevación a su favor como un punto de despegue. La estación de omnbibus presidía el punto más alto y se veía como una serie de escalones saliendo de una misma pared. En cada escalón se detenían los vehículos para que los pasajeros pudieran subirse. Con tal de garantizar la seguridad y comfort de los conductores indivuales, ellos se mantenían elevados sobre el nivel de la calle, alcanzando los cinco metros sobre el suelo. Cada omnibus era cuidadosamente controlado para no entremeterse en el camino de otro. Sin tráfico ni luces rojas que valieran un pimiento para el conductor, aquel era el medio de transporte más rápido, eficiente y preferible después del subterráneo.

En la época en que todavía vivía con su padre, Emma debía tomar uno para el camino de casa a la escuela y viceversa. No le divertía en lo absoluto el trayecto, si al final siempre debía contenerse las náuseas. El más mínimo balanceo le mareaba igual que si alguien lo tomara de los hombros y lo sacudiera sin cesar. Pero eso era antes de la pastillas blancas.

Con ellas, Emma incluso llegó a disfrutarlo. Se llamaban ómnibus porque era una denominación conveniente, pero esos vehículos podían pasar por hoteles móviles en cualquier momento. Amplios pasillos para caminar, bancos cerca de una fuente de bebidas e incluso una pequeña sección donde las personas podían trabajar encima de escritorios. De ser día de semana ahí habría por lo menos dos o tres estudiantes tratando de completar sus tareas antes de llegar a destino. No hacía mucho Emma los veía, reconocía algunos rostros, pero sólo desde la distancia. Ahora eran gente mayor, trabajando o sólo manteniéndose conectado por más tiempo. En un sábado a la mañana los jóvenes preferían conectarse desde sus casas.

Los asientos estaban cómodamente separados uno de otros y, si uno quería, podía conjurar una pantalla de televisión a la que también podía programar para continuar la lectura de un ebook. Los altoparlantes y conos de silencio evitaban que otros pasajeros se vieran molestados por la elección de entretenimiento ajeno, bastante variado debido a su conexión con la red y la posibilidad de bajarse lo que fuera.

Muchas personas no veían afuera, por considerarlo un paisaje rutinario o tener vértigo de verse tan alto, el mundo todavía moviéndose justo debajo de ellos. Para él fue una experiencia totalmente contemplar esa escena y percibir el gentil movimiento del vehículo. Cuando finalmente llegaron a la otra estación, lamentó que no hubier durado más tiempo.

Pagó su salida y bajó por los amplios ascensores. A estos lo habían cambiado desde la última vez: ahora eran cajas de cristal pintadas de un suave rosa que dejaba ver el estacionamiento y las baldosas blancas, casi espejos, del suelo. Un limpiador automático daba vueltas alrededor de una fuente de luces láser, dejándola impecable antes de proseguir hacia la zona comedor. No había mucho por limpiar a esas horas.

Antes de traspasar las últimas puertas se volvió a poner encima la campera. Afuera no había ambientadores electrónicos que le evitaran un resfriado seguro. Por lo menos Anon decía que no habría lluvias de momento.

La antigua casa donde vivieron dos generaciones de Mártiz había sido demolida hacía un par de años. Papá se encargó del hecho. No tenía que hacerlo, nadie se lo mandó, pero se puso al frente porque dijo que sería mejor así. No quería que un boludo cualquiera viniera a derribar su hogar. Si no quedaba de otra, prefería hacerlo él mismo. Su hogar era una de las pocas casas con terrazas que quedaban en la cuadra. Al final fue la última antes de que la reemplazara una tienda de reparaciones electrónica.

Desde entonces papá vivía en un departamento cerca de la Plaza Platina, a tres calles del mismo centro. Estaba muy bien ubicado para conseguir cualquier cosa que deseara. Los dos se mudaron prácticamente al mismo tiempo, por lo que Emma nunca tuvo oportunidad de dormir o quedarse demasiado ahí. Al ser una zona de mayor eficiencia, la entrada era una sólida y pulcra pantalla táctil que reconoció de inmediato su impresión digital. Tras presentarle una imagen de su fotografía, tal como aparecía en su registro social, le preguntó si quería llamar a la única persona con la que tenía relación directa en el edificio. Emma presionó el círculo del número de su papá y miró el cielo amarillento mientras esperaba una respuesta. No sabía por qué, pero tenía la impresión de que era mucho más claro ahí que en su barrio.

El rostro de papá apareció en un recuadro. Estaba ya más allá de los cincuenta y ni una vez quiso dejar de aparentarlos. Arriba de las cejas y al lado de la boca se juntaban las arrugas más profundas. Verlas de repente traía una sensación de incredulidad inicial, como si sólo fuera un maquillaje bien elaborado y no algo que sólo sucedía cuando uno ni siquiera lo intentaba. Emma no quería pensar que ese podía ser su futuro. Las cremas anti envejecimiento no costaban tanto después de todo.

-¡Eh, Emma! -dijo el viejo, sonriente. Los dientes postizos no se diferenciaban de los reales; ahí la apariencia era perfecta-. Pasá, pasá. Te espero arriba.

Sin más la pantalla se oscureció y Emma oyó un suave timbre encima de su cabeza. La puerta de cristal le dejó pasar al amplio vestíbulo. En una de las paredes una pantalla mostraba diferentes obras de arte oficial. La última vez que Emma visitó el lugar era una representación épica de Anonymous rodeando al mundo bajo su manto protector. Ahora resultaba en una serie de circuitos que, a la distancia, simulaban un rostro humano perfectamente asimétrico y género indefinible. Ahí nunca vería obras sencillas y nostálgicas como las de las Ranas de Tierra, pensó con una nota de pena. Y si de casualidad aparecían, seguro las borrarían. Una cámara de vigilancia plana arriba del arco de la entrada se encargaría de ello.

Indicó al ascensor que lo llevara al cuarto piso. El espacio era dos veces más grande que el de su edificio y su movimiento absolutamente discreto. Lo único que no le gustó fue la música oficial que parecía salir del mismo aire.

-Silencio.

Dicho y hecho. Mucho mejor. De vez en cuando esa clase de música estaba bien cuando se tenía la cabeza tranquila. Otras eran un simple incordio. Se quitó la campera y se la colgó al hombro como si fuera un amigo borracho que llevara a casa. Su reflejo se partió por el medio, dejándole ver el pasillo. Ante una puerta a la izquierda, vestido con su camisa celeste claro y pantalones jeans en perfecto estado (es decir, sin la menor intención de seguir la moda del centro), papá lo saludó. Le sacaba una cabeza de altura y varios de centímetros de costado, por lo que tuvo que inclinarse para chocarla mejilla contra la suya. Olía a colonia para después del afeitado y un poco a sudor limpio. No debía haber programado bien al ambientador o este andaba mal.

-¿Cómo has andado, pibe?

Emma sonrió.

-Bien, perfecto. Feliz cumpleaños, pá -Se descolgó la mochila del hombro y sacó su regalo envuelto en papel de camaleón.

Era rojo cuando lo sacó, verde cuando se lo entregó a papá y azul cuando los dos entraron al departamento. Dos habitaciones, una cocina separada por una puerta, sala de estar. Colores apagados y poco interesantes, decoración nimia, pero las cosas en su sitio. Casa de viejo, en otras palabras. No tenía nada que ver con cómo era la casa que antes tenían. Mamá solía bajarse las e-magazines del momento para darle al hogar un toque animado aunque modesto. Inútil y estúpido preguntarse qué se le habría ocurrido hacer con ese sitio.

Emma dejó la campera y mochila colgando en un armario antes de ir a sentarse al sofá. La última vez lo había detestado porque dejaba hundirse demasiado al trasero, requiriendo un indeseable esfuerzo sólo para poder ponerse a gusto. Ahora lo encontró cómodo, apropiado para echarse a hacer el vago.

Papá sostenía su nuevo kit de respuesto para herramientas electrónicas en la mano, el papel roto sobre la mesa. Los colores siguieron cambiando contra la superficie metálica. Emma vio que la imagen de la TV estaba detenida en un partido de fútbol virtual, justo en el momento en que el monigote de uno de los jugadores iba a hacer saltar la pelota por encima de la pierna derrapada de su oponente. Las expresiones de ambos eran caricaturas de rabia. A saber si los jugadores las tenían en realidad.

-Eh -dijo papá, alargando la vocal para expresar su entusiasmo-, buenísimo. Esta marca es una de las más confiables. Gracias, pibe.

No tenía idea de marcas. Sólo escogió el modelo más económico.

-Me alegro de que te guste.

Papá le dio una palmada a la cabeza, desarreglándole el peinado.

-¿Has comido algo ya? Estoy haciendo sabor a carne.

-No, nada. Andaba esperando para venir a aprovecharme -agregó con inusual buen humor. Pero desde la pastilla todo le parecía inusual. Más simple, más claro, más ligero. Incluida esa visita.

Papá no dio cuenta del cambio. A Emma no le importó. Mientras tomaban la sopa caliente en la mesa del comedor frente a la pantalla, papá quiso hacer conversación durante las pausas para avisos comerciales. Sólo hubo dos: lo suficiente para decir que su trabajo estaba bien y Miguel, el único compañero que papá conocía, jodía con el estudio pero estaba bien. Por lo que respectaba a papá, eso ero lo único nuevo para contar en su vida y de por sí papá no tenía ningún motivo para mencionar un hombre con corbata estrellada. Fuera de eso, su conversación no pasó de las veinte palabras. El resto del tiempo lo pasaron observando el juego, siguiendo los movimientos de los monigotes como la cámara decidía mostrárselos. Cada vez que daban una patada especialmente fuertes brisnas de césped artificial flotaban en el ambiente, creando un gran efecto dramático.

El equipo de papá perdía por tres puntos. Aburrido, sin nada más en lo que concentrarse, Emma acabó siguiéndolo con el mismo interés que él aunque continuó sin compartir cada muestra de descontento por una falta. Papá casi golpeó la mesa un par de veces, pero se detuvo como si alguien le hubiera agarrado el brazo. El mueble no era de simple madera como La Cacerola, hubiera excedido sus posibilidades.

La programación estaba en modo acuario. Pequeños y grandes peces de colores giraban en torno a sus tazones vacíos. Ligeras ondas marítimas los acompañaban en sus giros. Emma se pregunto si papá lo había escogido o sólo no quiso cambiar el que venía de fábrica. También se preguntó lo que sería conocer el mar realmente. Parecía bonito, colorido, aunque desgraciadamente resultaba difícil siquiera hacerse ilusiones al respecto. Ni ahorrando toda su vida sería capaz de visitar los pocos refugios marítimos que quedaban. En los últimos años era así.

Pero el agua no le era del todo desconocida. Cuando no toda porción de tierra era controlada para manejar la escasez de alimentos y la gente todavía vivía en los campos, ellos iban a visitar a los hermanos de papá, rodeados de un verde diferente al que veían cada mañana. Sólo dos veces Emma estuvo ahí y, mientras sus primos y sobrinos jugaban al fútbol o salían a caballo, él se escabullía en la zona de árboles hasta un pequeño lago verdoso. Su tía le había hablado de él, advirtiéndole que ni se le ocurriera beber nada sin antes haberlo pasado por un termo filtrador, pero no le adelantó lo grande que sería. Abarcaba por lo menos tres calles dobles y era tan largo como su vieja casa. La contaminación todavía no había pegado tan dura en el agua o al menos eso pensó en un primer momento. Estaba verde, no el marrón claro que le habían hecho ver en la escuela para explicarles cómo eran las cosas antes de que el gobierno se decidiera a actuar con firmeza. La zona alrededor estaba resbaladisa e inestable, pero algún modo Emma se las arregló para llegar a la orilla y, a pesar de que su tía no lo aprobaría (la mandó a la mierda en verdad, a ella y su voz irritante preguntándole si seguía mal), se hizo un cuenco de las manos para recoger una porción. El líquido le dejó ver el color moreno de sus manos, aunque en un tono más oscuro, y una visión movediza de su ojo. La dejó escurrir entre sus dedos. No le detectó ningún color propio durante su caída. Su piel permaneció limpia, al menos a simple vista. El mayor verde provenía del cielo.

Deseó hundirse y dejar que el frío le calmara, pero no lo hizo. El agua contaminada había matado a miles de millones de argentinos, toda una estadística presentada por números rojos en una diapositiva digital le disuadía. De todos modos, era un lugar tranquilo, lejos del ruido humano. Algún bicho zumbaba, una rana croaba y pájaros pequeños piaban. Debajo de ellos, nada. Se entretuvo escuchando música y tirando puñados de tierra al lado para generar las suaves ondas, mientras podía disfrutarlo. No fue hasta la caída de la noche que se dieron cuenta en la casa que él faltaba. Vio cada faceta del cielo mirando hacia abajo hasta que la vibración del Anon se hizo demasiado molesta. Unas pocas estrellas titilaron como guiños maliciosos mientras aseguraba por la línea que no estaba tan lejos, que ya iba a volver. Habló dos frases antes de caer en cuenta de que no era papá a quien le hablaba, sino su tío. Se disculpó antes de colgar, vigilando las luces. Justo cuando quiso levantar la cabeza y contemplarlas directamente por primera vez (la ciudad nunca dejaba ver ni una) ya no estaban.

-¿Querés más? -le preguntó papá.

Emma se irguió bruscamente. Observó que en la pantalla pasaban un nuevo comercial.

-No, ya estoy bien -Los peces se dispersaron por la mesa en cuanto dejaron de tener los tazones como puntos de referencia. Ni siquiera sabía de qué tipo eran. Quizá no existían.

De pronto deseó irse a casa.

La pantalla a un lado de la puerta empezó a sonar. Alguien llamaba a papá. Antes de que Emma acabara de salir de la silla para atender, papá volvió a salir de la cocina y presionó su dedo en la parte superior del cuadrado. Un punto rojo se encendió arriba; se estaba cargando. Tres segundos más tarde estaban viendo la cara de un hombre en sus cincuenta años. Tenía la melena abultada típica de quienes abusaban de las pastillas pro-crecimiento capilar.

-¡Augusto, feliz cumpleaños, hombre!

-Martín, qué alegría verte. Vieras que aquí estoy con Emma -Emma hizo un ademán de saludo a la pantalla en cuanto su padre se volvió a él-. Acabamos de comer nosotros. ¿Qué te cuentas?

Emma buscó un canal para ver mientras los dos amigos hablaban. No podía subir el volumen, de modo que siguió una serie estadounidense sin nada más que los subtítulos y las imágenes. Era bastante parecido a cuando usaba la música para no concentrarse en las jaquecas. Llegaba a la mitad del episodio, por lo que seguro se estaba perdiendo de mucho, pero por lo que pudo entender se trataba de un vagabundo que empleaba diferentes tretas para hacer creer al hombre que le gustaba que vivía en el centro. O quería secuestrarlo.

"El secreto está en los ojos" le decía un aparente amigo al vagabundo. "Ellos te delatan sin importar nada." Fue entonces que papá dijo su nombre en voz alta, como si ya lo hubiera dicho antes.

-¡Emma!

-¿Qué? -Emma miró la pantalla detrás de papá: otra vez en negro-. Perdona, me distraje. ¿Qué?

-Te preguntaba si querés venir conmigo y unos amigos. Vamos a la casa de Martín a bebernos algo.

Gracias a los caramelos anti-resaca la gente podía beber a cualquier hora del día. Eso si a uno le importaba no parecer un borracho o no tenía el mínimo crédito disponible.

Emma conocía a los amigos de papá. Las veces que habían ido a la casa donde vivía mamá y se ponían a hablar todos de temas en los que no entendía. Sus voces golpeándole con preguntas acerca de la escuela y si seguía con aquel problema suyo. La intermitente compasión hacia él o a su padre. No tenían la manía del contacto físico como Miguel, pero tampoco su indiferencia. No podía escuchar música en su presencia. Lo ideal era quedarse quieto, verlos a la cara y dar señales de haberlos oído hasta que sus bocas (enmarcadas por arrugas) se cerraban. Querían poseer toda su atención y reclamar si sentían que esta flaqueaba.

Emma no los soportaba. Si no fuera por papá, que no se daba por enterado, nunca habría compartido espacio con ellos. Ni con nadie, sinceramente, porque todo mundo era odioso cuando se estaba mal a cada rato. Incluso papá llegaba a irritarle en ocasiones. Aun así, la idea de ir a hacerlo con esos viejos ahora, libre de dolor, no se le antojó meramente soportable. Más bien como un inmenso tedio que se alargaría más horas de las que decía el reloj. ¿Malgastar su tiempo de cabeza sana así? No, gracias.

-No, me parece que no. Andaría muy embolado en medio. Andá vos tranquilo.

-¿Seguro?

Emma observó el rostro de su padre. Este no lo miraba, ocupado en comprobar la temperatura en su Anon (un modelo más nuevo que el suyo, debió haberlo comprado hace poco) y sacar una campera del armario. Como si creyera que su hijo de nuevo se había perdido sus palabras, repitió:

-¿Seguro de que no querés venir?

-Sí, está bien.

-Bueno, como quieras. Podés quedarte aquí mientras tanto y tomar una siesta, la pieza está lista. Ya sé que a vos no te gusta hacer todo el viaje hasta aquí y de vuelta.

Papá no lo dijo con tono de reproche pero no importaba. Emma pensó: no es que no me gustara, es que viajar me ponía enfermo, con ganas de botar el almuerzo. Y mentalmente remarcó la palabra "ponía" con rojo brillante. El pasado era el pasado.

-Eléctrico -dijo, parándose de la silla. Dibujó una sonrisa como si estuviera en el restaurante-. Es tu cumple, aprovechá para pasarla bien.

-Eso ya veremos -Su padre ya estaba abriendo la puerta. Se ajustó el cuello de la campera y acomodó sus mangas-. Hay comida en el refri. Comé lo que quieras. Nos vemos a la tarde probablemente.

-Eléctrico -expresó de nuevo.

-Gracias de nuevo por el regalo, pibe. Me encantó.

-De nada, papá.

En menos de un segundo la espalda del hombre había desaparecido.

Considerando sus visitas anteriores, esa salió bien. La novela de la televisión dejó de parecerle interesante pero no se molestó en apagarla mientras curioseaba por el departamento. Papá no la había programado para doblaje automático, de modo que Emma oía de fondo incomprensibles diálogos en inglés.

Encima de una cómoda había hologramas familiares. Una foto de él solo en la graduación, papá detrás de la cámara. Otra del tipo con la melena junto a otros viejos alrededor de una mesa blanca, sin adornos. Del edificio donde trabajaba durante la fiesta celebrada cuando Anonymous absorbió la compañía. De sucesos que no significaron nada para él, pero algo para papá. Sólo al fondo distinguió una imagen de ellos tres en el tiempo en que eran tres. Mamá sonreía con una mano haciendo pantalla sobre su rostro, casi ocultando sus ojos verde claro. Segundos antes había estado frotándose la sien izquierda con un ligero fruncimiento de cejas y, para no delatar el gesto, prefirió cubrirse de las luces en el nuevo centro comercial. Habían salido a comer fuera por su cumpleaños número siete. Sólo él lo había notado. Todo en ella le hacía pensar en cosas suaves y cálidas. La forma en que le revolvía el cabello por una buena nota, en que se reía por un chiste que le contaron en el trabajo, en que se quejaba por la gestión actual o el precio de la comida, arrugando la nariz. Después, a excepción de su cama cuando más sueño le agarraba y debía salir a trabajar, no recordaba haber encontrado lo mismo de nuevo.

Quizá la jaqueca era la mayor responsable de ello. A lo mejor ahora se hallaba más capaz para percibir de esa manera. No lo sabía.

También había imágenes de sus abuelos y tíos, de los cuales pasó para ir al pasillo. Dos puertas enfrentadas, deslizadoras para que uno perdiera el tiempo buscando picaportes en la mañana. Un paso le reveló el cuarto de papá. Otro le hizo ver la cama donde podía recostarse si quería. Era la primera vez que entraba y observó las paredes con curiosidad. En lugar de Puntos de Vista, para colgar imágenes papá prefirió recurrir a los más costosos, aunque mejor vistos y más dinámicos, Proyectores Dirigidos. Pequeños focos debajo de cada imagen de arte oficial simplón capaces de cambiar el color, la luz, el tamaño y el objetivo. Una pequeña tablet al lado de la cama servía para controlarlos.

Las paredes, el piso, los muebles y las sábanas poseían el mismo beige monocromo. Era tranquilo, relajado. Impersonal. Emma se sentó al borde del colchón. La pantalla de TV se encendió en el mismo programa de la sala al instante. Las luces se atenuaron suavemente. La casa quería atenderlo como mejor sabía.

-Apagado -dijo, claro, y la iluminación original se restauró.

El armario reaccionó igual a su toque, abriéndose nada más percibirlo Ahí papá guardaba lo que no sabía dónde más colocar. Claro, sin invitados frecuentes no había razón para guardar espacio. Hasta su altura se elevaban dos filas de cajas metalizadas, las etiquetas digitales en blanco. Emma abrió la que tenía más a su alcance y encontró viejos camisones de mamá. Olían a polvo y encierro. Mamá también se quejaba de que los perfumes nunca duraban tanto como quería. Hermosos y estimulantes pero efimeros como una exhalación. Apenas llegaban a la nariz ya se habían ido.

El resto debían ser recuerdos similares. Si papá no los había vendido ya, podía ser que hubiera algún juguete suyo. Iba a sacar la caja para continuar buscando cuando su mirada recayó sobre una superficie oscura contra un saco gris. La luz se reflejaba en un costado de la figura, fragmentada en pequeños puntos a lo largo de una larga cremallera. Emma no recordaba haberla visto en años.

La guitarra acústica de su abuelo debería estar en un museo. El estuche de tela negra estaba deshilachado en los bordes y la costura se salía en la parte superior. No la habían sacado en mucho tiempo, desde que su abuelo muriera nadie supo tocarla, y sin embargo parecía un milagro que siguiera de una pieza. Tomó el asidero de un lado y descubrió que estaba roto. La agarró con las dos manos, llevándola a la cama. No era pesada y aun así tampoco tan ligera como se habría imaginado. Más grande que las guitarras eléctricas de los videos musicales, seguro. Y sucia. Podía ver claramente las huellas de sus dedos constrastando entre el negro puro y el impuro.

Encontró el carril por el lado alargado y lo deslizó acompañado de un breve siseo. Al dejar caer la tapa vio a las partículas esparciéndose en el aire, destacando contra el pacífico beige. Luego habría que cambiar las sábanas si es que se pretendía tenerlas listas para alguien, pero de momento lo que más le importaba era la guitarra. Era de una madera oscura otrora brillante, mancillada con varias marcas de manos. Antiguas marcas de manos. Diferentes tonos de marrón, líneas blancas, negro y el plateado de las cosas para girar arriba. Visualmente resultaba decepcionante. Pero su significado, saber lo que había sobrevivido, la volvía extraña de una manera fascinante.

Si mal no recordaba, ni siquiera era de su abuelo en realidad. Antes de que la madera se volviera un recurso altamente preciado, durante la época en que el dueño de La Cacerola mandaba a hacer sus mesas y sillas, por lo tanto no le costaba toda su fortuna, un amigo del abuelo se había parado en su casa de camino a un viaje que tomaba en su propio vehículo. Sacaron copas, la pasaron bien y al siguiente día, sin pastillas anti-resaca a las que echar mano, el amigo se fue dejando la guitarra junto a algunas prendas de ropa. El abuelo llamó más tarde a su amigo para advertirle y éste prometió que se pasaría por ahí para recogerla. De verdad necesitaba su guitarra, el abuelo no entendía cómo pudo olvidarla. Pero jamás llegaría a tocarla de nuevo de esa manera que los volvía loco a todos. En su lugar tuvo un accidente en el coche (coche no volador, terrestre, arcaico) contra un loco que andaba distraído. No pasó de los diez minutos tras el choque. El abuelo esperó a que llegaran parientes o algo así para hacer el reclamo, pero nadie apareció. De modo que en las fiestas familiares volvía a contar la historia justo antes de ponerse a tocar unas melodías simples en frente de todos. A Emma le hubiera encantado que le enseñara, pero había muerto antes de que aprendiera a formular las palabras para pedírselo. Papá nunca se interesó por el tema de modo que el instrumento, una rareza actual, quedó como una mera reliquia de familia.

Intentó tocarla por su cuenta, cuando era apenas un quinceañero y descubrió los "bunnys", los programas especiales que la gente usaba para saltarse las restricciones en la internet, de manera que pudiera descargarse cualquier cosa no oficial que deseara, música en su caso. Fascinado con aquellas nuevas melodías, pronto se le formó en la cabeza la idea de que él también podría realizar esos sonidos extravagantes con sólo aprender a descifrar los secretos de la guitarra. Llegó a tener un cancionero básico, suministrado por un estudiante en la Universidad de Arte, especialidad Música, anónimo, pero el dolor en sus dedos, sumado al hecho de que el mínimo error sonaba horrible y que la caja vibraba contra su cuerpo, agitándole el cerebro, hicieron que desistiera de sus ideales de verse protagonizando un concierto, gritando todas las razones por las que odiaba ir a la escuela. La gente vociferante estando con él en su ira, compartiendo su frustración, haciéndole sentir que todos eran él y él parte de ellos. Cuántas horas perdía con esas películas mentales, incluso después de haber renunciado. Incluso ahora, al oír esas letras en las que apenas comprendía una o dos palabras, podía imaginarse como la garganta de donde salían.

Se sentó en la cama y ubicó el instrumento en su regazo, la mano izquierda sobre la parte más larga. No recordaba cómo formar ninguna nota, no sabía lo que era afinación, años de escuchar música fuerte le habían estropeado un poco el oído, pero le gustó la sensación de tener la guitarra así, en sus manos, a su disposición. La madera parecía increíblemente suave y cálida, una bienvenida tácita a quien la quisiera cuidar. Deslizó los dedos por las cuerdas y notó su vibración, las vio volverse difusas contra el negro hoyo debajo por la velocidad a que se movieron y dejó que el sonido se muriera lentamente. Nada. Ni la menor molestia le aquejaba. Estaba perfecto y acababa de tocar por primera vez en años un instrumento de verdad. El principio de toda música.

Limpió rápidamente la humedad obstinada en sus ojos. No bastó con una sola vez. Sabía que nadie lo estaba viendo pero no podía evitar la sensación de verguenza, como si fuera una completa estupidez emocionarse por una cosa así de simplona y él el peor tonto por caer en ella. Apenas tuvo de nuevo la vista despejada, regresó la guitarra a su estuche. Esta vez iba a aprender a tocarla. De una manera o de otra lo haría y al carajo con las putas ampollas. La idea de que se quedara con papá acumulando polvo le parecía injusta y horrible, un verdadero desperdicio de sus posibilidades.

En La Cacerola la madera de las mesas era oscura y gruesa. Tenían miles de marcas por todos los clientes a los que han servido a lo largo de los años, pero eso estaba bien, era parte del tradicional toque humano. Se podían limpiar sólo con un trapo húmedo fácilmente. Sin duda eran diferentes de la madera empleada para la guitarra y Emma no tenía idea de cuál debía ser el tratamiento para ella, por lo cual se limitó a usar el trapo de la cocina para devolverle su negrura natural al estuche. Mientras lo hacía pensaba en pedirle a Anon que le buscara un sitio donde pudieran mejorarla, donde vendieran un barniz nuevo o cera o lo que fuera que le haría falta al instrumento y luciera lo mejor posible otra vez. Lo más probable es que fuera bastante caro pero iba a valer la pena, estaba seguro.

Llamó a papá desde el ascensor, después de haberle ordenado a este silencio. Le era imposible apartar los ojos de su reflejo, de él con la guitarra colgando de su hombro, esperando que la tocara, ningún obstáculo impidiéndoselo. Podría haber sido un estudiante de Música cualquiera regresando a casa. Podría haber sido el protagonista de una película en la que acabara siendo el más famoso compositor de música oficial de su tiempo. Ya no creía que ese sueño fuera posible (demasiada vida tenía encima), pero el espejo no lo sabía y él se veía bien de cualquier modo.

-Papá -dijo apenas le atendieron.

Se oía de fondo las voces de los viejos conversando y riéndose. Papá hizo un ruido parecido a un suspiro. Acababa de dejar su cerveza de lado cuando dijo:

-¿Qué pasa, pibe?

-Nada, sólo te aviso que me vuelvo a casa. Me ha empezado a doler la cabeza de nuevo y...

-Mierda, ¿seguís con eso todavía? Creía que se te había pasado ya.

"Nunca más", pensó Emma con satisfacción, la misma que vio en su reflejo. La guitarra se veía estupenda.

-Tranquilo, con que me tome unas pastillas que tengo se me pasa. Yo de puro pelotudo no las traje conmigo. ¿La estás pasando bien allá? -preguntó para evitar que le preguntara por la milagrosa medicina.

-Sí, sí, aquí todo bien. Héctor se ha traído un vino de no sé dónde que sabe riquísimo -De fondo se oyó a alguien diciendo algo incomprensible para Emma-. De Colombia había sido, qué hijo de puta. Dos huevos te habrá costado.

-Como si alguien fuera a querer los huevos de este viejo bueno para nada -comentó entre risas otro viejo, el mismo que habló por la pantalla.

Martín, se dijo Emma en un breve buceo mental, sólo para probarse que era capaz de hacerlo. Su papá ya estaba comenzando el proceso de embriagarse y era evidente que se trataba de un proceso feliz.

-Bueno, entonces nos vemos en otro momento. Si podés no vendas la casa para comprar esas medicinas -Se rió de su propia broma.

-Claro -respondió Emma, borrada la sonrisa.

Cortó sin molestarse en agregar más. Así era como empezaba e ir por ese camino llevaba a ese tipo de conversaciones que no quería tener en ninguna circunstancia, en las cuales el volumen podía ser el mismo del inicio pero las palabras ganaban más y más peso sin llegar a nada. Se consoló sabiendo que a papá no iba a molestarle la grosería en ese estado. Las pastillas anti-resaca permitían a la gente regresar con bien a sus trabajos después de un merecido descanso, pero no restauraban las vivencias que el alcohol diluía. Lo que una botella rompía, roto se quedaba. Sólo el causante disfrutaba con la ignorancia.

Volvió a ver la guitarra. Había pensado en el departamento que ya no sentiría tanta inclinación por las letras negativas, de ritmos potentes y sonoros, pero quizá, dolor de cabeza o no, todavía encontrara algo de utilidad en ellas. Salió al exterior y, aunque respiró hondo, no volvió a sentirse tan ligero como antes.

En el omnibus ponían tres opciones de película: romántica, suspenso o comedia. Eligió la de suspenso caprichosamente, apoyando el mentón sobre la parte más alargada de la guitarra y la ambombada entre sus piernas. Estaba siguiendo el tecleo frenético de un hacker para descubrir el código de una compañía maligna cuando dos horribles golpes hicieron estremecer el cono a su alrededor. Frunció al ceño hasta que se dio cuenta de que se trataba de una vieja buscando llamar su atención. Era una vieja "al natural", canosa y pelo corto bien arreglado, las ropas mostrando una gama de rosa en tonos suaves. Debía vivir muy lejos del centro. En cuanto vio que la observaba, agitó una arrugada mano en forma de saludo.

Suspirando para sus adentros, puso en pausa el video y ordenó al cono que se elevara. La señora señaló la guitarra.

-Perdona, pibe -dijo con una voz que, aunque firme, sonaba a gastado-, ¿eso es tuyo? ¿Tenés la licencia de permiso?

A Emma no le gustó esa forma de entrometerse, pero de todos modos respondió:

-Sí, es mía. Era de mi abuelo.

-Ah, ya veo. Pero no tenés la licencia de permiso para tocarla, ¿o sí?

Se le quedó viendo sin saber de qué hablaba.  Él no era estudiante de ninguna universidad de Arte, no necesitaba el permiso.

-Ya me parecía -dijo la viejita y le puso una mano en el brazo. Tenía dedos delgados y un toque demasiado confianzudo para el gusto de Emma. Quiso apartarse de ella-. Vos sos igual que un chico de mi cuadra. Él también había heredado un instrumento de su familia, un violín. Precioso, una lindura, y lo tocaba de una manera que te hacía pensar que estaba enamorado de la música. Era una cosa hermosa sólo verlo, pero oírlo era divino -La vieja sonrió, recordando. Sus dientes falsos parecían una serie de ladrillos amarillentos de plástico grueso-. Estaba con problemas de dinero el pobre, de modo que, lógicamente, pensó que podría hacer crédito tocando para las personas en el centro. Pero pasaba que él no tenía la licencia de permiso y lo arrestaron a la media hora de haber empezado. Le incautaron ese bonito violín que tenía y a su familia la hicieron pagar una multa imposible. Casi los dejan en la calle. ¿Entendés lo que te quiero decir, pibe?

A Emma seguía sin gustarle la vieja, pero se sintió casi avergonzado por su rechazo inicial. Aferró la única asidera sana del estuche con la mano del brazo que la vieja tocaba.

-Sí, ya veo. Gracias.

La vieja le dio unas palmaditas antes de erguirse. O erguirse todo lo que pudiera, dada su edad. Algo en su cara le recordó a la escritura que iba a desayunar a La Cacerola y le agravaba las jaquecas casi como si fuera a propósito. No supo qué era, pero sí identificó la tristeza y malhumor en en sus ojos mientras volvía a hablar.

-Tené mucho cuidado con esa guitarra y de dónde la tocás, pibe. Mucho cuidado. Y por si las dudas tampoco la andes llevando de aquí para allá, no sea que un día se les ocurra decir que eso es tráfico ilegal.

Le pareció que eso último era una exageración innecesaria y, sin embargo, consiguió ponerlo incómodo.

-Elec... Sí, señora. 

La vieja asintió, volvió a sonreír y se regresó a su asiento al otro lado del vehículo. Emma bajó de nuevo el cono, pero no logró concentrarse del todo en la película. Pensaba en que tendría que olvidarse de aquella imagen donde él tocaba bajo el cielo amarillento a los pies de un árbol artificial del centro.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Mar Oct 01, 2013 2:23 am

pufff me ha llevado una eternidad terminarlo porque lo leía mientras hacia un trabajo de la U jajaa pero quiero que sepas que una ves mas me dejaste maravillado con el relato, veo que esto sigue para  largo y no se si tienes todo compilado para poder leerlo algún día de en solo tirón  Very Happy
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Mar Oct 01, 2013 1:21 pm

No, de momento estos tres capítulos son todo lo que tengo. La idea era tener la novela completa para antes de fin de año, pero como eso se ve cada vez más difícil por tanto trabajo pendiente trataré de llegar siquiera a los 5 o 7 capítulos. Según mis notas serán 16 en total, por lo que habrá de esto para largo rato XD Por cierto, tengo un blog [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] donde voy publicando, además de los capítulos, otras cosas relativas a la historia.

Gracias de nuevo por comentar, fenrir.Very Happy
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Sáb Oct 05, 2013 2:56 pm

mi dama, me pase por tu blog la primera vez que me lo diste y lo disfrute mucho pero no pude comentar, porque ... bueno creo que hay que tener un blog también o no se, el punto es que había que hacer mucho lío :/ pero por lo menos comento por acá...
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Vie Oct 11, 2013 5:14 pm

Caballero mío, no os preocupeis, pues sus palabras son bien valoradas por aquí. Siempre que haya quien lea y disfrute con mis historias me doy por bien servida.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Capítulo 4 (preview)

Mensaje  Candy Von Bitter el Miér Nov 13, 2013 10:46 am

En los últimos días Miguel había notado algo diferente en Emma. Desde siempre lo había considerado un sujeto tranquilo, callado y hasta distraído, al punto que había que decirle dos veces las cosas, pero simpático a fin de cuentas. Sus otros compañeros no veían bien su afán de aislarse en los recesos para ir a escuchar música o hacer quién sabe qué en el Anon. Al principio llegaron a tomarselo como una ofensa personal cuando lo único que el muchacho hacía era negarse a participar de las actividades después del trabajo. Nadie entendía cuál era su problema. ¿Qué se creía?

Él es así, les decía Miguel, antes de que por alguna razón desconocida las invitaciones a beber o comer fuera comenzaran a escasear también para él. En una ocasión llegó a molestarse en serio con uno de los chicos, Mort, porque decía que el tipo debía ser uno de esos asexuados que estaban naciendo ahora, fallado en el cerebro para entender lo que era socializar con la gente. Aparentemente él le había preguntado, de lo más amable, qué estaba escuchando con los auriculares puestos y Emma, sin apenas mirarlo, le dio la espalda por toda respuesta. Eran ellos tres una mañana. Mort no tenía con quién más sincerarse que con Miguel y lo aprovechó a gusto, revelando que el desagrado venía acumulándose desde el primer rechazo. Lo llamó raro, pendejo electrocutado, pelotudo de mierda, hijo de puta creído, antes de que Miguel se decidiera a abrir la boca también.

-Él es así nada más. Tampoco es para tomárselo tan así.

-No, algo está mal con ese pibe. ¿No has visto esos gestos que hace de repente, como si algo le estuviera doliendo? Y de pronto pone unas caras raras, como si nos estuviera mandando a la mierda, pero como no dice nada y se va se supone que nosotros nos lo tenemos que tragar como pendejos. Pero que se vaya a la mierda él, carajo. Si no es un boludo...

Miguel intentó frenarlo recordándole que Emma nunca le había hecho nada, y si a veces se sentía mal que lo dejara, total, ¿qué le afectaba a él?

-¡Pero si se siente mal todo el tiempo! No, para mí que ese se hace nada más por joder.

Si eso era así o no careció de importancia. Para Miguel los ataques sonaron injustos, y punto. Después de todo, con él Emma nunca había sido áspero, cortante o siquiera grosero. Respondió acorde a ese conocimiento, disgustando todavía más a Mort. Cuando los volvieron a llamar para atender las mesas, Miguel acabó recibiendo una mirada que le dejó muy en claro que, por lo que a respectaba a Mort y sus amigos, podía olvidarse de más socialización afuera. Sintió una punzada de remordimiento, porque la había pasado muy bien en las anteriores salidas, sucedidas hacía casi dos meses, pero esta fue breve. Que se jodieran.

Pensaba originalmente guardar el incidente para sí mismo u olvidarse de él como algo sin importancia. Pero apenas tuvieron un receso juntos en la sala de recarga, los dos sentados en extremos opuestos del sofá frente a la pantalla, las palabras sólo salieron de sí, casi desesperadas por llenar el silencio.

-¿Sabés qué es lo que dicen los otros de vos, no?

-No, ¿qué cosa?

-Nada, más que nada pendejadas. ¿Por qué no hablás con ellos más seguido? No tenés por qué irte todo el tiempo si nadie te corre.

Emma se rascó la nuca viendo la pantalla. Tenía una pierna subida al sofá y un brazo encima de la rodilla. La camisa blanca dejaba ver la figura delgada de su cuerpo. Se fijó de nuevo en el verde de sus ojos, como nublados o lejanos en el espacio. Un precioso color que ya nadie tenía a menos que fuera artificial. Apretaba los dientes, tensando la mandíbula. El gesto lo hacía ver casi hostil, pero a Miguel sólo le decía que estaba teniendo uno de esos días malos, así que naturalmente no quería que lo jodieran. Todos tenían días malos en los cuales no querían ser jodidos.

-Ya sé que no -dijo Emma-. No es por eso. Es que no me sale estar con mucha gente.

-Che, si les hablás de música por ahí alguno enganchas.

-No, no importa. Está bien. No es la primera vez que escucho esas cosas. Si es lo que piensan entonces no hay nada que pueda hacer para cambiar su opinión, incluso si voy de todo amistoso con ellos.

-Y bueno, pero tampoco te haría daño.

Emma murmuró algo entre dientes que Miguel fingió no escuchar en lo absoluto, aunque la verdad ni siquiera estuvo seguro de haberlo oído bien. Le sonó a "sí lo haría." Fuera lo que fuera, el modo en que su amigo lo dejó salir lo disuadió de seguir en el tema.

La indiferencia acabó reemplazando a la desaprobación entre sus compañeros. De ahí que Miguel fuera el primero en notar la diferencia. Le tomó un tiempo caer en cuenta de en qué consistía, pero en cuanto lo hizo ya no fue posible omitirlo. La tensión secreta de sus músculos dejó de funcionar como si nunca hubiera existido. Sus movimientos tenían una despreocupación y ligereza nuevas. Estaba mejor, mucho mejor que antes, decía.

En otras circunstancias le habría alegrado el hecho. No sabía qué era exactamente lo que le tenía mal antes, pero sin duda era algo constante y tener que librarse de ello debía ser motivo de celebración con todas las de ley. Sin embargo Emma, igual en ese sentido, se negó a una cita para beber después de su turno.

-Ya he quedado en hacer otra cosa, perdoná -le contestó mientras los dos estaban al frente del restaurante, esperando a que el tráfico se detuviera.

Acababan de salir del turno de mañana y el cielo presentaba un apacible tono verdoso. Miguel dio cuenta de otra diferencia: Emma apenas hacía contacto visual.

-¿Qué vas a hacer? -preguntó.

-Al cine -dijo el otro, sonriendo-. Tengo la entrada reservada desde hace un montón. Me muero por verla.

-Me jodes. ¿Cómo podés ir todavía al cine?

A él se le hacía una idea difícil. Habiendo tantos dispositivos disponibles para imitar la experiencia del cine ¿qué necesidad había de gastar tanto crédito para una sola película?

-Hace mucho que no voy -agregó Emma como si eso fuera motivo suficiente.

Parecía bastante ilusionado con las perpectiva, de modo que Miguel decidió dejarlo. No se dio cuenta de que su amigo estaba observando al otro lado de la calle hasta que recibió sólo silencio en respuesta a su comentario sincero.

-Lástima. Me hubiera venido bien la cerveza -Lo vio. Su postura había cambiado a una atenta-. ¿Qué miras?

Pero no hizo falta que Emma le respondiera porque, tras pasar un automóvil volador fucsia, lo vio por sí mismo.

-El tipo del libro -dijo, reconociendo el peinado anticuado y las lentillas rojas. Si no fuera por esos dos detalles nunca lo hubiera diferenciado de entre el resto de los clientes que iban a La Cacerola. Hizo la conexión entre la mirada de Emma y el hombre trajeado que esperaba en la esquina-. Ah, ¿con él vas a ir? Qué buen trepador has resultado vos.

Porque si por la ropa sola hablaba, el tipo tenía que salir del centro. Algún ejecutivo de algún tipo. Emma no le respondió. Tuvo la impresión de que sus palabras ni siquiera le habían llegado. Bueno, eso seguía igual por lo menos. La ola de automóviles se detuvo finalmente. Hubo un momento de paralización. El hombre los vio al mismo tiempo y levantó la mano, afable.

-Nos vemos después -dijo Emma, rozándole la mejilla con los labios.

-Chau, loco. Cobrale bien a la mañana.

-Vete a la mierda -le respondió sin mirarle.

A continuación se metió en medio de los vehículos hasta llegar al otro lado. Miguel todavía tenía que esperar a que lo buscaran sus padres, de modo que se quedó a ver el curioso encuentro. ¿De qué manera se habrían conocido? El hombre puso una mano en la cintura de Emma, guiándolo a otro sitio. Quizá uno más privado.

A la mierda. A lo mejor Emma sí estaba cobrándole.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Miér Nov 13, 2013 2:10 pm

Candy mi bella dama una ves mas es un gusto para mi leer uno de tus escritos y mas si es la continuación de una saga tan interesante como esta, por favor no dejes de escribir, a mi me sucede que por tiempo no he podido escribir nada de lo que tengo en mente y es muy frustrante, así que usted escriba el doble por mi, ¿esta bien Very Happy?
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Candy Von Bitter el Jue Nov 14, 2013 7:42 am

Gracias por comentar, lindo. Y no te preocupes, tengo mil y dos proyectos pendientes para mantenerme ocupada escribiendo un buen rato XD Esta es la continuación del capítulo.

No protestó por el gesto de inmediato. Él tampoco quería que Miguel los viera. En cuanto pudo echar una mirada por sobre el hombro sin vislumbrar a su compañero, se soltó de la mano enguantada.

-¿Qué estás haciendo aquí? Todavía me queda un día.

-Es un gusto verte también, Emmanuel -respondió el otro apenas sonriendo.

Emma casi había olvidado su forma de hablar. Hacía que la conversación tuviera un tono de irrealidad desagradable. Le hacía pensar en amigos virtuales de programas de computación baratos.

-Pará un poco con la joda. ¿Qué querés?

-Muy bien -aceptó, encogiendo los hombros-. Llegados a este punto te habrás dado cuenta de que el precio de la pastilla es un poco diferente de lo usual. Tu crédito está perfectamente a salvo, y podrás disponer de las pastillas que quieras siempre que cumplas ciertas condiciones.

Emma cabeceó, la vista fija en la acera. Durante el fin de semana había tenido tiempo de entender la forma superficial del asunto, la parte que le competía al menos, y asimilar sus consecuencias.

-¿Va a ser de nuevo como el tipo de la tele o ese fue un caso especial?

Lilliand se le quedó viendo unos segundos.

-Así que lo viste -dijo con calma.

-De pura casualidad, pero sí, lo vi -Detuvo sus pasos. Lilliand continuó un poco y luego se giró-. ¿Y bien? ¿Esto va a empezar a ser habitual o fue cosa de una sola vez?

-No puedo decir que sea siempre igual, pero sin duda no será el último. Sin embargo -agregó, acercándose-, no puedo forzarte a tomar ninguna acción. Depende de ti continuar o no con esta empresa.

El zumbido de los automóviles a su costado, de nuevo en movimiento, reemplazó al silencio.

-Si digo que no me interesa aquí se acabaría todo, ¿no? Eso dijiste la otra vez. Y chau pastillas.

-Así es -dijo el otro con una voz tranquila y pesada.

Como una computadora. Emma irguió la cabeza. No era en lo absoluto complicado entender por qué Miguel podía suponer que se le vendía. Ni siquiera ahora a Emma se le hacía comprensible el por qué no era así.

-Explícame algo, que no entiendo. ¿Por qué no lo hacés vos? Si la querés a esa gente muerta no veo para qué hace falta esto.

-Necesito que sean personas como tú quienes lo hagan.

-¿Como yo? -dijo, casi mofándose-. ¿Y cómo sería la gente como yo? ¿Los que apenas tienen para vivir? Eso es una mierda aprovechada, boludo.

-No, gente que necesita la pastilla -Lilliand lo miró directo. Emma no supo interpretar qué había más allá del rojo, pero de alguna manera le pareció más oscuro que antes. Le puso incómodo-. No puede ser de otra manera. ¿Puedo contar contigo, Emmanuel?

-Dejá de llamarme así -fue lo primero que salió de sus labios. Quizá lo único que podía hacer mientras se le ocurría qué responder a la verdadera cuestión-. No me gusta.

-Ese es tu nombre -repuso Lilliand, confundido.

-Soy Emma -Suspiró, cruzando los brazos-. Si vamos a seguir con esto, decíme Emma.

-De acuerdo. Emma -dijo Lilliand, asintiendo para sí. Frunció el ceño-. Es curioso. Las únicas Emmas que he conocido han sido mujeres.

-¿Y qué querés que haga si siempre me han llamado así?

-Entiendo -Lilliand se hizo a un lado de la acera, dándole la espalda al tráfico. Los autos voladores agitaron un poco el final de su larga chaqueta negra, haciéndola abrazarse a las piernas-. ¿Continuamos entonces?

Mañana iba a empezar a desvanecerse el efecto. No tenía otra opción. Emma se puso a la par del otro hombre y comenzaron a caminar. Al pasar de largo la calle que los conduciría al subterráneo, cayó en cuenta de algo.

-¿Para dónde estamos yendo?

-La estación de ómnibus -dijo Lilliand sin volverse-. Tenemos que tomar el que sale a las 3. El siguiente objetivo está ahí.

Emma quiso preguntarle si era adrede esa forma de hablar como máquina, llamando a la gente "objetivos" pero acabó prefiriendo cerrar la boca. Por lo que él sabía Lilliand bien podía ser un androide. ¿No decían que en China e Inglaterra se calculaban tres robots por cada habitante? Los mayores productores, una afiliación de Anonymous, se enorgullecían de imitar cada vez mejor a los seres humanos. Quizá él fuera uno de esos orgullos ambulantes. En todo caso había algo en el rubio que no acababa de encajar y no era sólo por la generosa cantidad de preguntas sin respuesta, ni siquiera la pronunciación perfecta sin acentos innecesarios. Era algo... como el dolor de cabeza generado por la escritora. Existía, obviamente, pero ponerle palabras precisas y concretas iba más allá de su capacidad.

Dejó que lo guiara hasta la estación en silencio y luego pagara dos boletos con su propia tarjeta. La hora pico había pasado y no muchas personas tomarían el transporte con ellos. Para lo que sea que fueran a hacer ahora esa sin duda sería una circunstancia conveniente a sus fines. Buscaron un asiento en el segundo piso. Las sillas inteligentes, sabiendo que venían como acompañantes, se acercaron la una a la otra. Emma se preguntó si un cono de silencio doblemente grande saldría del techo si lo convocaban. Nunca había estado en el segundo piso. Excepto porque ahí el techo era una representación del mar azul (con sus propios peces flotantes), no era tan diferente del inferior.

Al sentarse, Lilliand volvió a colocar el portafolio sobre sus piernas. Emma se acomodó en el lado que daba a la ventana y vio los edificios pasar. Hubiera preferido echarse a disfrutar de ese espectáculo, pero sabía que iba a ser imposible. El "objetivo" esperaba. Curiosamente una parte de sí agradecía la presencia del rubio. La última vez había estado y se había cagado del miedo pensando que cualquier fuerza de la autoridad se le caería encima. Casi fallaba en la tarea porque no tenía idea de qué estaba haciendo ni para qué. Ahora por lo menos tenía una idea del para qué. Lo que no quería decir que le gustara, pero era mejor que antes.

Lilliand se enderezó en su asiento, elevando el mentón sobre el nivel de los asientos. Estaba buscando a alguien y aparentemente no le costó mucho encontrarlo. Emma abandonó la pose relajada, imaginando lo que seguía.

-¿Ves a aquel joven que consulta su teléfono celular?  -preguntó, señalando con la barbilla.

"¿Quién mierda dice teléfono celular en lugar de Anon?", pensó Emma. En la dirección en que Lilliand apuntaba había tres hombres. Todos con las cabezas inclinadas sobre la pantalla en sus manos, ninguno con conos de silencio.

-¿Cuál?

-El del centro -Emma lo encontró.

Ese parecía ser el más cercano a su edad. La ropa deslumbrante de marca y el hecho de que llevara puestos unos lentes de conexión bluetooth lo distinguían rápidamente. El joven seleccionó algo en su aparato, encendiendo las luces azules en sus lentes antes de ver al frente sin mirar nada. Debía estar revisando sus cuentas en las redes sociales, o al menos lo permitían suponer los gestos de estar escribiendo comentarios que hacía en el aire. Se estaba sonriendo por la imagen que sólo él recibía.

-Ya. ¿Qué pasa con él?

-Tiene la mochila a un lado de su asiento -le indicó Lilliand-. Tráela aquí.

-¿Estás piolo vos? -saltó Emma. Volteó a los dos rincones a sus espaldas, cada uno con su propia cámara de seguridad de vista panorámica. Quienes las estuvieran controlando podrían ver el salón entero de una sola vez-. Sí, estás piolo si pensás que voy a hacerlo.

-Esas cámaras llevan semanas inutilizadas -dijo Lilliand plácidamente-. Un hacker ocioso se metió en el sistema y las apagó. Nadie se ha molestado en repararlas hasta ahora. Los únicos testigos potenciales son el resto de los pasajeros, pero yo diría que están muy ocupados para prestarte alguna atención.

Emma volvió a inspeccionarlas. Desde esa distancia parecían estar funcionando normalmente pero ¿el qué sabía? Sus mayores conocimientos de tecnología terminaban con el uso de los bunnys.

-¿Y cómo sabes que no las han reparado desde entonces?

-El mantenimiento de los ómnibus no se realiza hasta el final de su turno, a la medianoche. Lo he comprobado esta mañana -Lilliand empezó a sacar su tarjeta de crédito. Emma recordó la impresión que le causó ver que era una platino, reservada sólo para gente que podía permitirse vivir en pleno centro. Se sorprendió al ver que el nombre escrito en relieve no era el del rubio-. Se lo quité a un ladrón que había robado aquí. Como ves, a ninguno de los dos nos cayó alguna represalia.

-Hijo de puta... -dejó escapar Emma.

De pronto quiso reír y se tapó la boca. Definitivamente no se había esperado eso. Lilliand se sonrió.

-De modo que no habrá problema si te acercas y la tomas -concluyó, guardando su botín.

Emma miró a los otros pasajeros. En total no formaban más de ocho, contándolos a ellos, y parecían concentrados en sus propios asuntos.

-¿Y si me atrapan qué? -preguntó, todavía inquieto-. ¿Me jodo yo, no?

-Si te llegan a ver, cosa que no creo, te ayudaré.

No le creyó ni por un segundo. Lo dejaría a su suerte porque, naturalmente, él era el único que tenía todo por perder. Él era el de la necesidad y esa era la demanda. Uno no sucedería sin lo otro. Si quería la bendita pastilla...

-Bien.

Jamás había robado antes. Imaginaba que en el peor de los casos le darían a pagar una multa por tentativa de robo. Ignoró el latido palpitante en sus manos y la súbita sensación de calor subiendo por su rostro. ¿Qué tan difícil podía ser? Miles de robos se sucedían a diarios, ¿no? Sólo se trataba de una mochila que de todos modos nadie estaba mirando. Podía hacerlo.

Se levantó, sintiéndose mareado. Miró a Lilliand una última vez y este no encontró mejor forma de adelantarlo que cruzar las dos manos sobre su regazo, como si dijera "aquí espero." Hijo de puta. Emma inhaló y respiró. Comenzó a caminar manteniendo la vista fija, quizá demasiado fija, en la cabeza del joven con lentes. Ahora se reía en un tono bajo, privado, de algo que leía en el aire. Las zapatillas camaleón, brillantes y de rígidas formas geométricas raspaban ligeramente la alfombra sobre la cual se arrastraban en un secreto ritmo. Tenía puestos también un par de auriculares inalámbricos. Parecía un simple joven con un buen crédito pasando el tiempo hasta llegar a destino. Para nada como el hombre de la corbata estrellada, consumido y gastado a primera vista. ¿Por qué lo habría escogido Lilliand entonces?

No tenía tiempo de preguntar esas cosas. La mochila estaba en el suelo, a centímetros de sus pies. Se inclinó, incluso antes de acercarse al respaldo del asiento. Sólo tenía ojos para ella. Estaba seguro de que si los apartaba, aunque fuera un miserable segundo, para asegurarse de que nadie le prestaba atención activaría alguna clase de alarma y sería su fin. Estiró la mano, consciente de que podía escuchar el tema musical por el que el joven bailaba sin moverse y no se oía a sí mismo porque apenas respiraba. Cuidado, cuidado.

Su mano envolvió suavemente el contorno de una de las agarraderas. Por un momento quiso retirarla de un tirón, pero retuvo ese impulso. La mochila podía rebotar en el asiento o el movimiento alertar al... objetivo. Lo mejor era arrastrarla hacia atrás hasta que saliera del alcance del joven y luego alzarla. Así lo hizo, pendiente de la alegría y distracción ajena en el asiento. Se enderezó con la mayor naturalidad posible, colgándosela al hombro. Quedó de pie con la mochila robada, esperando que alguien saltara, le pusiera la mano en el hombro y dijera "¿qué andás haciendo, pibe?"

Apenas se oía el sonido vago de unas teclas siendo presionadas. Poing, poing. En un volumen bajo. Sin duda el joven no se había enterado de nada. Vio a su alrededor. Nadie se había enterado de nada. Perfecta calma en el ambiente. Sólo la mirada burlona de Lilliand como único reconocimiento a su existencia. Se ajustó nuevamente la mochila, percibiendo el peso ligero, antes de encaminarse a su asiento. No se la quitó de encima al llegar: se dejó caer en su lugar con todo su peso, respirando fuerte, aplastando el contenido contra su espalda. Limpió confundido unas gotas de sudor frío en su labio superior.

-Ábrela -dijo Lilliand, pasados unos segundos. Emma le escupió aire por la nariz antes de realizar la acción-. Adentro debe haber una laptopt -Sí, la había. Una tan delgada que parecía una tablet cualquiera, ligera y de suave tacto, como goma peluda, a prueba de golpes y resistente a un gran peso. Estaba decorada con un motivo del espacio exterior, con vistas de planetas naranjas y rojos. El símbolo de la mosca negra estaba en un costado superior-. Abre la ventana y arrójala por ahí.

-¿Para eso me hiciste tomarla? -le preguntó entre susurros, aunque Lilliand hablaba en su tono normal-. ¿Para perderla nada más?

-Ese es el plan.

-Estás piolo -se empecinó Emma, abriendo la ventana aun así.

 El cristal se deslizó suavemente siguiendo su dedo. Esa parte era más simple. ¿Cuántas veces la gente se deshacía de la basura de esa manera, pese a los recogedores que pasaban limpiando la alfombra a su paso? Le dio un poco de pena el aparato, pero finalmente lo dejó ir con una sensación de alivio. Un auto iba a estrellarlo, capa protectora o no, o impactaría contra el suelo. De cualquier modo ya no era su problema.

Cerró la ventana y volvió a sentarse. Reconoció las palpitaciones en sus sienes como el principio de la jaqueca y apretó los párpados, las manos, rogando porque sólo quedara en el principio. No podía venirle de vuelta. No después de lo que acababa de pasar. Un día libre, un día libre para ir al cine por primera vez en mucho tiempo y pasarlo bien. Era su recompensa.

Abrió los ojos, viendo doble por unos segundos y luego al piso tal como era, silencioso y tranquilo a esas horas generalmente reservadas a la siesta. Ya podía volver a respirar. Levantó una mano para apartarse el cabello negro de los ojos cuando se dio cuenta de que la mochila había desaparecido. Miró a su costado a tiempo de ver a Lilliand cerrando su portafolio. Ese portafolio negro lleno de secretos como su dueño.

-¿Es cierto que tenés un libro? -preguntó de pronto.

Se le acaba de presentar la imagen de Julia queriendo pescar una visión más clara de lo que tenía definido por verdadero. Un libro de papel, no un ebook con cubierta de libro.

-No sé a cuál te refieres.

-Libro, en el sentido arcaico de la palabra. De una sola historia, papel y tinta. Una compañera del restaurante dice que te vio con uno.

-No suelo cargar libros conmigo -dijo Lilliand, inclinándose a un lado para llegar a un bolsillo de su abrigo. Estuvo rebuscando ahí unos segundos hasta sacar un pequeño rectángulo negro-. ¿Es posible que se refiriera a eso?

Al principio Emma quiso tomarlo por un organizador blanco dentro de una anticuada funda negra, pero la cinta de seda negra colgando debajo desbarató ese engaño. Se trataba de una libreta en perfectas condiciones, hojas rayadas formando una docena de líneas oscuras.

-¿Qué carajo hacés? -soltó entre dientes, tirándole la mano hacia abajo con la suya. Comprobó a las personas. Seguían indiferentes a cuanto sucedía entre ellos-. ¿Pero qué mierda te pasa a vos? ¡No podés andar mostrando papel de verdad por ahí! ¡Te van a matar para robártelo!

La cara de Lilliand no podía haber mostrado mayor perplejidad.

-¿De verdad la situación es tan mala aquí? -preguntó, frunciendo el ceño-. En Italia las libretas costaban una fortuna, pero la gente las usaba libremente.

-Italia es Italia, aquí es aquí -dijo, acelerado. Cayó en cuenta de adónde exactamente tenía su mano y la sacó de ahí-. Haceme caso y guardá esa cosa si no querés problemas.

Lilliand puso la libreta en un bolsillo interior de su chaqueta, cerca del pecho, lo más cerca posible de sí mismo para evitar asaltos. Bien, al menos sabía cuidarse solo puesto sobre aviso.

-Mierda, vos... -dijo Emma, revolviéndose el pelo. Sacar la libreta así por las buenas había sido como ver a alguien sacar un arma cargada y apuntar a su cabeza-. ¿Hace cuánto que no venías a Argentina vos? Desde hace tiempo que el papel es un imposible.

-Veinte años, más o menos.

Un año más o menos antes de que él naciera.

-Con razón, boludo... -Suspiró.

Para su sorpresa, Lilliand imitó su exhalación.

-Algunas cuestiones se me siguen escapando.

Emma se negó a pensar lo obvio: que eso parecía frase de androide. Se negó a hacerlo porque ¿qué más daba, realmente? En vista de lo que le pedía a cambio de un pequeño milagro blanco ¿a quién mierda le importaba?

-No importa -dijo para calmarlo. Apoyó ambos brazos sobre las rodillas. Miró al joven de los lentes. Todavía en lo suyo-. ¿Me vas a decir para qué carajo hemos hecho eso o qué?

Lilliand no le respondió de inmediato. Quizá vacilaba entre revelarle ese hecho o dejarlo como misterio. Al hablar su voz tenía el dejo de aburrimiento de quien se resigna a un constante mal clima.

-Su nombre es Julio Benítez. Tiene una relación de enfermiza dependencia hacia sus aparatos electrónicos. Ya no puede ver nada a menos que lo haga a través de una pantalla o formación holográfica.

Emma se quedó en silencio. No le veía nada diferente al tal Julio respecto a cualquier chico con crédito para pagarse los aparatos. Si gastaba en ellos y le causaban satisfacción encontraba de lo más natural que quisiera usarlos. Pero, una vez más, ¿qué podía él saber de lo que pasaba cuando hacía algo más que estar sentado en el ómnibus, ni siquiera pendiente de lo que sucedía al lado? Quizá Lilliand, con esas investigaciones que ya le ponían los pelos de punta, había pescado la nota discordante como ya lo hizo con el hombre de corbata estrellada. Mejor olvidarse de ello.

Había cumplido con su parte. Ahora nada de lo que sucediera con ese chico le concernía.

-¿Qué haces con la libreta? -preguntó apartando la mirada.

Lilliand le dirigió una sonrisa irónica. Emma se encogió de hombros. Era una pregunta válida. Nunca había conocido a nadie que fuera dueño de un pedazo de papel sólido y real. Sólo los había visto en las vidrieras de tiendas de antigüedades, junto a modelos antiguos de teléfonos antes de Anonymous y pinturas de cielo azul. Incluso el papel para envolver regalos no era tal sino una cuidadosa unión de microchips de colores programables.

-Anotaciones. Me sirve para recordar.

-Vos... ¿escribes en esa cosa? -Le sonaba a usar bloques de oro para detener ventanas. Raro-. ¿Por qué no usas el Anon para eso?

-No tengo un Anon -repuso Lilliand, tan pancho, a ojos de Emma.

Él no podía creerlo.

-¿Cómo es eso de que no tenés Anon? ¿Cómo le haces?

-No es ninguna hazaña. Es sólo que preferí prescindir de ellos cuando otro hacker ocioso espió en mis archivos y decidió eliminarlos. Con una libreta al menos estoy seguro de que eso no pasará a menos que me la quiten de las manos.

-No habrás tenido un buen programa de respaldo -dijo Emma, sintiendo que debía defender la utilidad de un Anon- o un buen antivirus para empezar. Podrías haber descargado uno mejor.

-Entonces un mejor hacker habría salido a escena. Prefiero no arriesgarme. Esos archivos que perdí significaban varios años de trabajo.

-¿Trabajo como esto que hacemos? -preguntó a continuación, casi deseando no saber la respuesta.

Lilliand se tomó unos segundos para contestar con simpleza, como si no tuviera mayor importancia.

-Relacionado, sí.

Emma se echó atrás en su asiento. Todavía tenía preguntas que hacer respecto a desde hace cuánto tiempo llevaba trabajando de esa manera, cuántas personas como él necesitadas de los inhibidores hubo, pero mantuvo la boca cerrada. Suficiente tenía con procesar su primer robo. Pasó el resto del viaje observando el techo.
avatar
Candy Von Bitter
¡¡Siiiii !!Soy una charlatana

Femenino Mensajes : 59
Fecha de inscripción : 16/09/2013

http://candy002.wordpress.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  fenrir_406 el Sáb Nov 16, 2013 5:22 pm

hay no puede ser, cada vez que se responde una pequeña pregunta, nacen otras 20 mas grandes JAJAJAJA
avatar
fenrir_406
!!Tengo los dedos entumecidos¡¡ No paro

Masculino Mensajes : 443
Fecha de inscripción : 05/01/2013
Edad : 24
Localización : graneros-rancagua-chile
Empleo /Ocio : estudiante de lic. en cs. exactas
Humor : me rio con casi todo :D

Volver arriba Ir abajo

Re: Voces huecas. Ciencia ficción, gay

Mensaje  Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 1 de 2. 1, 2  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.